Josué Elian Morel solo quería empezar de nuevo.
Mudarse al Residencial Horizonte 9 parecía una buena idea... hasta que sus vecinos decidieron convertirlo en el principal sospechoso de absolutamente todo.
Una señora con demasiado tiempo libre, un anciano filósofo, un millonario excéntrico y una ilustradora que siempre aparece en sus peores momentos están convencidos de que oculta algo.
El problema es que Josué no es un villano.
Tiene muy mala suerte.
Aunque, siendo honestos...
ya está cansado de intentar explicarlo.
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Capítulo 7 — La caja que nadie debía abrir
Josué tenía una regla muy simple.
Si un paquete no era suyo...
No lo abría.
Era una buena regla.
Lástima que sus vecinos no compartieran esa filosofía.
A las diez de la mañana...
el señor Ramírez apareció frente a la puerta del apartamento 908.
Llevaba una caja de cartón mediana.
—Señor Morel.
Josué abrió la puerta.
—¿Sí?
—El repartidor dejó esto para usted.
Miró la etiqueta.
Destinatario: Josué Elian Morel.
—Gracias.
La caja era sorprendentemente pesada.
La dejó sobre la mesa.
—¿Qué habrá pedido mi hermana ahora?
Tomó un cuchillo para cortar la cinta.
Justo en ese momento...
Sonó el teléfono.
Era su jefe.
—Josué, ¿puedes conectarte en diez minutos?
—Claro.
Volvió a mirar la caja.
—Luego la abro.
La dejó sobre la mesa.
Y salió rumbo a la cafetería del edificio.
Cinco minutos después...
En el pasillo.
Doña Milagros salía de su apartamento.
Y la vio.
La caja.
Sola.
Abandonada.
Entrecerró los ojos.
—Marta...
Sacó el celular.
—Ven inmediatamente al noveno piso.
Tres minutos después...
Marta llegó casi sin aliento.
—¿Qué ocurrió?
Doña Milagros señaló la puerta del 908.
—Hay una caja.
Silencio.
—...Sí.
—¿No te parece sospechoso?
—Milagros...
es una caja.
—Exactamente.
Marta empezó a sospechar que su amiga ya veía conspiraciones hasta en los muebles.
—¿Y si contiene algo peligroso?
—¿Como qué?
—No lo sé.
Pausa dramática.
—Documentos.
—...
—O dinero.
—...
—O pruebas.
En ese instante...
El ascensor se abrió.
Apareció Tomás.
—¡Hola!
Miró la caja.
Luego a las dos señoras.
—¿Qué hacen?
Doña Milagros respondió con total seriedad.
—Protegiendo el edificio.
Tomás abrió mucho los ojos.
—¿Es una misión secreta?
—Sí.
—¡Quiero ayudar!
Cinco minutos después...
Los tres estaban sentados frente al apartamento 908.
Vigilando...
Una caja.
Mientras tanto...
En la cafetería.
Josué terminaba su videollamada.
—Excelente trabajo.
Nos vemos mañana.
—Gracias.
Colgó.
Pidió otro café.
Y decidió comprar unos panecillos.
Sin saber que...
en el noveno piso...
la situación había escalado de manera ridícula.
Patricia también había llegado.
Y Roberto.
Y la señora Clara.
Todos observaban la caja.
—¿Alguien sabe qué hay dentro?
—No.
—¿Y si hace tic-tac?
Todos guardaron silencio.
Se acercaron lentamente.
Silencio absoluto.
Tomás pegó la oreja.
—No escucho nada.
Patricia tragó saliva.
—Eso es aún más sospechoso.
En ese momento...
Las puertas del ascensor se abrieron.
Josué salió.
Llevando una bolsa con pan.
Y encontró...
A siete vecinos...
Rodeando su caja.
Silencio.
Los vecinos lo miraron.
Él los miró.
Luego miró la caja.
Luego volvió a mirarlos.
—...
—¿Puedo hacer una pregunta?
Nadie respondió.
—¿Por qué están todos frente a mi puerta?
Doña Milagros dio un paso al frente.
—Queríamos asegurarnos de que todo estuviera bien.
Josué levantó una ceja.
—¿Con mi caja?
—Exactamente.
—¿Y cuánto tiempo llevan aquí?
Tomás respondió con orgullo.
—Treinta y ocho minutos.
Josué parpadeó.
—¿Treinta y ocho...?
—Treinta y nueve —corrigió Patricia mirando el reloj.
Josué respiró profundamente.
Dejó la bolsa de pan en el suelo.
Tomó la caja.
Y comenzó a abrirla.
Todos retrocedieron un paso.
Silencio absoluto.
La tapa se levantó lentamente.
Doña Milagros contuvo la respiración.
Tomás abrió su libreta.
Patricia cerró los ojos.
Josué metió la mano...
Sacó...
Un enorme peluche con forma de dinosaurio.
Silencio.
Después apareció una nota.
"¡Feliz cumpleaños adelantado, hermano! Sé que nunca maduraste. Con cariño, Emma."
Josué sonrió.
—Mi hermana...
Levantó el dinosaurio.
—Siempre hace estas cosas.
Nadie dijo una palabra.
Doña Milagros carraspeó.
—Bueno...
—Sí.
—Al menos no era una bomba.
—Nunca pensé que fuera una bomba.
—Solo era una posibilidad.
Tomás escribió lentamente en su libreta.
❌ La caja no contenía pruebas criminales.
Debajo añadió otra línea.
✔ El sospechoso tiene una hermana con muy buen sentido del humor.
Josué suspiró.
—¿Saben qué?
Todos lo miraron.
—Creo que algún día voy a entender este edificio.
Don Aurelio, que acababa de salir del ascensor con una bolsa de naranjas, sonrió.
—No, muchacho.
Le dio una palmada en el hombro.
—Nadie entiende este edificio.
Y siguió caminando como si acabara de revelar el mayor secreto del universo.
Josué miró el enorme dinosaurio de peluche.
Luego a sus vecinos.
Luego al dinosaurio otra vez.
Tenía la extraña sensación...
de que mudarse al Residencial Horizonte 9 sería la decisión más caótica de toda su vida.
Muy bueno!