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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19: La Rosa Que Dejó El Lobo

La flor apareció en el alféizar al amanecer.

Sofía fue quien la encontró.

Había abierto la ventana para sacudir las mantas y dejó escapar un grito tan pequeño que Valentina, sentada frente al espejo con el cabello suelto, levantó la vista de inmediato.

—¿Qué pasó?

Sofía no respondió.

Miraba el alféizar como si alguien hubiera dejado allí un cuchillo.

Valentina se levantó con cuidado. La rodilla seguía rígida, pero ya no la traicionaba a cada paso. Se acercó a la ventana y vio una flor blanca descansando sobre la piedra húmeda.

No era grande.

Tampoco parecía frágil.

Tenía cinco pétalos de un blanco plateado, casi translúcido, con venas finas que brillaban apenas bajo la luz gris de la mañana. El tallo estaba intacto. Alrededor de la base había tierra oscura, como si la hubieran arrancado hacía poco de un lugar frío y alto.

Sofía tragó saliva.

—Mi señora, eso no crece aquí.

Valentina lo sabía.

Flor de Luna Plateada.

Había leído sobre ella en un libro de botánica lobuna que Don Ernesto consideró inútil para una hija y que Mateo le prestó a escondidas. Crecía en riscos donde la luz de luna caía sin obstáculos durante años. Las sacerdotisas la usaban en rituales de recuperación espiritual, pero casi nunca fresca. Seca, una sola flor costaba más que un brazalete de plata común.

Fresca era una imposibilidad.

Valentina no la tocó al principio.

La olió.

Pino.

Aire de montaña.

Lluvia limpia.

Y algo más, algo tan suave que parecía no tener nombre.

Luz de luna sobre piedra fría.

Su loba se movió.

Valentina apoyó una mano en el marco de la ventana.

No fue dolor. No fue el gemido roto que Sebastián dejaba en su interior cuando se acercaba demasiado. Fue un temblor pequeño, como si una criatura dormida durante años hubiera oído pasos conocidos en un sueño.

—¿Está mal? —preguntó Sofía.

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Valentina respiró otra vez.

Su loba volvió a moverse.

Esta vez no abrió los ojos por completo.

Pero levantó la cabeza.

Sofía miró hacia el patio.

—¿Quién pudo dejarla aquí?

Valentina examinó la piedra del alféizar. No había barro. No había pisadas humanas. Solo una gota de agua que todavía colgaba del borde de un pétalo, redonda y perfecta.

—Alguien que no entró por la puerta.

Eso no tranquilizó a Sofía.

A media mañana encontraron las huellas.

No dentro del patio.

Fuera.

Sofía había salido con un cesto de ropa hacia la parte trasera del muro cuando volvió corriendo, sin aliento.

—Mi señora. Tiene que ver esto.

Valentina tomó una capa y la siguió por el sendero estrecho que rodeaba el ala lateral. Lucía salió detrás de ellas, más por precaución que por curiosidad. El jardín trasero de Hacienda Reyes terminaba en un muro viejo cubierto de bugambilias, más bajo que el muro principal y peor vigilado porque daba a una franja de árboles donde nadie importante solía caminar.

En el lodo, al otro lado del muro, había huellas.

De lobo.

Sofía se abrazó a sí misma.

—Es enorme.

Lucía se arrodilló, sin tocar el borde.

—No es un lobo de patrulla Reyes.

—No —dijo Valentina.

La huella era profunda, pero no por torpeza. Cada marca estaba colocada con una distancia exacta. El animal había caminado alrededor del muro con paciencia, sin escarbar, sin golpear la piedra, sin dejar señales de intento de entrada. Un lobo salvaje habría olfateado, arañado, buscado debilidad. Un atacante habría marcado territorio.

Este no.

Este había recorrido el perímetro.

Una vuelta completa.

Quizá más.

—Estaba vigilando —murmuró Valentina.

Sofía la miró.

—¿Vigilando qué?

Valentina levantó la vista hacia su propia ventana.

No respondió.

Lucía siguió la línea de huellas hasta donde desaparecían entre los árboles.

—Hay olor a pino.

Sofía frunció el ceño.

—Aquí no hay pinos.

No.

No los había.

Valentina recordó lluvia en un callejón, botas negras, brazos firmes y una respiración junto a ella. Recordó no tener miedo. Recordó una ausencia de miedo tan extraña que todavía no sabía dónde guardarla.

—No es un lobo perdido —dijo Lucía.

—No —repitió Valentina.

Sofía bajó la voz.

—¿Deberíamos avisar a Alfa Reyes?

La loba de Valentina gruñó.

Fue leve.

Pero fue un gruñido.

Valentina se quedó tan quieta que Sofía retrocedió un paso.

Tres años.

Tres años sin un sonido así.

No de dolor.

No de miedo.

Defensa.

—No —dijo Valentina.

Lucía la observó con atención.

—¿Está segura?

Valentina miró las huellas.

—Si hubiera querido entrar, habría entrado.

—Eso no es tranquilizador —dijo Sofía.

—Lo sé.

Y, sin embargo, una parte de ella estaba tranquila.

