Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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Nada es para siempre
Claudia se encerró en el depósito sin pensarlo, apenas la puerta del bar se cerró detrás de Fabián. Ahí, entre las cajas de cerveza apiladas y el olor a humedad de siempre, se permitió por fin dejar de sostener la cara serena que había mantenido frente a todo el salón.
Golpeó una caja vacía con el puño, con más fuerza de la que hubiera imaginado tener. Después otra. El cartón cedió con un ruido sordo, patético, que de alguna manera la hizo sentir un poco mejor y un poco peor al mismo tiempo. Se apoyó contra la pared, respirando fuerte.
Pensó en la boda. En la casa que habían comprado entre los dos, con esfuerzo, cuando todavía se reían de las mismas cosas.
Pensó en las noches en que él la abrazaba dormido, hace tanto tiempo que ya ni se acordaba bien de cuándo había sido la última vez.
Pensó en todo lo que había decidido no ver durante años, por comodidad, por miedo, por no tener que enfrentar exactamente este momento.
Y sin embargo, ahí, sentada en el piso frío del depósito con la espalda apoyada contra cajas de cerveza, notó algo raro: entre el enojo y la tristeza profunda, había algo más. Algo liviano. Algo que no esperaba encontrar esa noche.
Alivio.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía que fingir. No tenía que revisar teléfonos a escondidas, ni convencerse de que las cosas iban a mejorar solas, ni acostarse cada noche preguntándose qué había hecho mal. Lo había dicho en voz alta. Se había terminado. Y el mundo, contra todo pronóstico, seguía en pie.
Cerró los ojos y dejó que la respiración se le calmara de a poco, el pecho subiendo y bajando cada vez más lento, hasta que el enojo se convirtió en otra cosa: un silencio tranquilo, casi extraño de sentir.
Se quedó así un rato largo, sola, escuchando apagarse de a poco el bullicio del bar del otro lado de la puerta, hasta que unos golpecitos suaves la sacaron de ese estado.
—¿Claudia? —La voz de Eric, del otro lado—. ¿Estás bien ahí adentro? Hace como quince minutos que no salís.
Ella se pasó las manos por la cara, se acomodó el pelo como pudo, y abrió la puerta con una calma que la sorprendió a ella misma.
—Estoy bien —dijo, y esta vez, por primera vez en mucho tiempo, no era mentira.
Eric la miró de arriba abajo, como buscando alguna grieta en esa calma repentina, y no encontró ninguna. Afuera del depósito, el aire olía distinto: a cerveza derramada, a perfume barato, a ese calor húmedo que dejaban cien cuerpos apretados en un salón chico durante dos horas.
—Te guardé algo —dijo él, y le extendió un vaso con hielo y algo oscuro adentro—. No sabía si tomabas whisky, pero después de la noche que tuviste, me pareció que ibas a necesitar algo más fuerte que una gaseosa.
Claudia lo aceptó, sintiendo el vidrio frío contra la palma de la mano, el hielo tintineando cada vez que daba un paso. Tomó un trago corto, sintiendo el calor bajarle por la garganta, y por un segundo, parada ahí, entre la barra a medio levantar y las últimas mesas que todavía no se habían ido, se permitió simplemente respirar.
Fue en ese momento, incómoda entre las cajas, con el vaso entre las manos, que vio a Luz, que se acercaba.
La camarera joven se había acercado a Eric con la excusa de devolverle una bandeja, pero se quedó ahí, parada más cerca de lo necesario, jugando con un mechón de pelo entre los dedos, la voz un poco más aguda de lo habitual.
—Estuviste increíble hoy —le dijo, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas sobre lo que quería decir en realidad—. En serio. Nunca había visto a nadie moverse así.
—Gracias —respondió Eric, con la misma cordialidad de siempre, esa que repartía sin distinción entre clientas, compañeras y desconocidas, sin registrar del todo el peso que Sofía le estaba poniendo a cada palabra.
Claudia sintió que el trago se le volvía amargo en la boca. 'No es asunto tuyo', se repitió, apretando el vaso helado entre los dedos. Hace un rato que empezaste a separarte, no tenés ningún derecho a sentir esto. Pero el cuerpo, otra vez, no le hacía caso a la razón: sintió el calor subiéndole por el cuello, la mandíbula tensa, esa sensación física y estúpida de querer interponerse entre los dos sin ningún motivo válido que pudiera decir en voz alta.
—Sofía, andá cerrando la caja chica, por favor —dijo, con una voz cortante y fría.
La chica pegó un salto, se despidió de Eric con una sonrisa apurada y desapareció hacia la barra. Él, más tranquilo por ver qué Claudia estaba bien, le dio un beso tierno en el cachete y se fue a guardar las cosas del show. Claudia se quedó helada, era el primer contacto real que tenía con él, y le había movido la estantería. Se le erizó la piel y no pudo evitar morderse los labios mientras lo miraba alejarse.
Melina, que había estado observando toda la escena apoyada en la pared con los brazos cruzados, se acercó a Claudia con una ceja levantada, esa ceja que ya era casi un personaje más de la novela que era la vida de Claudia.
—Che —le dijo, en voz baja, casi divertida—, ¿me querés decir algo, o hago como que no vi nada?
—No sé de qué me hablás —respondió Claudia, clavando la vista en el vaso, en el hielo derritiéndose despacio.
—Claro. —Melina sonrió, sin insistir, aunque la mirada le quedó un segundo de más sobre Claudia, calculando algo que todavía no decía en voz alta—. Andá a descansar, hoy fue mucho para vos. Yo cierro.
Claudia asintió, agradecida de no tener que sostener la mentira más tiempo, y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se dio vuelta una última vez.
Eric seguía ayudando, en el medio del salón, guardando cables y luces con un cuidado que contrastaba con la imagen que tenía arriba del escenario, tarareando por lo bajo una canción que Claudia no reconoció. Sintió, mirándolo así, sin que él supiera que lo estaba mirando, algo que ya no podía seguir llamando simple curiosidad.
'Estoy decidida a separarme', pensó, antes de cerrar la puerta detrás de ella, 'y ya no puedo dejar de pensar en él'.
Del otro lado, Eric levantó la vista justo a tiempo para verla irse, y se quedó un segundo de más mirando la puerta cerrada, con una sonrisa que no supo bien de dónde le había salido.