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La Mujer del Capo

La Mujer del Capo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Izuki

Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.

Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.

Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.

Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.

Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.

Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.

En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?

*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*

NovelToon tiene autorización de Izuki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19

La máscara que no cae

Lucía llegó al Club El Olvido a las siete de la noche con el estómago lleno de nudos.

Se cambió en el vestidor de empleados —un cuarto estrecho con casilleros de lámina, un espejo manchado y olor a desodorante barato—, se puso el uniforme, se revisó el maquillaje, y salió a la barra a preparar los vasos de la noche. Las manos le obedecían: cortaba limones, llenaba hieleras, acomodaba copas en las charolas con la mecánica de quien ha hecho lo mismo cien veces. Pero por dentro, las manos que importaban —las invisibles— temblaban.

A las diez y media, Doña Marisol la encontró secando vasos.

—Ya llegó el Jefe. Reservado uno. Lleva la charola con la botella que preparé —señaló una botella de whisky con una etiqueta que Lucía no reconoció pero cuyo precio adivinaba por el tipo de cristal—. Sirves, recoges, no hablas a menos que te hablen. ¿Entendido?

—Entendido.

—Ah, y Mónica: no lo mires a los ojos. Al Jefe no le gustan las miradas largas.

Lucía tomó la charola. Pesaba poco. Ella pesaba toneladas.

El reservado uno estaba al fondo del Club, separado del salón principal por una cortina de terciopelo negro y una puerta de cristal esmerilado. Adentro: un sillón semicircular de cuero, una mesa baja de mármol, iluminación tenue color ámbar. Cuatro hombres sentados. Dante en el centro, con una camisa gris oscuro sin corbata y un reloj que atrapaba la luz cada vez que movía la muñeca. A su izquierda, un empresario gordo que hablaba de bienes raíces. A su derecha, otro hombre de traje que Lucía no conocía. Y en la esquina, medio escondido en la penumbra como un animal de guardia, Marcos.

Santos estaba de pie junto a la puerta, por dentro. Cuando Lucía entró, le sostuvo la cortina.

—Gracias —murmuró ella sin mirarlo.

Se acercó a la mesa. Puso la charola. Abrió la botella con el descorchador que llevaba en el bolsillo del delantal y sirvió cuatro vasos con la cantidad exacta que Marisol le había indicado: tres dedos, sin hielo, el del Jefe primero. El cristal tintineaba levemente con cada movimiento. El olor del whisky —ahumado, profundo— le llenó la nariz.

Dante estaba hablando. Su voz era baja y pareja, sin inflexiones, como un río que no necesita corrientes para ser peligroso. Lucía no entendía los detalles de la conversación — algo sobre un terreno en la costa, una licencia de construcción, un contacto en el gobierno estatal— pero entendía el tono. El tono de un hombre que no pide cosas sino que las dispone.

Sirvió el último vaso. Al retirarse, su mano rozó el borde de la mesa y la muñeca le tembló. Dos gotas de whisky cayeron sobre el mármol oscuro. Pequeñas. Insignificantes. Pero en el silencio del reservado sonaron como piedras cayendo en un pozo.

La conversación se detuvo.

Dante levantó la vista. Sus ojos encontraron los de Lucía durante un segundo —un segundo que duró una eternidad, un segundo en que ella pensó "me reconoce, sabe quién soy, sabe que soy la hija de Vargas"— y después bajó la mirada al charco de whisky sobre la mesa.

No dijo nada.

El empresario gordo se rio:

—Nerviosa la chica.

—Déjala —dijo Dante. Dos palabras. Y volvió a la conversación.

Lucía se agachó para limpiar con una servilleta. Le temblaban los dedos. Entonces una mano le puso una servilleta limpia en la palma —no con brusquedad, sino con la discreción de alguien que no quiere que los demás lo noten—. Levantó la vista. Santos.

—Tranquila, niña —dijo en voz baja, casi un susurro—. A todos nos pasa.

La voz era cálida. No la calidez fabricada de alguien que quiere algo, sino la de alguien que recuerda lo que es estar asustado. Lucía tomó la servilleta, terminó de limpiar, y se retiró del reservado con la charola vacía y el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que se oía desde afuera.

---

Una hora después, cuando el reservado se vació y los hombres de traje se fueron en sus camionetas, Lucía llevaba los vasos sucios a la cocina por el pasillo de servicio.

—Ey, nueva.

Marcos estaba recargado en la pared del pasillo, con un cigarro entre los dedos y la sonrisa de un gato que ha encontrado un ratón distraído.

—¿Cómo te llamas?

—Mónica —dijo Lucía sin detenerse.

—Mónica. —Repitió el nombre como si lo probara—. ¿De dónde eres, Mónica?

—De Celaya.

—Celaya. Bonito. —Se despegó de la pared y caminó a su lado. Lucía sintió su cercanía como una sombra caliente—. ¿Tienes novio?

—No es asunto suyo, Señor.

—Marcos. Dime Marcos. —Le puso una mano en el hombro. Los dedos eran pesados, posesivos—. Aquí somos como familia, ¿sabes? Los nuevos necesitan a alguien que les enseñe cómo funcionan las cosas.

Lucía se detuvo. Lo miró. Marcos tenía la mandíbula cuadrada de los Montero, los ojos claros, y la expresión de un hombre que nunca ha escuchado la palabra "no" sin considerar que era un error de la otra persona.

—Agradezco la oferta —dijo Lucía con la voz más plana que pudo fabricar—. Pero tengo que llevar estos vasos.

—Ay, la recatada. —Marcos se rio. Le apretó el hombro una vez antes de soltarla—. Ya nos veremos, Mónica de Celaya.

