Muchos hombres en un Harén. Un trono y un corazón que no sabe a quién elegir. En el Reino del Sol Naciente, las mujeres gobiernan y los hombres sirven. Aiko es una princesa destinada a convertirse en emperatriz (Jotei) y, como manda la tradición, recibirá a tres consortes para empezar a formar su futuro harén.
Cada uno es diferente. Cada uno tiene sus propios secretos. Y cada uno podría ocupar un lugar distinto en el corazón de la futura emperatriz.
Pero Aiko pronto descubrirá que elegir a quién amar puede ser mucho más difícil que elegir a un compañero con quién gobernar.
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Cansancio y compañía
Le tocaba a Itsuki esa noche, pero fue Kaito quien se llevó la tarde entera.
Aiko había ido a buscarlo un viernes —un día que no le correspondía, algo que ya se estaba volviendo costumbre más de lo que debería— y entre el juego de siempre, las órdenes, la entrega de él, terminó quedándose mucho más de lo planeado. Cuando por fin salió de su habitación, el sol ya bajaba, y sentía el cuerpo pesado como si le hubiesen sacado hasta la última gota de energía.
Hiroshi la interceptó en el pasillo, con esa mirada suya que parecía verlo todo sin decir nada.
—Mi señora, la noto excesivamente cansada. ¿Volvió a sentirse mal? ¿Vomitó de nuevo?
—Sí —mintió Aiko, sin mucho convencimiento, tapándose la boca justo a tiempo para un bostezo—. Debe ser eso.
No podía dejar de bostezar, y para colmo sentía los músculos doloridos, como si hubiese estado horas de pie sin descanso, su que en realidad era obvio el porqué de sus padrcimhhHiroshi no insistió, aunque Aiko notó la dud mma flotando detrás de su expresión impasible —esa duda que, sospechaba, tenía mucho más que ver con la dirección de la que ella venía caminando que con cualquier malestar de estómago.
Esa noche, cuando le tocaba ir con Itsuki, lo primero que pensó fue en cancelar. Estaba agotada, con el cuerpo pesado y la cabeza embotada, y la idea de otra noche de descubrimiento e intimidad se le hacía, por primera vez, más una obligación que un deseo.
Fue justamente ese cansancio el que terminó salvando la noche.
Itsuki la recibió, como siempre, con esa calma suya que parecía no alterarse por nada. Tenía veinticuatro años —seis más que ella— y se le notaba en algo más que la edad: en la manera pausada de moverse, en esos ojos oscuros que parecían medir cada situación antes de reaccionar, en los hombros anchos y marcados por años de entrenamiento en danza, que contrastaban con la suavidad casi felina de sus gestos. Llevaba el cabello negro recogido a medias, algunos mechones sueltos le caían sobre la frente, y cuando la vio entrar arrastrando los pies, no necesitó preguntar demasiado.
—Estás agotada —dijo, no como pregunta sino como constatación.
—Perdón —murmuró Aiko, dejándose caer sobre el futón, sin fuerzas ni para la vergüenza—. Hoy no creo que pueda... no sé si voy a poder estar a la altura.
—No hace falta que estés a la altura de nada —respondió él, sentándose a una distancia prudente, sin apurar nada—. Contame qué te tiene así.
Aiko dudó un momento —todavía lo conocía tan poco, apenas algunas conversaciones sueltas y esa noche torpe entre risas— pero terminó contándole, casi sin darse cuenta, que había pasado la tarde con Kaito, aunque no le tocara, y que ahora no sabía si el cansancio era del cuerpo o de la culpa de haberse saltado otra vez las reglas.
Itsuki escuchó en silencio, asintiendo de a poco, sin ningún juicio visible en la expresión, y cuando finalmente ella terminó de hablar, se acercó despacio y la atrajo hacia su pecho.
El primer instinto de Aiko fue tensarse. Apenas lo conocía —lo había elegido esa primera tarde en el patio, sí, pero de ahí a esto había un salto que todavía la incomodaba un poco—. Sin embargo, algo en la firmeza tranquila de sus brazos, en la manera en que no exigía nada a cambio, hizo que esa tensión se aflojara casi enseguida, dando paso a una comodidad que no esperaba encontrar tan pronto.
—Entonces no hagamos nada más que esto —dijo él, simplemente—. Durmamos.
Aiko sintió que algo se le aflojaba por dentro, un alivio que no esperaba encontrar ahí.
No se durmieron enseguida. Todavía envuelta en el calor de sus brazos, Aiko siguió hablando bajito, contándole de paso alguna costumbre de la corte que había salido en la charla con Kaito —algo sobre el protocolo de las fiestas de otoño, tan básico que ni se le ocurrió explicarlo con detalle.
—¿Las qué fiestas? —preguntó Itsuki, genuinamente perdido—. ¿Eso es en honor a qué?
Aiko se incorporó apenas, sorprendida.
—¿En serio no sabés qué son las fiestas de otoño? Las conoce hasta el jardinero.
—Yo no —admitió él, sin ninguna vergüenza, con esa calma de siempre—. Hay muchas cosas de acá que todavía se me escapan. Pregunto lo obvio y la gente me mira raro, como recién me miraste vos.
—¿Por qué? —quiso saber Aiko, genuinamente intrigada—. Naciste en el reino, ¿no?
—No. —Itsuki hizo una pausa breve, como decidiendo cuánto quería contar—. Llevo diez años acá, nomás. Antes de eso vivía muy lejos, en otro reino. Me vendieron como esclavo cuando era chico, a una mujer que se dedica a criar niños para convertirlos en consortes. Ella me trajo, me entrenó, y en algún momento terminé acá, en tu harén.
Aiko se quedó sin palabras por un momento, el peso de lo que acababa de escuchar instalándosele en el pecho de golpe.
—Itsuki... no tenía idea.
—No hace falta que pongas esa cara —dijo él, con una media sonrisa, como si fuera él quien tuviera que consolarla a ella—. Fue hace mucho. Ya es solo una historia más.
Aiko se acurrucó más cerca de él, sin saber muy bien qué decir, y fue Itsuki quien rompió el silencio un rato después, con esa calma que a Aiko le parecía casi sabia para alguien que había pasado por tanto siendo tan joven.
—No tenés que resolverlo todo esta noche —le dijo, acariciándole el pelo despacio—. Ni vas a pensar bien nada si estás agotada. Aprendé a escuchar primero, después decidí. Eso vale para las reglas de esta corte... y para todo lo demás.
Aiko cerró los ojos, dejándose envolver por su voz baja y por el peso tranquilo de sus brazos, y se quedó dormida antes de poder responder nada.
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