Anna Marín muere a los 32 años con seis puñaladas en el pecho, asesinada por su hermanastra Mariana mientras su esposo Javier observa sin intervenir. Sus últimos pensamientos son de arrepentimiento: por amar demasiado, por callarse demasiado, por convertirse en invisible.
Pero cuando abre los ojos, está de vuelta dos años antes de su muerte.
Con todos los recuerdos intactos.
Anna sabe exactamente lo que viene: cómo Mariana manipulará a sus hijas gemelas para que la odien, cómo Javier la torturará durante meses para robarle la herencia de la abuela, cómo morirá sola en el mismo piso de mármol donde alguna vez creyó que construiría un hogar.
Esta vez no será la esposa sumisa que se arrastra por amor.
Esta vez será la Loba Blanca que todos temían en los tribunales.
Esta vez cada traidor pagará por adelantado.
Pero cambiar el futuro tiene un precio. Y Anna descubrirá que la venganza, aunque dulce, puede costarle lo único que aún le importa: el alma de la mujer que alguna vez fue.
Una histo
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CAPÍTULO 6
Anna llega a la mansión Rojas pasadas las once de la noche con el cuerpo agotado pero la mente más clara que nunca. Pasó toda la tarde en casa de la abuela planeando cada detalle de la guerra que están a punto de desatar. Cambio de testamento. Seguridad privada. Rastreadores GPS en todos los vehículos. Un plan tan meticuloso que haría temblar a cualquiera que supiera lo que se viene.
Estaciona su auto en el garaje y cuando entra a la casa por la puerta lateral lo primero que escucha es la voz de Javier desde la sala.
—¿Se puede saber dónde diablos estabas?
Anna cierra la puerta con calma deliberada y camina hacia la sala sin apresurarse. Javier está de pie junto al sofá con los brazos cruzados y esa expresión de furia controlada que ella conoce tan bien. A su lado están las gemelas en pijama, recién bañadas, con el cabello húmedo y caras de aburrimiento absoluto. Acaban de regresar de Ciudad A. De su pequeña escapada con Mariana.
—Tenía asuntos que atender —responde Anna dejando su bolso sobre la mesita del recibidor.
—Asuntos —repite Javier con sarcasmo venenoso—. Tan importantes que no pudiste ir al aeropuerto a recoger a tus hijas.
Anna mira a las gemelas. Sofía y Valentina la observan con la misma indiferencia con la que mirarían a una extraña. Sin afecto. Sin reconocimiento. Como si fuera parte del mobiliario. En su vida anterior esa mirada la destrozaba. La hacía rogar por su amor. La convertía en payaso desesperado haciendo cualquier cosa por una sonrisa.
Esta vez solo siente un dolor sordo en el pecho pero no dice nada.
—Hola niñas —dice Anna—. ¿Cómo estuvo el viaje?
Las gemelas no responden. Sofía vuelve su atención a la tableta que tiene en las manos, los dedos volando sobre la pantalla en algún juego. Valentina mira al piso.
—Te hice una pregunta, Anna —insiste Javier con voz peligrosamente baja—. ¿Dónde estabas que era más importante que tus propias hijas?
—Con la abuela Rosa Margarita —responde Anna sin apartar la vista de las gemelas que siguen ignorándola—. Tenía asuntos familiares que discutir con ella.
Javier abre la boca para responder pero Sofía lo interrumpe sin siquiera levantar la vista de su tableta.
—Mamá, no hice mi tarea.
Anna parpadea. La niña ni siquiera la está mirando. Habla como si estuviera dando una orden a un asistente.
—Y debo presentar un trabajo de arte mañana —continúa Sofía con tono aburrido, todavía concentrada en su juego—. Necesitas hacerlo.
El silencio que sigue es denso. Javier mira a Anna con expresión que dice claramente "ya escuchaste a tu hija, muévete". Las gemelas esperan. Porque en su vida anterior Anna habría corrido a buscar cartulinas y colores. Habría pasado la noche en vela haciendo la maqueta o el dibujo o lo que fuera que Sofía necesitara. Habría sacrificado su sueño, su tiempo, su dignidad, todo por escuchar un "gracias mamá" que nunca llegaba.
Esta vez Anna dice con voz tranquila: "No".
