Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?
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Capítulo 24: "POV de Carl Rowen"
«POV de Carl Rowen»
—Realmente m-me gusta.
Murmuré mirando el techo de mi habitación.
Aquellos últimos días al lado de Cristani, ayudándola en lo que necesitara, me di cuenta de que empezaba a sentir cosas por ella.
Cosas que no tenían nombre y que me quemaban por dentro.
No era solo admiración.
No era solo querer ser útil.
Era el modo en que su mirada se suavizaba cuando yo le alcanzaba un libro.
Era la forma en que sus hombros bajaban un poco cuando caminábamos en silencio.
Era que, por primera vez, alguien me miraba a mí, Carl, y no a través de mí.
«¡Déjame salir!»
Me agarré la cabeza sintiendo un insoportable dolor que me atravesó las sienes.
Aquella presencia seguía ahí, encerrada detrás de mis ojos.
Quería salir, exigir estar al lado de ella, porque por eso había llegado a este plano.
Porque ella lo había llamado, porque su alma reconocía la de él.
Y la verdad era que yo no le había permitido salir. Sí, le había mentido a Cristani sobre él.
Le dije que no respondía, que se había ido. Mentira.
Estaba aquí, golpeando, arañando, pidiendo paso.
Pero yo no lo dejaría salir.
No ahora que Cristani me miraba a mí y no a él.
—E-ella no te necesita —dije en voz alta.
Mi reflejo en el espejo del armario parecía inseguro, pero mi voz no tembló tanto como antes.
Él siguió intentando poseer mi cuerpo.
Sentí su impulso en mis brazos, el deseo de mover mis manos, de abrir la puerta y correr hacia ella.
Deseaba poder salir y ayudarla. Pero ella ya me tenía a mí.
Ya no lo necesitaba a él ¿O sí?
«¡Déjame verla!»
«¡Te lo ordeno, Carl!»
Seguía gritando, golpeando las paredes invisibles que lo separaban de mi cuerpo.
Solo yo podía escuchar sus gritos, sus ruegos. Nadie más sabía que compartía esta cabeza con un fantasma de otro mundo.
—Yo quiero estar a su lado —por primera vez mi voz salió firme. Temblaba, pero estaba firme—. Aunque Cristani solo me deje estar a su lado por mi utilidad, no me importa. Al menos ella me mira. Y eso es suficiente.
Por primera vez alguien me veía.
De verdad me veía.
No como el chico raro, no como el huésped de un espíritu antiguo.
Me veía a mí.
Y eso era demasiado.
Era todo lo que había querido sin saberlo.
No iba a permitir que alguien más me la quitara, ni mucho menos esa presencia que ocupaba mi mente y que creía tener derecho sobre ella.
«Estás loco. Cristani recordará el pasado y entonces tú desaparecerás».
Advirtió él, su voz llena de frialdad retumbando.
Pero poco me importó su advertencia. ¿Desaparecer? Tal vez.
Pero al menos antes de eso habría sido alguien para ella.
No solo un canal, no solo un cuerpo prestado.
—Ella lo dijo. No te necesita —sonreí mirándome al espejo, como si así pudiera verlo a través de mis ojos. Como si pudiera forzarme a creerlo.
«Gracias a mí la conociste».
—Y qué importa eso —repliqué, apretando los dientes.
«Si no fuera por mí seguirías solo».
—Ella es mía —repetí con firmeza. Lo dije como si decirlo fuera suficiente para hacerlo real—. Mía.
Pero pude escuchar cómo él soltó una carcajada en mi interior.
Resonó en mi cabeza como un eco burlón que no se apagaba.
«Eres un perdedor, Carl».
«Un tonto que cree que puede tener lo que es de otros».
—¡Ella es mía! —grité. Mi voz se quebró al final.
«Bien, sigue engañándote a ti mismo».
Otra risa burlona, más baja esta vez, como si ya supiera que había ganado.
«Cuando te des cuenta, ella se habrá ido de tu lado».
—M-mientes —mi voz salió temblorosa esta vez. Apreté los puños con fuerza hasta que las uñas se me clavaron en la palma.
Quizás tenía razón.
No la habría conocido si no fuera por él.
No estaría caminando a su lado, no estaría escuchando su voz, si él no hubiera abierto esa puerta entre mundos.
Mis manos temblaron.
El espejo me devolvía una cara pálida, ojos demasiado brillantes. ¿Quién era yo sin él? ¿Quién sería para ella si él se iba?
Solo pude escuchar otra risa suya, baja, satisfecha, antes de que se volviera invisible otra vez.
Se retiró al fondo de mi mente, pero no se fue. Nunca se iba del todo.
Solo esperaba. El momento para tomar mi cuerpo y hablarle a ella.
Me quedé ahí, frente al espejo, respirando con dificultad.
Afuera el sol se estaba metiendo, y pronto Cristani saldría de la veterinaria.
Seguramente pasaría por mi casa.
Tal vez me tocaría la puerta.
Tal vez me pediría que la acompañara a la colina otra vez.
Y yo iría.
Sonreiría.
Le alcanzaría los papeles.
Fingiría que no escuchaba a otra persona reírse dentro de mí cada vez que ella me miraba.
Porque ahora que sabía lo que era ser visto, no pensaba soltarlo.
Aunque fuera una mentira.
Aunque fuera prestado.
Aunque al final, todo esto terminara en el mismo silencio del que había salido.
Me aferraría a esto por una vez.
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