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Capítulo 6
Capítulo 6: Una Deuda que No Era Dinero
Afuera de la enfermería, Cami y Diego nos esperaban con la energía de un jurado popular.
Diego fue el primero en atacar.
—Muy bien, Montiel. Escúpelo. ¿Te gusta?
—¿Quién? —pregunté con cara de inocencia perfectamente calibrada.
—El delincuente juvenil que acabas de llevar a atención preferencial como si fuera tu novio con gripe.
—Primero: no es un delincuente. Segundo: la fila de tipos que me persiguen llega hasta París. Diles que compren boleto y se formen atrás.
Cami soltó una carcajada. Diego no.
—Val, hablo en serio. ¿Sabes quién es ese tipo? Su papá está en la cárcel por asesinato. ASESINATO. Está becado, vive en un barrio que ni el GPS encuentra, y tiene la reputación social de una cucaracha en un restaurante de cinco estrellas. ¿Y tú quieres adoptarlo?
—No quiero adoptarlo.
—¿Entonces qué?
Los miré a los dos. A Diego, con su indignación de perro guardián. A Cami, con sus ojos astutos que ya estaban leyendo entre líneas. Y decidí darles la versión que podían digerir.
—De ahora en adelante, Renato Solís está bajo mi ala. Nadie lo molesta. Nadie lo toca. Si alguien tiene un problema con él, tiene un problema conmigo. Y si tiene un problema conmigo, tiene un problema con Santiago. ¿Alguna duda?
Cami ladeó la cabeza. Las calaveras de sus aretes tintinearon.
—Dejando de lado lo de su familia... solo con su reputación, no puedes llevarlo a tu casa, Val. Tu hermano te desheredaría.
—Santiago no me desheredaría ni aunque me casara con un payaso de circo. Le doy demasiada gracia.
—Nadie dijo nada de casarse —observó Diego, con los ojos entrecerrados.
Cambié de tema con la elegancia de un torero esquivando una cornada.
—¿Quién le dijo a los de rugby que Renato estuvo involucrado en lo mío?
Diego y Cami intercambiaron una mirada.
—Fue... el rumor general —dijo Cami—. Lorena lleva todo el día mandando audios al grupo de la generación diciendo que Renato la atacó y que tú estabas en conmoción cuando lo defendiste. Dice que tu declaración fue producto de la droga.
—Hija de...
—¿Val?
—Dame un minuto.
Saqué mi teléfono. Abrí el chat general de la generación. 487 mensajes sin leer. Ignoré todos y escribí uno solo:
"Habla Valentina Montiel. Estoy perfectamente lúcida y no estoy bajo los efectos de ninguna sustancia. Lorena Zárate me drogó, me llevó a un cuarto, y grabó todo con una cámara escondida. Renato Solís destruyó esa cámara y me protegió. El que tenga algún problema con él, me lo dice a mí directamente. Y si alguien vuelve a tocarlo en esta universidad, le voy a cerrar cada puerta de cada empresa, cada club y cada círculo social de esta ciudad. Pruébenme."
Enviar.
Le di el teléfono a Cami, que lo leyó con las cejas cada vez más altas.
—Eres una bestia, Montiel —dijo, con una mezcla de admiración y terror.
—Soy eficiente. Hay una diferencia.
Diego seguía mirándome con esa cara de "no te creo ni media palabra." Pero se calló. Diego Fuentes tenía muchos defectos, pero sabía cuándo la batalla estaba perdida.
El asunto del dinero lo resolví antes de irme.
Le había transferido cincuenta mil créditos a Renato la noche anterior. "Viáticos y pago por servicios," decía la nota de la transferencia. Una cifra absurda para cualquiera, pero especialmente para un chico que probablemente contaba cada crédito del mes.
Le mandé un mensaje mientras caminaba al estacionamiento:
A partir de mañana me traes desayuno todos los días. Presupuesto: 300 por comida. El resto es tu sueldo por el servicio. No aceptes menos de lo que vale tu tiempo.
Renato no contestó.
Pero la notificación del banco llegó treinta segundos después: transferencia cobrada.
Me apoyé contra el McLaren y solté una risa corta, amarga, llena de algo que se parecía demasiado al cariño.
Orgulloso, sí. Pero no estúpido.
Demasiado pobre para rechazar el dinero. Demasiado orgulloso para agradecer. Y absolutamente, tercamente incapaz de admitir que alguien le estaba tendiendo la mano.
Lo iba a salvar de todas formas.
La mansión Montiel estaba en silencio cuando llegué. Santiago seguía en alguna capital financiera del extranjero que los genios financieros de treinta y un años iban a hacer dinero en agosto. La servidumbre había dejado la cena en la isla de la cocina, cubierta con plástico transparente, junto a una nota escrita a mano por Lupe, el ama de llaves: "Señorita Val, le dejé caldo de pollo y jugo de frutas. Que descanse."
Me llevé el caldo a mi habitación.
Mi habitación.
Me quedé parada en la puerta un momento, con el tazón caliente entre las manos, mirando lo que alguna vez di por sentado: la cama extragrande con sábanas de algodón egipcio, los ventanales que daban al jardín, la alfombra tan suave que hundías los pies hasta el tobillo, el vestidor que tenía más ropa que algunas tiendas departamentales.
En mi vida pasada, perdí todo esto.
Cuando Santiago murió en aquel accidente —el avión, la explosión, la llamada a las tres de la madrugada—, las acciones de Grupo Montiel se desplomaron en cuarenta y ocho horas. Los socios minoritarios olieron sangre. Los bancos retiraron las líneas de crédito. Los abogados, esos buitres con corbata, me acorralaron con deudas que no sabía que existían.