Sofía levanta la vista de su tableta por primera vez. "¿Qué?"
—Dije no. Si no hiciste tu tarea en Ciudad A tuviste dos semanas para hacerla, entonces vas a tener que explicarle a tu maestra por qué no la tienes lista.
La cara de Sofía se transforma en máscara de incredulidad. Javier da un paso adelante con expresión amenazante.
—Anna, no seas ridícula. La niña necesita...
—La niña necesita aprender responsabilidad —interrumpe Anna—. Y yo necesito dormir porque mañana tengo que levantarme temprano para preparar tu junta de accionistas. Buenas noches.
Da media vuelta y sube las escaleras sin mirar atrás. Escucha el grito indignado de Sofía, la voz de Javier llamándola, pero no se detiene. Camina directo a su habitación de huéspedes, cierra la puerta con seguro, se quita la ropa y se mete a la ducha.
El agua caliente cae sobre su cuerpo y Anna apoya las manos contra las baldosas sintiendo cómo todo el peso del día la aplasta. Le duele. Por Dios que le duele ignorar a sus hijas. Cada fibra de su ser le grita que baje corriendo, que les pida perdón, que haga la tarea de Sofía, que las acueste, que les lea un cuento, que recupere aunque sea una migaja del amor que solían darle cuando eran bebés.
Pero sabe que no puede. Porque en su otra vida hizo exactamente eso. Rogó por afecto. Se arrastró por atención. Y lo único que logró fue que la despreciaran más. Las gemelas aprendieron de Javier que Anna era prescindible. Aprendieron de Mariana que su madre biológica era débil. Aprendieron que podían tratarla como basura y ella seguiría ahí, rogando, suplicando, destruyéndose por ellas.
Esta vez tiene que ser diferente. Aunque le arranque el corazón.
Sale de la ducha, se pone pijama y se mete en la cama. Son las doce y media de la mañana. En cinco horas tiene que levantarse para revisar la presentación de Javier. La presentación que saboteó sutilmente. Su primer regalo para el hombre que la vio morir sin mover un dedo.
Apaga la luz y cierra los ojos intentando dormir pero su cerebro no se apaga. Sigue escuchando la voz de Sofía diciendo "mamá es una inútil" en su otra vida. Sigue viendo a las gemelas abrazadas a Mariana en el restaurante. Sigue sintiendo las seis puñaladas atravesando su carne mientras sus hijas dormían en el piso de arriba sin saber que su madre estaba siendo asesinada abajo.
Está a punto de dormirse cuando la puerta de su habitación se abre de una patada tan fuerte que rebota contra la pared. Anna se incorpora de golpe con el corazón en la garganta. Javier está en el umbral con la luz del pasillo creando una silueta amenazante.
—¿Qué demo...?
Javier camina directo a la cama y jala la cobija de un tirón dejándola expuesta. Anna se abraza instintivamente aunque su pijama es completamente decente.
—¿Qué demonios te pasa, Anna? —grita Javier y su voz resuena en la habitación pequeña—. Las niñas están esperando que las lleves a la cama. Ni la cena les hiciste. Sabes perfectamente que solo comen tu comida.
Anna se sienta en la cama con la espalda recta y lo mira directamente a los ojos. Le da una mirada tan helada, tan llena de desprecio contenido, que por un momento Javier retrocede como si lo hubiera golpeado.
—No mientas —dice Anna con voz que no reconoce como suya, fría como témpano—. Durante sus vacaciones en Ciudad A comieron lo que Mariana les preparó sin problema. No me molestes. Mañana debo madrugar para preparar tu junta.
El rostro de Javier se pone rojo de furia. Da un paso hacia la cama con los puños apretados y por un segundo Anna piensa que va a golpearla. En su otra vida lo hizo varias veces. Siempre donde no se vieran las marcas. Siempre cuando nadie más estaba mirando.
—No juegues conmigo, Anna —dice Javier con voz peligrosamente baja, inclinándose hasta que su cara está a centímetros de la de ella—. No sabes con quién te estás metiendo.
Anna no se mueve. No retrocede. No baja la mirada. Solo lo mira con esos ojos helados hasta que Javier se endereza, le da la espalda y sale de la habitación dando un portazo que hace temblar las paredes.
