Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.
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Capítulo 7
La sensación de estar orbitando en la mente de Aksel —y él en la mía— me había acompañado como un dulce secreto durante los últimos días de mi descanso. Sin embargo, la burbuja se rompió de golpe. Haber cancelado la boda de forma oficial hacía apenas tres días había desatado una tormenta infinitamente peor y más destructiva que la que cayó sobre la ciudad la noche de la camioneta.
Mi departamento se había transformado en un auténtico campo de batalla. Carlos no paraba de llamarme exagerada e inmadura por teléfono; su madre me había dejado una ráfaga de mensajes furiosos e hirientes en el buzón de voz, y mi propia familia no dejaba de llamarme a todas horas para presionarme, repitiéndome que estaba cometiendo el peor error de mi vida y que debía pensarlo mejor. El ambiente dentro de mi propia casa era tan asfixiante, tan cargado de culpa y juicios, que sentía que las paredes se me venían encima. Necesitaba respirar, poner una distancia física y mental antes de tener que regresar a marcar tarjeta en la tienda el lunes por la mañana.
Así que, sin pensarlo mucho, me puse una chamarra ligera sobre mi ropa deportiva, agarré mis llaves y salí a caminar bajo la fresca noche sin un rumbo fijo. Terminé, casi por inercia, en el pequeño parque de bancas de madera que estaba a unas cuatro cuadras de mi edificio.
Me senté en una de las bancas más apartadas y oscuras, encogiéndome para abrazar mis piernas contra el pecho. El lugar estaba en un silencio reconfortante, iluminado apenas por la luz mortecina de las farolas públicas y el parpadeo lejano de algunos anuncios espectaculares sobre la avenida principal.
Llevaba unos veinte minutos sumida en mis propios pensamientos, haciendo una dolorosa cuenta regresiva de los que, sin duda, eran los peores días de mi vida, cuando el sonido rítmico de unos pasos firmes sobre la grava me hizo levantar la cabeza de golpe.
Al principio, debido a la penumbra, solo alcancé a distinguir una silueta imponente, muy alta, recortándose contra el halo de luz de la calle. Pero en cuanto la figura se acercó a la farola de mi andador, el corazón me dio un vuelco. Lo reconocí de inmediato.
Aksel llevaba una sudadera negra con la capucha puesta y caminaba con paso tranquilo, con las manos hundidas en los bolsillos. Parecía andar perdido en su propio mundo, buscando despejarse de la presión diaria exactamente igual que yo. Al notar que la banca estaba ocupada, giró la cabeza. Al reconocerme, sus ojos azules se abrieron con una sorpresa genuina y brillante. Se bajó la capucha de inmediato con un movimiento rápido, dejando ver esa sonrisa carismática que siempre lograba desarmarme.
—¿Elena? Vaya... el mundo es un pañuelo de verdad —dijo, deteniéndose a un par de pasos de mí—. ¿Qué hace la ingeniera estrella de la empresa en un parque a estas horas de la noche? Creí que estarías aprovechando hasta el último minuto de tus vacaciones en casa.
—Necesitaba aire fresco —respondí, intentando ofrecerle una sonrisa que no me salía del todo bien, mientras me hacía un poco a un lado en la banca de madera por pura cortesía—. ¿Y tú? No me digas que vienes saliendo de otra tediosa junta nocturna con Martínez.
—No, afortunadamente esta vez no —se rió con esa soltura tan suya, dando un paso para acercarse a la banca—. Solo salí a caminar un rato para estirar las piernas después del entrenamiento pesado de la tarde. Vivo aquí a unas pocas cuadras y mi departamento me pone de malas cuando paso demasiado tiempo encerrado entre paredes. ¿Te importa si te hago compañía?
—Para nada, adelante. Toma asiento.
Aksel se acomodó en el otro extremo de la banca de madera. Aunque mantuvo una distancia sumamente respetuosa, su sola presencia física parecía llenar todo el espacio vacío del parque, haciéndome sentir, por primera vez en tres días, extrañamente protegida y a salvo del ruido del exterior.
Lo que comenzó como una plática ligera y un poco tímida sobre el clima traicionero de la ciudad y los árboles del parque se transformó, casi sin darnos cuenta, en una conversación profunda que nos mantuvo ahí durante horas. Aksel tenía una facilidad increíble para escuchar; no me interrumpía, no juzgaba mis opiniones y hacía preguntas pausadas que demostraban que realmente le importaba cada palabra que salía de mi boca.
Al sentirme tan escuchada, me dejé llevar. Le hablé de mi infancia, de cómo me obsesioné con el diseño industrial sustentable desde mis primeros días en la universidad y de lo difícil, casi utópico, que había sido abrirse camino en un área de ingeniería tan competitiva y dominada por hombres. Él, a su vez, desnudó una parte de sí mismo que nunca verían las cámaras: me contó con total sencillez lo abrumador que era lidiar con la fama repentina, la presión asfixiante de los estadios llenos y cómo, a veces, extrañaba las tardes silenciosas y las cosas más simples de su ciudad natal.
Había una complicidad tan pura y magnética entre los dos que el tiempo y el frío parecieron desvanecerse por completo. Sin embargo, la madurez y la empatía con la que él hablaba de la vida terminaron por derrumbar la última barrera defensiva que me quedaba en pie.
Me miré las manos entrelazadas, sintiendo el vacío en mi dedo anular, y sin poder contenerlo más, el nudo doloroso que llevaba días apretándome la garganta se soltó en un susurro.
—Cancelé mi boda, Aksel —confesé en voz baja, rompiendo el silencio nocturno que se había formado entre nosotros.
Me quedé mirando fijamente el suelo de tierra y hojas secas, asustada de mi propia osadía. Soltar las palabras en voz alta frente a él lo hacía irrevocablemente definitivo. Esperaba que se pusiera tenso o incómodo por la carga de mis problemas personales, pero Aksel no se movió de la banca. Solo guardó un silencio profundo y denso, pero lleno de un respeto absoluto que me dio el aire y el valor que necesitaba para continuar.
—Se armó un caos terrible con nuestras familias —añadí, sintiendo que los ojos se me llenaban de unas lágrimas calientes que me obligué a no dejar caer—. Todo el mundo me señala... pero simplemente me di cuenta de que estaba corriendo a toda velocidad hacia un lugar donde iba a ser infeliz. Él no estaba ahí conmigo en el proyecto de vida, ¿sabes? Estaba completamente sola en esto.
Una ráfaga de viento helado pasó de golpe entre las copas de los árboles, haciéndome temblar físicamente.
Antes de que pudiera encogerme más sobre mí misma, sentí el calor reconfortante de su cuerpo acercarse. Aksel se deslizó suavemente por la banca, acortando la distancia que nos separaba, y sin decir una sola palabra, pasó su enorme y fuerte brazo alrededor de mis hombros, jalándome con delicadeza pero con firmeza hacia su pecho en un abrazo protector, cálido y honesto.
Me apoyé contra él, escondiendo el rostro en la suave tela de su sudadera negra. Aspiré el aroma sutil a madera y cítricos de su loción mientras escuchaba el latido constante y tranquilo de su corazón bajo mi oído. No ocurrió nada más, no hacían falta palabras de consuelo vacías; era simplemente él, sosteniendo con toda su fuerza mi mundo en el preciso instante en que sentía que se caía a pedazos.