Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.
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El Peso del Cristal
El escándalo de Julian Sterling-Gisvold sacudió los cimientos de las firmas del Downtown como un terremoto silencioso. Para el mundo exterior, Isabella Vance era ahora una figura intocable, una ejecutora de la ley con una mente quirúrgica y una integridad de titanio. Pero para la fauna de las cloacas corporativas de Los Ángeles, su nombre se convirtió en un sinónimo de peligro. Había roto la regla de oro de los viejos lobos: no solo les había ganado en el estrado; los había expuesto, destruyendo sus reputaciones y arrastrando sus apellidos por el lodo de los comités de ética.
La reacción no tardó en llegar, y no vino en forma de mociones legales.
Comenzó con pequeños detalles. Un sobre de manila sin remitente dejado en el parabrisas de su auto en el estacionamiento de Century City; dentro, fotografías de ella saliendo de su departamento en Santa Mónica a altas horas de la madrugada, con círculos rojos dibujados alrededor de su rostro. Luego, las llamadas a su teléfono personal a las tres de la mañana: silencios pesados, seguidos por el sonido distorsionado de una respiración o frases cortas, susurradas por voces modificadas digitalmente: «La ley no puede protegerte en la oscuridad, Vance». «Los jarrones de cristal siempre terminan rompiéndose».
Isabella no reportó las amenazas a la seguridad del buffet, ni a su padre. Sabía perfectamente cómo reaccionaría Arthur Vance: le diría que el derecho penal y los litigios agresivos eran demasiado peligrosos para ella, que regresara a Pasadena a encargarse de la fundación familiar y que dejara que los hombres manejaran las crisis. Su hermano Dorian, ahora un júnior inflado en la firma de su padre, ni siquiera entendería el concepto de riesgo fiduciario. Estaba sola. Como siempre lo había estado.
Una noche de neblina espesa, Isabella salió de la torre de Vanguard & Associates pasadas las once. El cansancio le pesaba en los hombros como una capa de plomo. Al acercarse a su automóvil en el área VIP del helipuerto inferior, notó una silueta apoyada contra la carrocería de un coche deportivo negro.
Su mano bajó instintivamente hacia su bolso, donde guardaba un gas pimienta de grado militar, su mente estratega calculando la distancia de escape hacia las cámaras de seguridad del edificio.
—Una respuesta defensiva impecable, Vance —dijo una voz barítona y profunda, emergiendo de la penumbra—. Pero te aseguro que si hubiera querido hacerte daño, no me habría puesto frente a la luz del poste.
Isabella soltó el aire de sus pulmones. La silueta se enderezó, revelando los ojos verdes y la sonrisa magnética de Dante De Luca. Vestía un abrigo de cachemira oscuro sobre un traje sastre impecable, sin corbata. Su presencia física, imponente y segura, alteró el ritmo del aire acondicionado del estacionamiento.
—De Luca —dijo Isabella, su voz recuperando la cadencia fría y perfecta de la balanza corporativa, aunque sus ojos reflejaban el agotamiento acumulado—. ¿Qué haces aquí a esta hora? Si vienes a reclamar el porcentaje de los honorarios del caso Vance-Lowell, mi asistente ya envió la transferencia a tu firma esta mañana.
Dante caminó hacia ella, deteniéndose a la distancia justa que desafiaba la línea de la profesionalidad, pero que transmitía una extraña y masculina sensación de resguardo. La miró fijamente. Sus ojos felinos recorrieron las ligeras sombras oscuras bajo las pestañas de Isabella y la rigidez de su postura. Había una fascinación en él que no lograba comprender; había pasado las últimas tres noches inventando excusas legales para llamarla, revisando sus antiguos casos solo para analizar la estructura de su lógica, y la sola idea de que alguien pudiera apagar la mente más brillante que había conocido lo llenaba de una furia gélida.
—No vine por el dinero, Isabella —dijo Dante, su tono bajando un octavo, perdiendo la arrogancia teatral por completo—. He estado escuchando los rumores en las cortes del Distrito Central. Sterling-Gisvold está acabado, pero sus socios tienen conexiones con los sindicatos de la construcción de Nevada y con la mafia de las aseguradoras de Glendale. Gente mala, Vance. Tipos que no juegan al ajedrez, sino al tiro al blanco. Sé lo de las fotos en tu auto. Sé lo de las llamadas.
Isabella sostuvo la mirada de Dante, sorprendida de que el gran De Luca se hubiera tomado la molestia de investigar su seguridad privada.
—Son solo tácticas de intimidación baratas de hombres que no saben perder, Dante —respondió ella, intentando abrir la puerta de su coche—. Puedo manejarlo. He estado lidiando con hombres asustados desde que tenía doce años.