Muchos hombres en un Harén. Un trono y un corazón que no sabe a quién elegir. En el Reino del Sol Naciente, las mujeres gobiernan y los hombres sirven. Aiko es una princesa destinada a convertirse en emperatriz (Jotei) y, como manda la tradición, recibirá a tres consortes para empezar a formar su futuro harén.
Cada uno es diferente. Cada uno tiene sus propios secretos. Y cada uno podría ocupar un lugar distinto en el corazón de la futura emperatriz.
Pero Aiko pronto descubrirá que elegir a quién amar puede ser mucho más difícil que elegir a un compañero con quién gobernar.
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Todo me pertenece, incluso tú
La mañana empezó con Yuri, entre tazas de té y risas bajitas en el jardín privado de Aiko. No duró demasiado: una de las doncellas llegó pronto a avisar que Hiroshi la reclamaba para una reunión.
—Qué eunuco tan molesto —protestó Aiko, poniendo los ojos en blanco—. Ni siquiera un domingo te deja tranquila.
—Ve, ve —se rió Yuri, empujándola con suavidad hacia la salida—. Yo me quedo por aquí. De todos modos tengo curiosidad por conocer un poco más el palacio.
Aiko salió del harén sola, todavía con la sonrisa de la mañana, cuando el sonido inconfundible de una flecha cortando el aire la detuvo a mitad de camino. Siguió el rumor hasta el campo de tiro, en el extremo más alejado de los jardines.
Kaito estaba ahí, con el torso descubierto y el arco tensado, la piel brillando apenas de sudor bajo el sol de la mañana, mientras una instructora —joven, hermosa, con el cabello recogido en una trenza prolija— le corregía la postura con indicaciones secas.
—Aiko-sama —saludó la instructora apenas la vio acercarse, con una reverencia tan profunda como la que solía hacerle Hiroshi.
Kaito bajó el arco de inmediato, inclinando la cabeza.
—Aiko-hime.
Aiko sintió una punzada incómoda al notar lo cerca que había estado la instructora de él un momento antes, la manera en que le había ajustado el brazo con una familiaridad que no le gustó nada.
—Puedes decirme Aiko, o solo Hime, si prefieres algo más corto —le dijo a Kaito, con una media sonrisa.
—No me molesta un poco de formalidad —respondió él, con un dejo de humor—. Me hace sentir que al menos algo en este palacio sigue las reglas como corresponde.
— Me haces reír, Kaito— dijo y se giró hacia la instructora, mucho más seria.
—Puedes retirarte. Necesito un momento con mi consorte.
La instructora hizo una reverencia rápida y se alejó sin mirarlos a los ojos.
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Caminaron juntos hacia el estanque que bordeaba el campo de tiro. El agua estaba quieta, y bajo la superficie se movían con calma varios koi de colores intensos, naranjas y blancos entreverados, deslizándose entre las piedras del fondo.
—Todos estos koi me pertenecen —comentó Aiko, con un dejo de orgullo casi infantil, señalando el estanque con un gesto amplio—. Pero si quieres, te regalo el de bigotes más grandes.
Kaito se asomó al agua, siguiendo con la mirada al pez que ella señalaba, uno particularmente grande, de bigotes largos y una expresión casi solemne.
—¿Me lo regalas? ¿Así, sin más?
—Es mío. Puedo hacer lo que quiera con él —respondió Aiko, encogiéndose de hombros, aunque algo en su tono sonaba más a generosidad que a capricho—. Considéralo tuyo desde ahora. Puedes venir a verlo cuando quieras.
Kaito soltó una risa breve, la primera realmente relajada que Aiko le había escuchado en todo el paseo.
—Nunca me habían regalado un pez.
—Bueno, ahora tienes uno. Aunque recuerda que todo me pertenece incluso tú—dijo ella, con una sonrisa divertida, y se sentó en una piedra plana junto al agua.
—¿Por qué el arco? —preguntó, cambiando de tema—. De todas las cosas que te podrían haber enseñado.