En seis meses vendí el apartamento del barrio del Mirador. En ocho, los autos. En un año, esta casa.
Dormí en un colchón inflable en un departamento de treinta metros cuadrados en el Barrio Sur. Trabajé turnos dobles en una cafetería. Me bañaba con agua fría porque el calentador de agua se averió y no tenía para arreglarlo.
Y ahora estaba aquí, de nuevo, con sábanas que costaban más que mi renta mensual de aquella época.
Me dejé caer sobre la cama.
El colchón me abrazó como un viejo amigo.
Cerré los ojos y se me escapó un sonido —mitad risa, mitad sollozo— que no dejé que nadie escuchara. Porque Valentina Montiel no lloraba. Valentina Montiel planeaba.
Abrí los ojos. Saqué mi teléfono.
Primer mensaje: para el investigador privado que Santiago usaba para asuntos delicados. Un contacto que encontré en la agenda de mi hermano durante mi vida anterior, demasiado tarde para que sirviera de algo.
Esta vez no iba a ser demasiado tarde.
"Necesito que investigues el caso de Ernesto Solís. Sentencia por homicidio, hace cuatro años. Hubo irregularidades en el juicio: testigo único con vínculos al demandante, peritaje incompleto, defensa de oficio que no presentó ninguna apelación. Quiero cada documento. Cada inconsistencia. Cada nombre."
Enviar.
Segundo mensaje: mismo investigador.
"También necesito un informe sobre el entorno cercano de Santiago Montiel. Empleados nuevos en el último año, choferes, pilotos, personal de seguridad. Cualquier persona que haya sido contratada o reemplazada recientemente. Discreción absoluta."
Enviar.
Me quedé mirando el techo. La araña de cristal proyectaba prismas diminutos sobre las paredes. En mi vida pasada, nunca supe si el accidente de Santiago fue realmente un accidente. Nunca tuve los recursos para investigar. Nunca tuve el tiempo.
Ahora tenía ambos.
Y tenía algo más: la certeza brutal, absoluta, incandescente de que no iba a perder a mi hermano otra vez. Ni a él. Ni a nadie.
El teléfono vibró.
El investigador: "Entendido, señorita Montiel. Primer reporte en 72 horas."
Bien.
Me giré sobre la cama y abrí el chat de Renato. Seguía sin contestar mi primera regla. Seguía sin decir una sola palabra. Su última conexión fue hacía veinte minutos.
Pero estaba en línea.
Escribí:
¿Te pusiste la pomada antibiótica que te dio la doctora?
Nada.
Renato.
Nada.
Renato Solís, te estoy hablando.
Tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Aparecieron de nuevo.
Y luego, finalmente:
Sí.
Una palabra. Una sílaba. Dos letras.
Era lo más largo que me había escrito en toda su vida.
Sonreí. No la sonrisa de heredera. No la sonrisa calculada. La otra. La que no sabía que todavía tenía.
Apagué la lámpara de noche y me quedé en la oscuridad con el teléfono sobre el pecho, sintiendo su peso tibio como un latido ajeno.
Pensé en sus manos.
En la forma en que tomó el algodón con yodo y lo pasó sobre mi piel como si estuviera restaurando una pieza de porcelana antigua. En cómo colocó la curita con los bordes perfectamente alineados, alisándola con el pulgar, y luego me soltó la mano despacio, muy despacio, como si le costara separar sus dedos de los míos.
Esas manos.
Yo sabía lo que esas manos podían hacer. Las había visto en otra vida sostener una raqueta con la ferocidad de quien no tiene nada más. Renato tenía dieciséis años cuando entró al grupo de los cincuenta mejores tenistas juveniles del país. Mi hermano Santiago, que era bueno —genuinamente bueno—, no lo logró hasta los dieciocho.
El talento de Renato Solís no era normal. Era el tipo de talento que aparece una vez por generación y que, sin los recursos adecuados, se extingue en silencio.
En mi vida pasada, se extinguió.
En esta, no.
Me giré sobre la almohada. El recuerdo vino sin permiso, como siempre: su voz ronca contra mi oído, años en el futuro, en una vida que ya no existía.
"El anillo está frío. Vamos a calentarlo juntos..."
Me cubrí la cara con la almohada.
No. Todavía no. Ahora mismo, Renato Solís me odiaba un poquito, me toleraba otro poquito, y me debía un desayuno. Eso era suficiente. Eso era el principio.
Un peón no gana la partida solo.
Pero la reina tampoco gana sin sus peones.
Y Renato, aunque no lo supiera todavía, no era ningún peón. Era la pieza más peligrosa del tablero: un alfil disfrazado de sacrificio, capaz de cruzar el campo entero en diagonal cuando nadie lo espera.
Solo necesitaba que alguien le despejara la línea.
Cerré los ojos.
Mañana iba a recibir mi primer desayuno. Y si ese desayuno costaba un crédito más de trescientos, le iba a descontar la diferencia de su próximo pago, solo para verle la cara de indignación.
Si costaba menos, bueno.
Entonces sabría que Renato me estaba cuidando a su manera.
Y eso, pensé mientras el sueño finalmente me arrastraba hacia abajo, sería el comienzo de todo.
Afuera, la ciudad respiraba. En algún departamento pequeño de un barrio que el GPS apenas encontraba, un chico con la mano vendada y los nudillos rotos probablemente estaba acostado en una cama que no era tan suave como la mía, mirando el techo de su cuarto, preguntándose por qué una heredera insoportable le había mandado cincuenta mil créditos y le exigía desayunos.
Y tal vez —solo tal vez— tenía un algodón manchado de yodo guardado en el bolsillo del pantalón, y no sabía por qué no lo había tirado.
O tal vez sí lo sabía.
Y eso le daba más miedo que cualquier otra cosa.