Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.
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Capítulo 1 — Encuentro Bajo la Lluvia de Estrellas
La noche se inclinó cuando las cuatro se reunieron bajo la lluvia de estrellas. No era una lluvia común; los habitantes de las Tierras Sombrías la llamaban *El Llanto de Aethelgard*, un fenómeno que ocurría una vez cada milenio, cuando los fragmentos de luz astral perforaban el manto de la medianoche, creando surcos de plata viva en el firmamento. Para cualquier otro ser, habría sido un espectáculo de belleza inigualable; para ellas, era la señal de que el tiempo de los lamentos había terminado y el de la sangre comenzaba.
El claro de los Olmos Plateados estaba sumido en una fragancia a ozono y tierra mojada. La primera en llegar fue Lyraka Shade. Se movía con la agilidad de un depredador que no teme ser visto, pues la noche era su aliada más antigua. Sus cuernos, tallados en obsidiana y curvados hacia atrás como una corona de advertencia, vibraban ante la energía estelar. Lyraka se detuvo en el centro del círculo de piedras rúnicas, su mano derecha descansando en el pomo de una daga que parecía hecha de humo solidificado. Su respiración era pausada, pero sus ojos, de un violeta eléctrico, escudriñaban cada sombra.
—Sé que estás ahí, Shapira —dijo Lyraka, su voz rompiendo el silencio como un cristal fino—. El sonido de tus cadenas te precede, incluso cuando intentas caminar sobre el aire.
De la espesura del bosque, emergió una figura cuya presencia helaba el aire. Shapira Void no caminaba, parecía deslizarse sobre una grieta en la realidad. De sus muñecas y cuello colgaban cadenas de un metal negro mate que nunca tocaba el suelo, levitando por una fuerza invisible. Cada eslabón estaba grabado con glifos de contención. Shapira representaba la resistencia, el vacío que se niega a ser llenado.
—Y tú sigues siendo tan sutil como un rayo en un pozo, Lyraka —respondió Shapira. Su voz tenía un eco metálico, como si hablara desde el fondo de una caverna—. ¿Dónde están las otras? La lluvia de estrellas no durará para siempre, y el portal solo se abrirá mientras el cielo sangre luz.
Antes de que Lyraka pudiera responder, un resplandor dorado, casi ofensivo para los ojos acostumbrados a la penumbra, iluminó los árboles. Xylia Brook apareció como una aparición solar en medio del reino de la luna. Vestía una armadura que desafiaba la lógica de su raza: placas de oro bruñido que atrapaban cada chispa de la lluvia estelar y la amplificaban, creando un aura de pureza artificial. Xylia era el recordatorio de que, incluso en la oscuridad más profunda, la luz podía ser una herramienta de guerra.
—Lamento la demora —dijo Xylia, su tono cargado de una formalidad que ocultaba un cansancio milenario—. Los caminos del sur están plagados de vigías. Parece que el mundo presiente nuestra reunión y tiene miedo de lo que vamos a jurar.
—Tienen razones para temernos —intervino una cuarta voz, serena y equilibrante, que pareció armonizar las tensiones de las otras tres.
Ravenna Shadow se materializó entre ellas, completando el cuadrante. No llevaba cuernos imponentes, ni cadenas, ni oro. Vestía ropajes sencillos de color gris ceniza que cambiaban de tono según el ángulo de la luz. En sus manos sostenía un libro cuyas páginas estaban encadenadas con filigrana de plata, el Tomo de los Equilibrios Perdidos. Ravenna era la calma antes de la tormenta, la balanza que debía decidir cuándo atacar y cuándo esperar.
Las cuatro se miraron. Habían pasado siglos desde que sus linajes se separaron tras la Caída de la Medianoche. El odio, la desconfianza y la distancia habían marcado sus historias personales, pero el equilibrio del mundo se estaba desmoronando. Las sombras se volvían erráticas y la luz, en manos de los tiranos de la superficie, se había vuelto una soga de castigo.
—Estamos todas —susurró Ravenna, abriendo el libro. Las cadenas de plata se soltaron solas, tintineando con una nota musical—. El mapa está listo. Los pasajes se están abriendo. Pero antes de dar el primer paso hacia la Corona de Crepúsculo, debemos saber si estamos dispuestas a pagar el precio. No es oro lo que nos pedirá el camino, sino trozos de nuestra propia alma.
Lyraka dio un paso adelante, sus cuernos brillando con una luz púrpura.
—He vivido como una paria, marcada por estos cuernos que mi propio pueblo teme. No tengo nada que perder, salvo la oportunidad de ver a este mundo arrodillarse ante la verdadera justicia.
Xylia apretó los puños, el metal de su armadura chirrió.
—Mi familia murió protegiendo una luz que terminó traicionándolos. Si esta armadura debe ser mi tumba para que otros vivan sin miedo, que así sea.
Shapira, la de las cadenas, simplemente asintió. El vacío en sus ojos era su respuesta. Ella ya lo había perdido todo; las cadenas eran lo único que la mantenía atada a la existencia.
La lluvia de estrellas alcanzó su cénit. El cielo se volvió blanco por un segundo eterno, y en el suelo del claro, las runas comenzaron a arder con un fuego frío. La tierra tembló, no por un sismo, sino por el peso del destino que se asentaba sobre los hombros de las cuatro elfas. No había vuelta atrás. El pacto de medianoche estaba sellado.
Caminaron hacia la grieta de luz que se abría entre dos olmos centenarios, una puerta hacia lo desconocido que exigía valentía y prometía dolor. Al cruzar el umbral, el mundo de sombras que conocían pareció desvanecerse, dejando solo la determinación de sus corazones.
Sus siluetas recortadas emergían como promesas antiguas.