Sofía siempre ha obedecido a sus padres por miedo a decepcionarlos. Su vida cambia cuando su padre y el mejor amigo de este,, deciden obligarlos a casarse para unir a sus familias y sus empresas.
Adrián, el heredero de una de las empresas más poderosas de Rusia, tampoco desea ese matrimonio. Obligados a compartir una vida que ninguno eligió, ambos descubrirán que el destino puede cambiarlo todo.
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capitulo 8
Sofía
Ya había pasado una semana desde que Adrián vino a mi casa y me entregó este anillo de compromiso. Como era de esperarse, nuestra unión se convirtió en el tema más comentado de la ciudad: fuimos la portada de la revista más famosa y salimos en todos los noticieros.
Mi madre no tardó ni un segundo en llevarme a ver vestidos de novia. Al final terminamos eligiendo el que a ella le gustó; no estaba del todo mal, pero si hubiera sido por mí, habría preferido algo muy diferente. Durante toda la semana me ausenté un poco de la empresa, así que mi padre y mi secretaria tuvieron que reorganizar mi agenda para que pudiera tener estos días libres y enfocarme en los preparativos. Al menos a Adrián y a mí nos permitieron organizar el salón a nuestro gusto. Si las cosas seguían así, la próxima semana ya estaríamos casados.
—Sofía, ya tengo la casa donde vamos a vivir —me dijo Adrián mientras avanzábamos en el auto—. Está cerca de la de mi padre. Necesito estar al pendiente de él, aun si estoy en otra casa... Pero quería decirte que vayamos a verla hoy mismo. Puedes remodelarla como tú quieras.
—Está bien —respondí con frialdad—. Cuando todo esto de la boda termine, hablaremos de eso.
—Además, voy a contratar a varios sirvientes para que se encarguen de la cocina y el aseo —continuó él, concentrado en el camino—. Como ambos vamos a estar muy ocupados en la empresa, creo que es lo mejor para los dos.
Solo asentí con la cabeza y seguí mirando por la ventana del auto. Faltaban apenas tres días para unirme en matrimonio con él.
Cuando llegamos a mi casa, me despedí de él de forma rápida y me adentré a toda prisa en mi habitación. Sentía una frustración tan ahogante que no pude evitar ponerme a llorar. Tomé mi celular y llamé a mi hermana Daria. No solíamos hablar con frecuencia, pero en ese momento necesitaba desesperadamente desahogarme con alguien.
El teléfono sonó varias veces y no respondió.
*Claro, a nadie le importa el dolor por el que estoy pasando*, pensé mientras dejaba caer el teléfono sobre las cobijas.
Me tumbé en la cama y me quedé dormida, completamente exhausta. Desperté tiempo después porque sentí que alguien me movía el hombro. Al abrir los ojos, vi a mi padre parado junto a la cama.
—Necesito hablar contigo —dijo él con voz firme pero cargada de tensión—. Sé que lo de este matrimonio no te parece bien. Tampoco te has dado cuenta de la verdadera situación de la empresa porque te lo he ocultado, pero si no te casas con él, nuestra empresa se irá a la quiebra. ¿Acaso quieres verme morir viendo cómo se destruye aquello a lo que le dediqué toda mi vida?
*¿Por qué no me dijiste eso antes? Podríamos buscar otra alternativa en lugar de obligarme a casarme con él... En el fondo, a ti solo te importa tu empresa*, me dije a mí misma en silencio, reteniendo las lágrimas.
—Está bien, padre. Me casaré —dije en voz alta, resignada—. Falta poco para la boda, así que no tienes de qué preocuparte.
—Eso espero, Sofía. No quiero preocuparme por si vas a aparecer o no el día de la boda, ni quiero que me dejes en vergüenza frente a todos.
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Los días transcurrieron volando entre el trabajo y los últimos detalles. De pronto, ya estaba frente al espejo, esperando a que vinieran a arreglarme para ir a la iglesia.
—Señorita, veo que ya se levantó —dijo el estilista entrando a la habitación con una sonrisa llena de energía—. ¡Hoy vamos a hacer magia contigo! Vas a ser la novia más hermosa de todas.
Lo miré de reojo, me quedé en silencio y me limité a fijar la vista en el espejo.
Comenzaron a peinarme. Tardamos media hora en el cabello y luego empecé a ponerme el vestido. Ya faltaban apenas veinte minutos para que comenzara la ceremonia cuando una voz firme interrumpió el ambiente:
—Por favor, salgan todos de la habitación. Necesito un momento a solas con ella.
Al girarme, mi corazón dio un vuelco. Mi hermana estaba parada justo frente a mí.
—¿Daria? ¿Qué haces aquí? —pregunté sin poder creerlo.
—Me llamaste el otro día —contestó acercándose a mí—. Y luego vi el anuncio de tu matrimonio. Sofía, respóndeme con la verdad: ¿te vas a casar con él porque lo amas o porque te están obligando?
—A mí... a mí nadie me obligó a casarme —mentí, desviando la mirada.
—No es verdad, te conozco. Sabes muy bien que me fui de esta casa porque nuestro padre quería hacer exactamente lo mismo conmigo. Eso no era lo que yo quería para mi vida y tampoco es lo que tú quieres. Deseo que sigas tu corazón, Sofía; eres mi hermana menor y solo quiero lo mejor para ti. Ven conmigo, te puedes quedar en mi casa mientras buscas un trabajo que de verdad te guste y encuentres a alguien de quien te enamores sinceramente.
—No... No puedo hacer eso —dije apretando los puños, intentando convencerme a mí misma—. Sí lo amo... Me estoy casando por amor.
*No puedo decepcionar a mis padres como ella lo hizo*, pensé.
—Ya me tengo que ir, Daria. Eres bienvenida a la boda; me haría feliz que vinieras —le dije cortando la conversación.
Salí de la habitación antes de que pudiera responderme y bajé rápidamente las escaleras. Fui directo al auto que ya me estaba esperando para llevarme a la iglesia.
No podía permitirme llorar porque arruinaría el maquillaje... pero por dentro, ¡cuánto deseaba gritarle que me llevara con ella! Sin embargo, ya era tarde. No podía decepcionar a mis padres.