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Sirena Encantada

Sirena Encantada

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: El niño rico de la playa

Todas las mañanas eran casi iguales. Me levantaba antes de que saliera el sol, ayudaba a mi papá, Jeico Morales, a preparar la lancha y salíamos al mar. La brisa fresca me pegaba en la cara y eso me hacía sentir libre.

Había algo que muy poca gente sabía de mí.

Además de pescar, me encantaba cantar.

Desde pelao descubrí que tenía buena voz. No estudié música ni fui a ninguna academia, pero cantar me salía del alma. Cuando estaba solo en el mar, mientras lanzaba las redes, comenzaba a cantar las canciones que yo mismo escribía.

El mar era mi escenario.

Las olas hacían el coro, el viento acompañaba la melodía y las gaviotas parecían escucharme.

Mi papá más de una vez me dijo:

—Mijo, vos heredaste esa voz de tu mamá. Ella también cantaba bonito.

Cada vez que él decía eso, sonreía.

Mientras lanzaba la red, cantaba despacio.

—Ay, mar bonito, llévate mis penas, pero déjame mis sueños...

Era una canción que había escrito una noche, sentado frente a la playa.

Me gustaba escribir canciones de amor, de la vida, de la familia y del Caribe.

Muchas veces los turistas que caminaban por la playa se quedaban escuchándome.

Algunos hasta me aplaudían.

—¡Oye, pelao! ¡Vos cantás bacano!

Yo solo sonreía y seguía trabajando.

Pero había alguien que nunca perdía la oportunidad de dañarme el momento.

Un man de una de las familias más ricas de Cartagena.

Se llamaba Samuel Vergara.

Siempre andaba vestido con ropa de marca, gafas oscuras, cadenas de oro y rodeado de amigos que se reían de todo lo que él hacía.

No sé si era que me tenía envidia o simplemente le gustaba fastidiarme.

Cada vez que pasaba por la playa y me escuchaba cantar, empezaba con sus burlas.

—¡Ey, pescador! ¿Quién te dijo que cantabas bonito?

Sus amigos se reían.

Yo seguía lanzando la red sin responder.

Entonces él levantaba más la voz.

—¡Mejor dedicate a vender bocachicos! ¡La música no es para pobres!

Todos soltaban una carcajada.

Yo respiraba profundo.

Mi papá siempre me enseñó que uno no debía pelear por cualquier cosa.

Pero Samuel no se cansaba.

—¡Cante otra, pues! ¡A ver si los pescados salen corriendo con esa voz!

Sus amigos seguían riéndose.

Yo terminé de recoger la red y lo miré.

—¿Ya terminaste?

Él sonrió con orgullo.

—¿Te molestaste?

—No. Lo que pasa es que mientras vos perdés el tiempo molestando, yo estoy trabajando.

Los amigos hicieron silencio.

Samuel se acercó.

—¿Trabajando? Eso no es trabajo. Trabajo es dirigir empresas como mi papá.

Yo sonreí tranquilo.

—Pues gracias a este trabajo nunca nos falta la comida en la casa.

Él soltó una risa burlona.

—Seguís siendo un simple pescador.

—Y con mucho orgullo.

Eso pareció darle más rabia.

Se quedó unos segundos mirándome.

—Nunca vas a salir de pobre.

Me encogí de hombros.

—Puede ser. Pero al menos todo lo que tengo me lo gano honradamente.

Mis palabras hicieron que algunos turistas que estaban cerca me miraran con respeto.

Samuel chasqueó la lengua.

—Vámonos de aquí.

Él y sus amigos siguieron caminando por la playa.

Mi papá, que había visto todo desde la lancha, se acercó.

—Hiciste bien en no pelear, mijo.

—Ese man siempre busca cómo hacerme perder la paciencia.

Mi papá puso una mano sobre mi hombro.

—Hay gente que tiene mucha plata, pero poca educación.

Asentí con la cabeza.

Volví a lanzar la red al mar.

Respiré profundo.

El viento volvió a soplar y, sin darle importancia a las burlas, empecé a cantar otra vez.

Porque había entendido algo desde muy pequeño: nadie podía quitarme las ganas de hacer lo que amaba.

Mientras el mar siguiera frente a mí, siempre tendría un motivo para sonreír, pescar, escribir canciones y cantar con el corazón, sin importar lo que dijeran los demás.

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