Kaito se quedó callado un momento, con la mirada perdida en los koi que se movían debajo de la superficie.
—Porque es lo único que hago bien y que nadie puede quitarme con una palabra —dijo finalmente, con una honestidad que Aiko no le conocía—. Mi madre me lo permitió de niño. Fue casi lo único que me permitió.
—¿Tu madre?
—Era noble. De una familia menor, no de las importantes —explicó, con una amargura contenida—. No plebeya, pero tampoco nada parecido a lo que era la familia de Ren, por ejemplo. Y ella nunca superó eso. Me crió para que todo el mundo me respetara en público. Que nadie se atreviera a mirarme por encima del hombro. Que representara bien el apellido.
—¿Y en privado?
Kaito soltó una risa sin nada de humor adentro.
—En privado era distinto. Ahí descargaba lo que no podía descargar en la corte. Yo era quien tenía que servirle, quien tenía que arrodillarse si algo salía mal, quien recibía cada frustración suya como si fuera mía. A mi hermana, en cambio, la adoraba. Es hermosa, y es mujer.
Aiko sintió que se le cerraba la garganta.
—Kaito, yo no...
—No hace falta que digas nada —la interrumpió él, aunque sin dureza—. Fue hace tiempo.
Aiko se quedó mirando el agua un largo rato, sintiendo que algo se le revolvía por dentro.
—¿Recuerdas esa madrugada en el pasillo? —preguntó, de golpe—. Cuando Mei se burló de ti. Cuando dejó entender que sabía lo tuyo, lo de ser sumiso conmigo.
Kaito se tensó apenas, aunque no dijo nada.
—Yo tampoco lo tomé en serio —continuó Aiko—. Me pareció gracioso, en el momento. No pensé en lo que podía significar para ti que alguien más lo supiera, que se riera de eso y me doy cuenta de lo mal que estuvo.
—No fue tan grave, además ya me habías pedido perdón—murmuró Kaito, aunque la tensión en su mandíbula decía otra cosa.
—Sí fue grave y no está de más volver a disculparme—insistió Aiko, con los ojos húmedos que no dejó caer—. Perdón. No lo voy a volver a hacer. Ni con Mei, ni con nadie. Lo que hagamos en privado, en la cama, es solo nuestro.
Kaito asintió despacio, sin decir nada todavía.
—Y otra cosa, Katio—agregó Aiko, con una suavidad nueva—. No tienes que ser sumiso conmigo si no lo sientes de corazón. Porque voy a ser honesta: yo seré la única mujer con la que estés. Si me eres fiel, siempre vas a tener un lugar en mi harén, pase lo que pase con el resto. Así que quiero que estés cómodo..
Kaito se quedó en silencio, mirándola con una expresión que Aiko no supo leer del todo, hasta que finalmente esbozó una sonrisa pequeña, la más genuina que le había visto nunca.
—Me gusta —dijo, simplemente—. De verdad me gusta. Pero gracias por decírmelo de todos modos.
Perdieron la noción del tiempo entre el estanque y los koi, hasta que la figura de Hiroshi apareció por el sendero, con un paso más apurado del que solía permitirse.
—Mi señora. La estuve buscando por todo el palacio. Teníamos una reunión hace ya un buen rato.
—Me quedaré unos minutos más con mi consorte, por favor —respondió Aiko, sin moverse del sitio.
Hiroshi apretó apenas los labios, aunque no discutió.
—Como usted disponga.
—Una cosa más Hiroshi—dijo Aiko—. La instructora de arco ya no va a entrena a Kaito. Voy a supervisar yo misma sus prácticas de ahora en adelante.
—Mi señora, el domingo es su único día libre, reservado para las damas de la nobleza. No sería apropiado que usted...
—Ya tomé la decisión, Hiroshi.
El eunuco la miró un momento más, calculando si valía la pena insistir, y terminó por inclinar la cabeza sin decir nada más. Aiko, satisfecha, volvió la vista hacia el estanque, donde los koi seguían nadando, ajenos a todo, mientras Kaito, a su lado, apenas podía disimular la sonrisa.