Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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La dura realidad
Los días transcurrían y Eric y Claudia estaban cada vez más cercanos, sobre todo en la intimidad. Y en el trabajo, los sábados se habían convertido, sin que Claudia lo hubiera elegido del todo, en la noche más difícil de la semana para ella.
El bar se llenaba temprano, mesas reservadas con días de anticipación, grupos de mujeres que llegaban ya con el ánimo arriba, dispuestas a gastar en tragos el doble de lo que gastaban entre semana. Claudia corría de un lado a otro detrás de la barra, sirviendo, cobrando, sonriendo a cada comentario sobre "el stripper divino que tienen acá", tragándose cada vez el mismo nudo en el estómago que ya conocía de memoria.
Era una sensación extraña, por un lado el negocio estaba dejando muchísimo dinero, si seguía así pronto tendría que contratar más camareras, quizás hasta alguien de seguridad y hasta ayuda en la caja. Pero por otro lado, Eric llamaba cada vez más la atención y las clientas se iban a animando a más y más.
Esa noche en particular, la cosa estaba peor que de costumbre. Un grupo de despedida de soltera —diez mujeres veteranas con cintas rosas y una banda que decía "LA NOVIA" cruzada sobre el pecho de la protagonista— había reservado la mesa más cercana a la tarima, y desde que Eric salió a escena no dejaron de gritar, de silbar, de estirar billetes con una desesperación que a Claudia, desde la barra, se le hacía cada vez más difícil de tolerar.
—Están un poco efusivas hoy —le dijo Marisa, que había ido a acompañarla esa noche, notando la cara que tenía Claudia mientras servía dos cervezas casi sin mirar lo que hacía.
—Es sábado —contestó Claudia, con una sonrisa forzada—. Siempre están así, estas chiruzas con la "concha" seca.
—Ja, ja. Ya estás hablando como tu socia Melina —le respondió Marisa y la miró de reojo, con esa expresión de quien sabe perfectamente que hay algo más detrás de la respuesta, aunque decidió no insistir por el momento.
Eric se movía por la tarima con la soltura de siempre, jugando con el público, dejando que la novia de la despedida se acercara para un momento del show que claramente tenían ensayado entre todos los strippers del circuito: la sentaba en una silla en el medio de la pista, bailaba a su alrededor, la hacía reír, y terminaba con un beso en la mejilla que arrancaba gritos de todo el salón.
Claudia apretó el trapo que tenía en la mano para aguantar el momento
'Es parte del show', se repitió, la misma frase de siempre, la que ya empezaba a sonarle hueca de tanto repetirla. 'Lo hace con todas. No significa nada, yo soy la que puede disfrutarlo de verdad en la cama'. Pero esa noche, por algún motivo, la frase no le alcanzaba para calmar nada.
Vio a la novia reírse, vio las manos de sus amigas empujarla más cerca todavía, vio a Eric sonreír con esa naturalidad profesional que él manejaba tan bien, y sintió que algo se le tensaba en la mandíbula, en el pecho, en cada parte del cuerpo que hasta ese momento había logrado mantener bajo control.
Y todo terminó de estallar cuando la desubicada de la novia se colgó de la cintura de su amante y por pedido de sus amigas le bajó el boxer a Eric dejando su intimidad, esa que ella conocía tan bien de las últimas semanas, al descubierto. Su miembro duro y sus genitales expuestos, ante la miradas de esas extrañas.
Claudia se puso roja de furia, sobre todo cuando vio como festejaban a la novia, las viejas calentonas, algunas de ellas incluso tomaban fotos de eso que 'le pertenecía solo a ella'. Eric no tardó en cubrirse, incómodo, mientras bajaba de la tarima, pero Claudia ya estaba fuera de sí.
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Cuando el show terminó, Eric saludó entre aplausos, pasando mesa por mesa, mientras Claudia se quedaba clavada detrás de la barra, sin moverse, con una cara de muy pocos amigos.
Recién a la hora de cerrar, cuando el bar quedó vacío y Melina se había ido con un simple "buenas noches, chicos" que a esa altura ya sonaba casi irónico, Claudia dejó salir todo lo que había estado tragándose durante horas.
—¿Tenés que hacer eso todos los sábados? —preguntó, mientras levantaba las últimas sillas para barrer.
Eric, contando el dinero de sus propinas de la noche, levantó la vista, sorprendido por el tono.
—¿Hacer qué?
—Eso. Lo de sentarte con alguna de ellas, como la estúpida de hoy y esas viejas sucias. Bailarles al lado, dejar que te toquen. ¡Y que te desnuden Eric, por dios! Fue humillante —Claudia sintió que la voz se le quebraba un poco, más de bronca que de tristeza—. Todo el show.
