Mientras el Imperio celebra el fin de la tiranía, los gemelos Ethan y Caleb enfrentan los hilos del destino de la Diosa Luna. Ethan, el estratega frío y calculador de la estirpe real, ve su mundo caer cuando el lazo de pareja destinada estalla ante una hermosa loba que huye sin dejar rastro. Al investigarla, descubre que es la rebelde e indómita hija del Beta de otra manada. Ella rechaza el lazo de sangre, obligando al príncipe a cazar a su propia hembra en un salvaje choque de voluntades.Por otro lado, Caleb, el Beta definitivo entregado a la disciplina militar, encuentra a su mate: una guerrera implacable y Beta de otra manada. El lazo abrasador los arrastra a un dilema desgarrador. ¿En qué territorio vivirán? Deberán elegir entre la lealtad a sus manadas de origen o sacrificar sus deberes por amor.Entre huidas, pasiones calientes y dilemas que queman las venas, los gemelos lucharán por sellar sus relaciones. El destino final se debate entre el deber y la sangre.
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CAPITULO 6. LAS REGLAS DE LA CORONA
NARRADO POR CALEB
El eco de la conversación con el Alfa Valen seguía zumbando en mi cabeza mientras recorría los pasillos del ala de invitados de Blood Moon. La madrugada avanzaba en un silencio sepulcral, y la Luna llena vertía su resplandor plateado a través de los ventanales, alargando mis pasos sobre las losas de piedra. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos de mi chaqueta de cuero, intentando contener la intensa agitación que me quemaba las venas de forma instantánea. Toda mi existencia como Beta definitivo de la manada central estaba consagrada a la rigidez del deber y a la disciplina; sin embargo, el lazo de pareja destinada que había estallado frente a la piedra ancestral había fracturado por completo mi lógica.
«Cálmate, Caleb», intervino en mis canales energéticos la voz profunda y ronca de mi compañero, el enorme lobo pardo llamado Ares, erizando el lomo con una fijeza severa. «Tu pulso está desbocado. Siento la proximidad de Kendra en este corredor y su loba, Aura, también está lidiando con su propio torbellino interno. No podemos llegar a su umbral como un guerrero que entra a un asalto físico; necesita ver la templanza de tu devoción protectora».
Ares tenía razón. Me detuve frente a la puerta de madera de la habitación de la delegación de Silver Shield, modulando mi respiración para recuperar la firmeza de mi porte.
Antes de que pudiera alzar la mano para llamar, el pestillo cedió con un chasquido sordo. El umbral se abrió despacio, y mi corazón se contrajo ante la silueta que se recortó bajo la luz tenue de la estancia. Era Kendra. Se había despojado del aparatoso vestido de gala de la fiesta de veinte años, vistiendo ahora unos pantalones vaqueros ajustados y una sudadera oscura que se ceñía a su silueta, dejando al descubierto la palidez de su cuello. Su semblante reflejaba el desvelo de las últimas horas, y sus ojos fijos se clavaron en los míos con una fijeza que me caló hasta los huesos.
La fragancia embriagadora a menta fresca, lluvia y cuero que desprendía me golpeó las fosas nasales con una brutalidad arrolladora, haciendo que Ares soltara un rugido de absoluta satisfacción en mi conciencia. El impacto biológico del lazo de pareja destinada nos sacudió a los dos, desatando una descarga eléctrica sutil que eliminó de golpe la agónica melancolía del corredor.
—Sabía que vendrías, Caleb —su voz clara rompió la quietud, libre de formalidades, demostrando esa fijeza severa que caracterizaba su rango de líder—. He sentido la arremetida de tu energía desde que terminó la reunión con mi hermano Valen.
—Necesitaba verte, Kendra —le respondí en un susurro firme, dando un paso lento y seguro hacia el umbral, sin romper su espacio de intimidad—. Tu hermano me ha dejado claro el inmenso muro que rodea nuestro mañana. Sé perfectamente que eres la Beta oficial de la manada Silver Shield y que tu vida entera está consagrada a proteger a tu propia sangre. Pero no he pasado mi juventud entrenando en el patio de armas para dejar que las líneas de un mapa político apaguen el fuego que la Diosa Luna ha encendido en nuestros pechos.
Kendra entornó los ojos con una severidad peligrosa, aunque sus facciones se suavizaron levemente al percibir que yo no venía a imponer la sumisión que su orgullo aguerrido aborrecía. La firma de su loba, Aura, titiló en sus pupilas con un destello de una devoción pacífica que me devolvió el sosiego.
—No es una simple disputa de orgullo, Caleb —me habló Kendra con una templanza admirable, apoyando su espalda contra el marco de la puerta—. Valen es mi Alfa, pero también es mi hermano. Mi lealtad al cumplimiento de sus fronteras es indestructible. El dilema territorial de nuestro lazo es absoluto: tú eres el Beta de Blood Moon y yo soy el escudo de Silver Shield. Decidir en qué territorio vamos a quedarnos a vivir pone en jaque las leyes de ambos clanes. Ninguno de los dos puede renunciar a su rango sin traicionar la confianza de su pueblo.
Di un paso felino, reduciendo la distancia física de una forma tan magnética que la hizo contener el aliento. Mis dedos rozaron los suyos por un milisegundo, desatando un hormigueo ardiente, caliente y dulce que nos recorrió las venas de forma instantánea.
—No te estoy pidiendo que traiciones a tu sangre, ni he venido a arrebatarte de tus tierras con la fuerza bruta —le confesé con una suavidad infinita que contrastaba con mi robusto físico de guerrero, mirándola con mis ojos llenos de un amor inmenso—. He concertado esta tregua con Valen para demostraros que mi devoción es real. No hay soluciones fáciles sobre la mesa de piedra, y sé que este lazo de pareja destinada nos obligará a lidiar con un constante choque de deberes. Por eso mismo he venido, Kendra. La Diosa Luna nos unió bajo esta ley sagrada y no pienso dar un paso atrás. Te juro que encontraré el camino para que nuestros mundos convivan sin que ninguno de los dos tenga que sacrificar su honor en mitad de esta penumbra.
Kendra me sostuvo la mirada durante varios minutos en un silencio sepulcral, evaluando la madurez y la firmeza de mi promesa, permitiendo que sus dedos se entrelazaran sutilmente con los míos. El choque de voluntades contra las leyes geográficas del reino estaba lejos de terminar, pero al ver el remanso de paz y la duda legítima que mis palabras traían a sus inseguridades, comprendí que el escudo de nuestra estirpe unificada había resistido la primera gran carnicería del destino. Nos quedamos en el pasillo perfilando la incertidumbre de nuestro mañana bajo el amparo de la noche profunda, listos para blindar nuestra unión frente a cualquier tempestad.