Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Capítulo 6
Mi respiración era un caos, un jadeo constante que se escapaba de mis labios. Mis manos se cerraban con desesperación sobre las sábanas, buscando un anclaje mientras sus movimientos, bruscos y potentes, me sacudían. Podría haber jurado que no me gustaría, pero la realidad era otra: estaba sumergida en un placer tan abrasador que sentía que moriría en cualquier instante.
Cerré los ojos, sintiendo cómo mi cuerpo empezaba a traicionarme con espasmos. Él profundizó el ritmo, marcando cada estocada con una voracidad que me consumía por completo. Me aferré a sus hombros, hundiendo mis uñas en su piel, mientras un orgasmo violento me arrasaba como una ola.
Intenté apartarme, necesitando aire, pero él no se detuvo. Siguió moviéndose con la misma cadencia implacable. Mordí mi labio para sofocar los gemidos, pero era imposible; él conocía exactamente qué puntos tocar para volverme loca. La sensibilidad de mi piel me asustaba. Intenté cerrar las piernas, pero él me bloqueó, sujetando mis muñecas sobre mi cabeza con una autoridad que me cortó el aliento.
—Espera… —balbuceé, sintiendo que la presión en mi vejiga se volvía insoportable.
Dilan no hizo caso. Me miró con una sonrisa depredadora, intensificando la profundidad de sus embestidas.
—Dilan… Ah… espera… —supliqué entre jadeos, justo cuando otro orgasmo me sobrepasó.
Sentí la humillación absoluta al notar cómo el líquido empapaba las sábanas. Mis piernas temblaban al ritmo de sus estocadas finales, mientras él, ajeno a mi vergüenza, continuaba hasta dejarme completamente deshecha, vacía de energía. Se detuvo, observándome con una satisfacción que me resultó casi aterradora.
—No pensé que fueras capaz de algo así —susurró, acariciando mi mejilla con una ternura que contrastaba con su violencia anterior.
Las lágrimas de vergüenza picaron en mis ojos.
—Acabo de mojar la cama… —susurré, queriendo desaparecer.
—Fue increíble. ¿Cómo te sientes? _ pregunta con una sonrisa en los labios
—¿En serio lo preguntas?
—¿No te gustó? ¿No disfrutaste lo sensible que estaba tu cuerpo?
Lo miré, estupefacta.
—¿Te gusta que haya pasado esto?
—Pues sí. No le veo nada de malo.
—¡Eres un adicto a la limpieza! ¡Esto es antihigiénico!
Él se acercó y me mordió el labio inferior, pasando su dedo por la zona húmeda.
—Mientras sea contigo, todo está bien —respondió, besándome con una posesividad que me dejó sin defensas.
Me cubrí el rostro con la almohada al verlo alejarse para ir al baño. ¿Quién es este hombre?, me pregunté. Definitivamente, no era el Dilan que conocía. ¿Acaso tenía un gemelo? El Dilan que me despreciaba y evitaba mi mirada había desaparecido, reemplazado por este ser desconocido.
—Dúchate. Dormiremos en la otra habitación; hay que cambiar este colchón —dijo, quitándome la almohada de la cara con una naturalidad pasmosa.
Me refugié bajo las sábanas y caminé hacia el baño. Al salir, él ya estaba en la sala, sirviendo la cena con una parsimonia que me desconcertaba.
—Siéntate —señaló el cojín que había puesto en mi silla. La vergüenza regresó, roja e intensa.
—No vuelvas a hacer eso —le advertí al sentarme.
—¿Qué cosa? —preguntó, acercándose peligrosamente.
—Pues eso. No quiero mojar la cama otra vez.
—Es normal, no tienes de qué avergonzarte. —Me dio un beso en el cuello, haciéndome estremecer al instante—. Tenemos un trato: tendremos sexo cuando ambos queramos.
—No vuelvas a besarme a la fuerza, lo detesto.
—¿Otra condición? —se burló—. En cuanto a lo otro... eso no cuenta. Si puedes hacer algo así, voy a aprovecharlo hasta que te guste. Es solo cuestión de tiempo.
Lo miré incrédula. Este no era el hombre que me trataba como a una empleada despreciable.
—¿Por qué el cambio de actitud? —pregunté finalmente.
—Ya es momento —respondió, bebiendo de su copa sin apartar sus ojos de mí. Su mirada ya no era desprecio; ahora, bajo la luz tenue, distinguía claramente la lujuria.
—¿Tiempo de qué?
—Dos años, Emma. El contrato expiró. Si no leíste la cláusula final, no es mi problema.
—Leí cada palabra, Dilan. La cláusula decía que todo volvería a la normalidad.
—Exacto. Y lo normal entre esposos es consumar el matrimonio, ¿no?
Sentí un vacío en el estómago al darme cuenta de mi descuido.
—¡Jódete!
—No puedo, cariño. Dos años fueron suficientes para que te adaptaras a ser mi esposa.
—¿Me estás diciendo que ahora jugarás a ser esposo?
—Siempre lo he hecho. Las cenas, los viajes, los obsequios, tus platos favoritos... todo fue para ti. Solo que te negabas a verlo. El día de la boda, cuando tu madre te obligó a seducirme, me di cuenta de tu obediencia ciega hacia ellos. Por eso no te acepté entonces. Me gusta que las cosas sean con paciencia.
Se puso de pie y se colocó detrás de mí, dándome un masaje lento en los hombros. Sus dedos me recorrieron el cuello hasta levantar mi barbilla. Nos miramos, y mi corazón galopaba con una energía erótica que me resultaba insoportable.
—Ya no quiero guardarme las ganas de hacerte mía —susurró contra mi oreja.
—¿Desde cuándo? —logré articular.
Él sonrió, pero esta vez fue una sonrisa siniestra, brillante, cargada de una posesividad que me hizo temblar.
—Desde siempre. Mis ojos siempre han estado sobre ti.
El horror y la fascinación se mezclaron en mi pecho. ¿Desde siempre? ¿Por qué yo? La pieza del rompecabezas que no encajaba era la más peligrosa de todas.