Anna se queda sentada en la cama con las manos temblando violentamente. Las esconde bajo las sábanas y respira profundo. Le cuesta enfrentarlo. Le duele ignorar a sus hijas. Cada instinto maternal le grita que está siendo monstruosa.
Pero también sabe que si no lo hace, si vuelve a ser la Anna que se arrastra por amor, en dos años estará muerta. Y sus hijas estarán llamando mamá a la mujer que la asesinó.
Tiene que ser fuerte. Tiene que ser dura. Tiene que enseñarles que su madre no es un felpudo.
O con todo el dolor de su corazón las dejará atrás con ese par de ratas que las están envenenando.
Se mete bajo las cobijas y cierra los ojos. El sueño no llega fácil pero eventualmente el agotamiento la vence.
Mientras tanto, en la habitación de las gemelas al otro lado del pasillo, Sofía y Valentina están sentadas en sus camas con caras largas.
—¿Dónde está mamá? —pregunta Valentina con voz pequeña.
Javier termina de arropar a Sofía y suspira. "Está cansada. Déjenla hoy. Les aseguro que mañana les tendrá un rico desayuno".
—Mamá es una inútil —dice Sofía con sarcasmo que no debería existir en una niña de seis años—. Extraño a mamá Mariana. Ella sí es una buena mamá.
Javier toca su cabello con ternura que nunca le da a Anna. "Tranquila hija. Pronto viviremos con ella".
Luego se inclina y susurra como si compartiera un secreto precioso: "Ella llega mañana a Ciudad S. Ya no estará lejos y podrán estar con ella todo el tiempo que quieran".
Las gemelas saltan en sus camas con alegría genuina. Javier sonríe. Esa sonrisa amplia y cálida que Anna vio en el restaurante. La sonrisa que nunca le da a su esposa.
—Recuerden que es un secreto —dice llevándose un dedo a los labios—. Anna no puede saberlo.
—Sí, papá —responden las niñas al unísono.
Javier les da un beso en la frente a cada una, apaga la luz y sale cerrando la puerta suavemente. En el pasillo su sonrisa desaparece y la furia regresa a su rostro. Anna lo está desafiando. Su pequeña esposa sumisa está creciendo dientes y eso no puede permitirlo.
Mañana le dará una lección que no olvidará.
A la mañana siguiente la mesa del comedor está puesta para tres. Javier sentado en la cabecera con traje impecable que tuvo que elegir él mismo porque Anna no le dejó la ropa lista como siempre hacía. Ese pequeño detalle lo tiene de un humor de perros. Las gemelas están a cada lado en sus sillas altas, vestidas con los uniformes escolares que también tuvieron que buscar solas porque Anna no las ayudó.
Los tres esperan. Porque todas las mañanas durante años Anna baja a las seis y media exactamente con el desayuno recién hecho. Pancakes o waffles o huevos revueltos o lo que sea que las niñas pidan. Siempre caliente. Siempre perfecto. Siempre servido con una sonrisa aunque ellas apenas le den las gracias.
Seis y media. Nada.
Seis cuarenta y cinco. Nada.
A las siete menos diez el ama de llaves nueva (porque Anna despidió a la señora Méndez) entra al comedor con expresión incómoda.
—Disculpe señor, su esposa salió muy temprano y no dejó instrucciones sobre el desayuno. Me tomé el atrevimiento de hacerles lo de siempre.
Javier mira alrededor con rabia que le hierve la sangre. Las gemelas hacen mala cara cuando prueban los pancakes porque no saben igual. No tienen el toque de Anna. No tienen el amor desesperado que ella ponía en cada plato intentando comprar el afecto de su familia.
—Maldita sea, Anna —grita Javier barriendo el plato de la mesa de un manotazo.
La porcelana se estrella contra la pared. Los pancakes caen al piso dejando manchas de jarabe. Las gemelas se sobresaltan.
Y en algún lugar de la ciudad, en las oficinas del Grupo Lin, Anna Marín revisa contratos con una taza de café en la mano y una sonrisa fría en los labios.
Que se joda Javier Rojas.
Esta loba ya no cocina para su verdugo.
Vamos a ver como se destruyen Javier y Mariana 😅😅