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LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Apoyo mutuo / Amor de la infancia / Romance / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?

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CAPITULO 19. EL PASILLO DE LAS LUCES BLANCAS

El trayecto desde las pistas de aterrizaje de Barajas hasta el Hospital Central de Madrid fue una secuencia borrosa de frenazos, sirenas lejanas y el llanto silencioso de Alie en el asiento del copiloto del coche de la redacción. Elisa conducía con una agresividad inusual, sorteando el tráfico de la capital española con los nudillos blancos sobre el volante y la mirada fija en el asfalto. La grabadora de prensa y los pases de la convención financiera yacían olvidados en la parte trasera, sustituidos por el pánico absoluto de una realidad que acababa de estallarles en las manos.

Al cruzar las puertas automáticas de urgencias, el olor a desinfectante y el sonido rítmico de los monitores médicos las envolvieron como una losa gélida. Encontraron a Lourdes sentada en un banco de metal de la sala de espera del ala de traumatología. La mujer, de una elegancia habitual impecable, lucía el abrigo desabrochado y las manos le temblaban de forma descontrolada mientras apretaba un pañuelo de papel deshecho.

—¡Mamá! —exclamó Alie, corriendo hacia ella y cayendo de rodillas para envolverla en un abrazo protector.

Lourdes se aferró al cuello de su hija como si fuera su único cabo de salvación en mitad de un naufragio. Sus sollozos resonaron con un eco doloroso en las paredes de azulejos blancos.

—Unos hombres, Alie... —consiguió articular la mujer entre lágrimas, con la voz rota—. La policía dice que lo esperaban en el segundo sótano del aparcamiento del periódico. No querían robarle el coche ni el maletín. Iban a por él, hija. Lo golpearon de forma salvaje antes de que los operarios de mantenimiento bajaran al cambio de turno. Si esos hombres no hubieran aparecido, tu padre no habría salido vivo de allí.

Elisa se situó al lado de Alie, posando una mano suave sobre el hombro de Lourdes mientras su mente periodística empezaba a atar cabos con una fijeza analítica.

—¿Qué dicen los médicos, Lourdes? —preguntó Elisa con suavidad, bajando el tono para no alterar la calma médica del pasillo.

—Tiene traumatismo craneoencefálico severo y tres costillas fracturadas —respondió la mujer, limpiándose los ojos con el pañuelo gastado—. Los cirujanos acaban de terminar la operación para reducir la presión intracraneal. Nos han dicho que el pulmón no está afectado y que ha resistido la intervención gracias a su fuerte constitución, pero lo mantendrán en un coma inducido las próximas cuarenta y ocho horas en la Unidad de Cuidados Intensivos para vigilar su evolución. Está grave, pero estable. Dios mío, ¿quién querría hacerle algo así a Rodolfo? Él solo es el director de un periódico local.

Alie sintió que un frío glacial le recorría la espina dorsal. Clavó sus inmensos ojos azules en los de Elisa, compartiendo una certeza silenciosa que no podían confesarle a Lourdes en ese estado de vulnerabilidad. Las advertencias de los días previos, las persianas bajadas del despacho de Rodolfo y la misteriosa carta satinada que su padre había intentado ocultar cobraban ahora un sentido terrorífico. Aquel ataque no era un suceso común; era una advertencia física, un intento de censura medieval ejecutado por los lobos de la mafia local sobre los que el veterano periodista había estado tirando del hilo.

—Mamá, escúchame bien —dijo Alie con una firmeza que sorprendió a la propia Elisa, tomando el rostro de Lourdes entre sus manos pequeñas—. Papá va a salir de esta. Es un hombre fuerte y los médicos están haciendo un trabajo impecable. Ahora necesito que te vayas a casa a descansar con la tía Carmen. Elisa y yo nos quedaremos aquí a hacer la guardia en la UCI. No te voy a dejar sola, pero necesito que te protejas.

Tras convencer a Lourdes de que abandonara provisionalmente el hospital custodiada por un familiar, Alie y Elisa se quedaron a solas en el gélido pasillo de las luces blancas. La joven redactora jefe se apoyó contra la pared de piedra, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento de contener el temblor de su cuerpo.

—Tenías razón, Eli —susurró Alie en un hilo de voz, fijando la vista en el suelo reluciente—. Papa se había metido en la boca del lobo. Ese ataque es por la investigación de las adjudicaciones de obras públicas y el lavado de dinero de la costa. Esos delincuentes quieren asustarnos para que cerremos la redacción y destruyamos los archivos antes de la exclusividad del próximo mes.

—¿Y qué vamos a hacer, jefa? —preguntó Elisa con seriedad, cruzándose de brazos a su lado—. Si esos mafiosos se enteran de que Rodolfo ha sobrevivido y que tú tienes las riendas del periódico, la próxima en el parking puedes ser tú. La policía está tomando declaraciones abajo, pero tú sabes que este tipo de organizaciones criminales se mueven más rápido que los juzgados de instrucción.

Alie introdujo de forma mecánica la mano en el bolsillo interior de su gabardina beige. Sus dedos chocaron con la pequeña caja de terciopelo que Sor Elena le había entregado en el orfanato de Kent hacía siete años, una joya con un sello italiano que representaba un lobo rodeado por una corona de espinas encadenadas y que ella siempre llevaba consigo como un amuleto inconsciente. Una oleada de determinación inquebrantable, una herencia invisible de su sangre biológica que desconocía por completo, encendió su mirada azul cobalto.

—No vamos a cerrar, Eli —dictaminó Alie, y su voz no admitió réplica alguna—. Mañana a primera hora asumiré la dirección en funciones de El Eco Local. Publicaremos una nota editorial firmada por mí denunciando la agresión contra mi padre y seguiremos maquetando cada una de las páginas de investigación. No voy a permitir que la tinta de mi padre se apague por culpa de unos asesinos. Si quieren guerra, la van a tener en la primera página de cada ejemplar que salga de nuestras rotativas.

Las dos amigas sellaron el pacto con una mirada de absoluta lealtad. La novela romántica e idílica que Alie solía escribir en sus cuadernos de notas acababa de transformarse en un thriller dramático real en el corazón de Madrid. No sabía que en ese mismo instante, en el interior de una berlina oscura que circulaba por las avenidas de la Castellana, el especialista de los números de la City de Londres ordenaba activar una maquinaria financiera y de espionaje masivo con el único propósito de proteger su vida y destruir a cualquier enemigo que se interpusiera en su camino.

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