Se fue por el pasillo silbando. Lucía se quedó de pie con la charola contra el pecho, sintiendo el lugar donde los dedos de Marcos le habían tocado el hombro como si fuera una quemadura.

Entonces una voz detrás de ella:

—Marcos, deja en paz a mis empleadas.

Doña Marisol estaba en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados y la expresión de una mujer que ha visto esa escena demasiadas veces.

—Solo saludaba, Marisol.

—Saluda con la boca, no con las manos. —Marisol no alzó la voz, pero algo en su tono hizo que Marcos levantara las palmas en señal de rendición y se alejara por el pasillo con una risa que no era una disculpa.

Marisol miró a Lucía.

—Lleva los vasos. Y la próxima vez que Marcos te toque, me avisas antes de que haga algo estúpido.

—Sí, Señora.

---

A las dos de la mañana, Lucía salió por la puerta de servicio. La calle trasera del Club olía a basura y a cigarros apagados. Caminó rápido hacia la avenida, donde tomó un camión nocturno que la llevó a su cuarto rentado: una habitación en una vecindad de la colonia Esperanza, con un ventilador de techo que chirriaba y un baño compartido al fondo del pasillo.

Se sentó en la cama, se quitó los zapatos, y le llamó a Doña Carmen.

—Abuela, estoy bien. Hoy lo vi de cerca. —Le contó el reservado, el whisky derramado, la mirada de Dante, la intervención de Santos—. No me reconoció. O si lo hizo, no lo demostró.

—Ese hombre no muestra nada que no quiera mostrar —dijo Doña Carmen. Su voz en el teléfono era seca como papel—. ¿Y el forense?

—¿Pudiste contactarlo?

—Sí. Se llama Doctor Paredes. Vive en Guadalajara. Dice que necesita las muestras físicas —la ficha original y algo con las huellas de ese hombre—. No sirven fotos. Lucía, esto va a tomar tiempo.

—Lo sé, Abuela.

—Ten paciencia. Y ten cuidado. Tu padre tenía las dos cosas, y aun así...

No terminó la frase. No hacía falta.

Lucía colgó. Se quedó sentada en la orilla de la cama, mirando el techo con las grietas que formaban un mapa de un país que no existía.

Entonces vibró el teléfono.

Un mensaje. Número desconocido. Cuatro palabras.

"Sé quién eres, Lucía."

El cuarto se volvió frío. El ventilador seguía girando. El ruido de la calle seguía filtrándose por la ventana. Pero algo se había roto en el aire, algo invisible, como el chasquido de una rama bajo el pie de alguien que te sigue en la oscuridad.

Lucía apretó el teléfono con las dos manos. La pantalla le iluminaba la cara en la penumbra del cuarto.

Alguien sabía. Alguien había descubierto que Mónica García no existía y que detrás de esa máscara estaba la hija de un policía muerto que había cometido el error de investigar a los Montero.

No contestó el mensaje. No se movió. Se quedó sentada en la cama, con los zapatos del Club todavía en el piso y el corazón latiéndole en la garganta, hasta que el primer rayo de luz se coló por la cortina y le recordó que el mundo seguía girando aunque el suyo se hubiera detenido.

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Luz Mary Gomez Sierra
mucha adrenalina toda la novela gracias autora espero haya epílogo
Luz Mary Gomez Sierra
yo estoy nerviosa con un nudo en el estómago ya mismo le diría la verdad
Luz Mary Gomez Sierra
en la oficina de la u no vio en el techo la USB que escondió ahí?
Luz Mary Gomez Sierra
no me diga que Nico ya la encontró y mínimo Andrés ya tiene otro amor
Luz Mary Gomez Sierra
bueno Renata estás jugando a dos bandas al tiempo no has roto la relación con Andrés creo que eso traerá problemas no crees?
Luz Mary Gomez Sierra
párese que soy yo tengo miedo de llegar por favor mi corazón se va a salir de mi pecho
Luz Mary Gomez Sierra
ya está más enamorada de el acéptalo Renata entonces que pasa con el amor de Andrés
Graciela Saiz
hasta acá llegué me canso ..
Graciela Saiz
aburrida 🙄
Graciela Saiz
muy aburrida 🙄
Graciela Saiz
Andrés no se merece la mentira, 😡vos no lo mereces
Luz Mary Gomez Sierra
está niña se está metiendo en la boca del lobo ojalá no le suceda lo que a Tomás es muy arriesgada o valiente psrese que soy yo quien este sufriendo por Andrés
Luz Mary Gomez Sierra
muy arriesgada la profe debió confiar en Andrés el ha sido bueno con ella
Georgina Tejeda
Si le dice a Nico q está esperando un hijo pueda q el se entregue ya q el no tiene la culpa fue el viejo q ahora quiere casarlo con su amiga tiene q ser ahora no después
Nereida Hernández montes
pero no te imaginas que te mandé a vigilar y tenga cámaras en su despacho 😈👿😭 estás jugando con fuego y te puedes quemar 😭
Rosario Pelaez
un poco confusa había diálogos que no concordaban pero pues entretenida
Nereida Hernández montes
Por Dios vete lo más rápido posible
Nereida Hernández montes
Hay debe haber cámaras ocultas trata de no hablar cosas delicados solo escribir y borrar
Nereida Hernández montes
Cuídate mucho
Nereida Hernández montes
Pero yo me preguntó por qué no te disfrazas y escondes los papeles y borra esos mensajes 😈👿😭 estás trabajando para asesinos y con contacto ponte pilas
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