—Claudia, es el trabajo. —Eric dejó el dinero a un lado, con cara de no entender del todo de dónde venía esto ahora—. Vos lo sabías desde el primer día. Vos me contrataste para esto. Y estoy haciendo justamente lo que acordamos. A veces va a pasar que las clientas se exceden, me ha sucedido muchísimas veces.
—Ya sé que te contraté para esto. Ya se que puede pasar...
—¿Entonces?
—No sé. —Se pasó una mano por la cara, cansada, sintiendo lo ridículo de la situación sin que eso hiciera que el nudo en el pecho se aflojara ni un poco—. No sé, Eric.
— Yo ni siquiera soy tan atrevido como otros strippers, que se quitan todo siempre. Yo casi nunca llego a eso. Me gusta jugar más con lo que no se puede ver.
— Yo sé que no es justo pedirte que cambies algo que hacés bien y que además nos da de comer a los dos. Pero, algunas noches no sé cómo hacer para no matar a esas mujeres.
Eric se rió, corto, aunque enseguida se puso serio al ver que ella no le devolvía la sonrisa.
—Clau, en serio. —Se acercó, apoyando las manos en sus hombros—. Yo cuando bailo no siento nada de eso. Es coreografía, es plata, es un personaje que me pongo arriba del escenario. La única persona con la que quiero estar ahora ya es con la que me espera del otro lado de la barra cuando se apagan las luces.
Fue en ese momento, justo cuando Claudia empezaba a sentir que la preocupación se le aflojaba un poco, que Luz apareció desde la cocina con una bandeja vacía, directo hacia Eric, con esa expresión de quien acaba de presenciar algo religioso.
—Estuviste re bien hoy, en serio Eric, ja, ja —le dijo, plantándose casi entre los dos, mirándolo con los ojos como platos, y la bandeja completamente olvidada bajo el brazo—. O sea, siempre estás bien, pero hoy estuviste espectacular. Me gustó una parte en particular, te imaginarás cuál, ja, ja.
—Gracias, amiga —contestó Eric, con una sonrisa amplia y absolutamente ajeno a lo que esa mirada significaba, como si le estuvieran agradeciendo por alcanzarle la sal.
Claudia se cruzó de brazos, observando la escena con una ceja levantada.
—Luz. —Su voz cortó el momento como un cuchillo—. ¿Vos no tenés cosas que hacer que te paras a hablar?
—Ah, sí, perdón. —Luz pegó un salto, todavía con la vista clavada en la parte inferior de Eric un segundo de más antes de irse casi corriendo hacia la cocina.
Claudia se quedó mirando a su joven stripper, que volvía a guardar el dinero de propina de la noche sin haber captado absolutamente nada de lo que acababa de pasar delante de sus narices.
'Dios, no se hace drama por nada', pensó derrotada. — ¿Vos no viste cómo te mira esa pendeja, Eric?
—¿Quién, Luz? —Eric levantó la vista, genuinamente confundido—. Es re buena, siempre me felicita después del show. Estoy acostumbrado a que me miren así, como ella, es la verdad. Y eso viene con lo que soy y hago.
La angustia ante esa respuesta tan ligera le dio mucha inseguridad a Claudia, quien ya estaba sintiendo que algo se le volvía a tensar en el pecho, esta vez con un peso distinto, más difícil de nombrar que los celos de hacía un rato.
No era solo la despedida de soltera, ni Luz, ni ninguna mujer en particular. Era la idea entera de que esto —las miradas, la cosificación de su cuerpo— nunca iba a dejar de pasar, y que quizás, por más que lo intentara, ella no fuera a poder tolerarlo para siempre.
—No sé cómo se soluciona esto —admitió, en voz baja, y esta vez la frase le pesaba más de lo que había pesado un minuto antes.
—Tampoco yo. —Eric la abrazó, apoyando la barbilla en su cabeza, sin notar del todo el nuevo peso detrás de esas palabras—. Pero lo vamos pensando juntos, ¿te parece? No hace falta resolverlo todo en una noche.
— ¿No pensas que es injusto que las mujeres te vean solo como un juguete?
— Puede que tengas razón, pero por ahora no tengo otra forma de ganarme la vida Clau. Y te recuerdo que estoy acá porque vos me fuiste a buscar.
El peso de esas verdades fueron tan lapidarias para ella, e hicieron tan evidentes sus propias contradicciones, que en ese momento no le pudo responder nada más.