Eso era lo que más la inquietaba.

Guardó la Flor de Luna Plateada entre dos paños húmedos, lejos de los ojos de Doña Milagros. Durante todo el día, mientras revisaba el vestido para el banquete del Consejo de Manadas y respondía preguntas de Sofía sobre mangas, peinetas y colores, su atención regresaba a la flor como si el cuarto tuviera un segundo corazón.

—El rojo Reyes no —dijo Valentina.

Sofía levantó una tela escarlata y la dejó caer con alivio.

—Gracias a la Diosa Luna.

—Tampoco dorado.

—Eso elimina medio armario de esta casa.

Lucía sacó una pieza de seda color plata antigua.

—Solano.

Valentina tocó la tela.

No era ostentosa. No brillaba como espejo. Tenía un reflejo bajo, casi lunar, y bordados pequeños de hojas en el borde. Parecía pertenecer a una mujer que no necesitaba gritar para ser vista.

—Esa.

Sofía sonrió.

—Van a odiarla.

—Entonces también está correctamente elegida.

La noche llegó con un viento frío.

Valentina no pudo dormir.

El banquete del día siguiente la esperaba como una sala llena de cuchillos envueltos en seda. Sebastián quería unidad. Doña Milagros quería control. Catalina quería borrar pruebas. Don Fernando quería distancia. Don Ernesto no había respondido aún.

Y fuera de su ventana, en algún lugar entre los árboles, había una huella enorme que no debía existir.

La Flor de Luna Plateada estaba sobre la mesa, dentro de un cuenco bajo.

Sus pétalos no se habían cerrado con la oscuridad.

Al contrario.

Parecían más despiertos.

Valentina se acercó y la habitación cambió de olor.

Pino.

Montaña.

Luna.

Su loba tembló.

No como algo moribundo.

Como algo que intenta ponerse de pie después de haber sido encadenado demasiado tiempo.

Valentina apoyó una mano sobre el pecho.

—¿Quieres salir?

No hubo respuesta.

Solo una presión suave detrás de las costillas. Dolía, pero no como herida. Como músculo que recuerda una forma perdida.

Valentina cerró los ojos.

Por un segundo, vio oscuridad bajo árboles.

No era sueño.

No era memoria.

Era una sensación: ojos dorados observando desde lejos, no con hambre, no con amenaza, sino con una paciencia feroz.

Abrió los ojos de golpe.

En el muro exterior, algo se movió.

Valentina apagó la lámpara.

La habitación quedó bañada solo por la luna. Caminó hasta la ventana y apartó apenas la cortina.

Al principio no vio nada.

Luego, entre los árboles, una sombra respiró.

Era enorme.

Un lobo negro con reflejos gris plata sobre el lomo, acostado bajo la línea de bugambilias, tan inmóvil que podía confundirse con una roca si no fuera por los ojos.

Oro.

Valentina sintió que el corazón le golpeaba una vez, fuerte.

El lobo no avanzó.

No mostró dientes.

No bajó la cabeza como un animal domesticado.

Solo la miró.

Y en esa mirada había una distancia cuidadosamente mantenida, como si incluso en forma salvaje supiera que un paso más sería demasiado.

La loba de Valentina gimió.

Un sonido mínimo, vergonzosamente suave.

Valentina apretó la cortina.

—No —susurró, sin saber a quién se lo decía.

Al lobo.

A su loba.

A esa parte de ella que, después de tres años de silencio, parecía reconocer algo antes que su mente.

El viento subió.

Una hebra de pelo se desprendió del lomo del lobo y cruzó el muro con la corriente. La sombra se levantó entonces. Era todavía más grande de pie. Dio media vuelta sin prisa y desapareció entre los árboles.

Cuando Valentina abrió la ventana, la hebra plateada descansaba en el alféizar, junto a la flor.

La tomó entre los dedos.

Era suave, fría, viva de una manera extraña.

Olía igual.

Pino.

Luna.

Protección.

Valentina quiso soltarla.

No pudo.

Al final, abrió el libro de cuentas y colocó la hebra entre las páginas donde había guardado el registro de la huella de lobo.

La Flor de Luna Plateada, al tocar el borde del libro, se abrió por completo.

Los pétalos formaron una curva perfecta, una luna creciente de luz blanca.

La tinta de las páginas respondió.

Durante un instante, cada palabra escrita sobre dote, pérdida, hierbas y enlace brilló con un resplandor plateado.

Valentina retrocedió.

Su loba abrió los ojos.

Esta vez, de verdad.

—¿Qué...?

La luz se reflejó en sus manos vendadas.

Por debajo de la piel, una línea plateada apareció y desapareció como una vena de luna.

Valentina dejó de respirar.

No pensó en Sebastián.

No pensó en Damián.

Ni siquiera pensó en la flor.

Pensó en la frase que Doña Milagros le había repetido durante años: sangre débil, Omega menor, herramienta de curación.

Miró la línea plateada que se apagaba bajo su piel.

Y por primera vez, la pregunta no fue si podría escapar.

Fue otra.

—¿Qué soy?

1
Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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