Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.
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Demasiado ocupada para el amor
CAPÍTULO 19 — Camila
Diego seguía apareciendo en nuestras vidas con una constancia que ya no podía atribuir únicamente al interés profesional por la carrera de Thiago. Me invitaba a cenar, a salir, llevaba comida y aparecía con flores "porque sí", se ofrecía a acompañarme al hospital cuando sabía que necesitaba una mano extra para cuidar a mi madre mientras yo hacía trámites, el se quedaba con Thiago y le hablaba de todo lo grande que seria en el fútbol con su ayuda.
siempre me decía:
—Sos un desastre para cuidarte a vos misma, Camila —medio en broma medio en serio, cada vez que me encontraba agotada después de encadenar mis tres trabajos con las visitas al hospital—. Dejame ayudarte. Dejame estar ahí para vos, no solo para Thiago.
Era un buen hombre. Nunca dudé de eso. Exitoso, atento, con una paciencia admirable para sostener un interés que yo, sistemáticamente, no lograba corresponder de la manera en que él probablemente esperaba. y entre mis tres trabajos, la recuperación lenta de mi madre, los entrenamientos y partidos de Thiago que no me perdía por nada del mundo, y ese cansancio profundo que se había vuelto mi estado permanente desde hacía años, no me quedaba absolutamente nada de energía para construir algo con nadie. Aparte de eso En mi mente siémpre estaba aquel joven de esa noche, a quien me entregue en cuerpo y alma, su aroma, sus manos, no queria borrar de mi piel sus besos aunque pasaron años y no había una imagen clara de él , nunca encontré su aroma en ningún hombre que se me haya acercado a mí, Realmente no tenia tiempo y no quería, tenia miedo a estar en una relación y que no pudiera con todo o que no aceptarán a mi hijo. Pero Diego insistía constantemente. Es por eso que deje en claro en su momento.
—Diego, de verdad te agradezco todo lo que hacés por Thiago y por mí —le dije una tarde, después de que insistiera, otra vez, en llevarme a cenar a algún lugar "donde pudiéramos hablar sin que el niño interrumpiera cada dos minutos"—. Pero no tengo espacio en mi vida para una relación ahora mismo. No sería justo para vos.
—¿Y va a ser siempre así? —me preguntó, con una frustración que intentaba disimular sin mucho éxito—. ¿Vas a seguir postergándote a vos misma para siempre, Camila?
No supe responderle esa pregunta con honestidad esa tarde. Porque la verdad, la que ni siquiera me animaba a decirme a mí misma con total claridad, era que mi corazón llevaba años ocupado con el recuerdo borroso de una sola noche, con unas manos que ningún otro hombre había logrado igualar, con un vacío que Diego, por más bueno y paciente que fuera, no lograba llenar de ninguna manera.
Y ahora, sumado a todo eso, tenía la extraña sensación de unos ojos verdes en un ascensor que se negaban a salir de mi cabeza, sin ninguna explicación lógica que justificara semejante obsesión por un desconocido con el que apenas había cruzado dos frases.