Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
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Madrid
Lucciana aprovechó el caos para correr hacia la escalera que descendía a las criptas y sótanos del castillo, el origen de la vibración verde que envolvía la fortaleza.
El sótano de Dunollie era una mina de piedra virgen, donde los cimientos se confundían con la roca viva del acantilado. El agua del mar se filtraba por las rendijas, creando un ambiente húmedo y helado que olía a sal y a sangre vieja.
En el centro de la cripta inferior, empotrada en la roca madre, se encontraba la piedra angular: un bloque de granito negro de tres metros de alto tallado con las runas del clan MacInnes. Sin embargo, el Sellado del Brezo había sido ejecutado mediante una capa de resina orgánica y brezo quemado que cubría el bloque como un barniz verdoso, atrapando la marca mística de Luca Ferro en su interior.
—Llegas al corazón de la cantera, muchacha —dijo la voz de Alistair MacInnes desde la entrada de la cripta.
El viejo lord había descendido solo, con el dirk desenvainado y los ojos inyectados en sangre. El frío de su pecho era tan intenso que su piel comenzaba a adquirir un tono grisáceo, el colateral reclamando su derecho total ante la ruptura del equilibrio—. No puedes tocar la piedra. Si usas tu fuego aquí, el acantilado entero colapsará y nos enterrará a ambos en el mar.
—No voy a quemar la piedra, Alistair —dijo Lucciana, desenvainando el bisturí de cirujano de su bastón—. Voy a limpiar el exceso de barniz.
Lucciana se arrojó hacia la piedra angular, pero el viejo lord, a pesar de su edad y su artritis, se movió con la fuerza de un animal del norte. Interceptó a Lucciana a mitad de camino, derribándola contra el suelo de roca húmeda. El dirk de bronce bajó con fuerza, rozando el cuello de la italiana y abriendo un corte superficial en su hombro.
Lucciana ignoró el dolor y la calidez de su propia sangre que comenzaba a manchar la seda de su traje. Agarró la muñeca del viejo con su mano izquierda descubierta, la mano de la runa. Al contacto, el fuego azul de Lucifer chocó directamente contra la piel helada de MacInnes. El dolor fue mutuo: el frío del Sellado intentó congelar las venas de Lucciana, mientras que las llamas azules comenzaron a purgar la resistencia del deudor.
Con un grito de puro esfuerzo, Lucciana utilizó su mano derecha para lanzar el bisturí de cirujano hacia la piedra angular, clavándolo directamente en la costra de resina de brezo que sellaba la runa de propiedad de Luca Ferro.
El bisturí, imbuido del calor de las deudas cobradas en París y Viena, actuó como un disolvente perfecto. La resina verde comenzó a hervir, resquebrajándose con el sonido del hielo al romperse bajo el sol de primavera. Al disolverse el Sellado del Brezo, la presión acumulada durante treinta años en las líneas Ley del castillo se liberó de golpe.
Una onda de choque mística sacudió la cripta entera. El Castillo de Dunollie crujió desde las almenas hasta los cimientos, pero la estructura no cayó; simplemente respiró. Las murallas se asentaron en su posición natural, liberadas de la tensión artificial que las ahogaba.
Alistair MacInnes soltó el dirk y cayó de espaldas contra el suelo, exhalando un último suspiro que se congeló instantáneamente en el aire de la cripta. Su piel se volvió blanca como el granito de sus murallas y sus ojos se fijaron en el techo, vacíos de toda vida. La deuda de sangre se había cobrado por completo; el granito lo había reclamado como parte de sus cimientos perpetuos.
Lucciana se puso de pie a tropezones, sujetándose el hombro herido. La runa de su mano izquierda brilló con una intensidad zafiro que iluminó toda la cripta, absorbiendo la energía del Sellado disuelto y la permanencia del clan MacInnes. En su mente, la pulsación dorada del frasco de plata en el hotel dio un vuelco vigoroso. Tres años de gracia para Matteo. La balanza seguía inclinándose a su favor.
Luca Ferro apareció junto a la piedra angular, que ahora mostraba la marca del Infierno grabada de forma limpia y permanente en el granito negro. El Diablo pasó sus dedos por el relieve de la runa con una satisfacción casi artística.
—Un trabajo de restauración estructural impecable, Condesa —dijo Luca, mirando el cuerpo inmóvil de Alistair—. El clan MacInnes mantendrá sus tierras, pero ahora el alquiler se paga directamente a mis oficinas. Escocia está saldada.
Lucciana se colocó el guante negro, sintiendo cómo el frío de Dunollie ya no la afectaba. Se volvió hacia la escalera, lista para dejar la isla de Skye atrás.
—¿Cuál es el siguiente destino, Luca? —preguntó, y su voz ya no tenía rastro de la duda humana que alguna vez la habitó.
El Diablo caminó a su lado, y sus sombras se entrelazaron en los muros de piedra mientras subían hacia la libertad del invierno.
—Regresamos al sur, Lucciana. A la calidez engañosa del Mediterráneo. Madrid nos espera. Un hidalgo español cree que puede diluir su contrato de sangre entre las páginas de la historia de la Inquisición... Vamos a demostrarle que el Infierno tiene mejor memoria que el Santo Oficio.
gracias autora por esta joya 👏👏👏