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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12 EL DISPARO

El día en que Mateo murió había comenzado mucho antes de que Lucía se pusiera el vestido de novia.

Había comenzado, en realidad, varias semanas atrás.

Quizá meses.

Tal vez incluso años.

Pero hubo un momento exacto en que Mateo comprendió que ya no podía seguir huyendo de las consecuencias de sus decisiones.

Fue a las cuatro y veinte de la madrugada del día de la boda.

Estaba sentado dentro de su automóvil, estacionado frente a un edificio abandonado en las afueras de la ciudad.

No había nadie alrededor.

Solo algunas luces lejanas y el ruido ocasional de un camión que transitaba por la carretera.

Mateo llevaba horas sin dormir.

Tenía el teléfono en la mano.

En la pantalla aparecía una conversación que había leído tantas veces que ya conocía de memoria.

“Hoy termina todo.”

Otro mensaje:

“No queremos problemas en la boda.”

Y el último:

“Entrega lo que falta y podrás marcharte.”

Mateo había respondido una sola frase:

“No tengo lo que buscan.”

Nunca recibió respuesta.

Se quedó mirando la pantalla.

Después apagó el teléfono.

Abrió la guantera.

Sacó un pequeño sobre.

Dentro había una memoria USB y varias fotografías.

No era la totalidad de la información.

Eso era lo que más miedo le daba.

Había entregado una parte.

Había escondido otra.

Y había una última copia que nadie conocía.

Ni siquiera Valentina.

Ni siquiera Lucía.

Mateo había aprendido demasiado tarde que los secretos no desaparecen cuando uno los esconde.

Solo cambian de lugar.

A las cinco y diez recibió una llamada.

No quería contestar.

Contestó.

—¿Sí?

—¿Ya estás preparado?

Mateo reconoció la voz.

—Sí.

—Entonces entrégalo.

—No.

Hubo silencio.

—¿Qué dijiste?

—No voy a entregar lo último.

—No estás en posición de negociar.

—Ya no me importa.

La voz al otro lado se volvió fría.

—Debería importarte.

—Me importa Lucía.

Silencio.

—No vuelvas a mencionarla.

Mateo apretó los dientes.

—Ella no tiene nada que ver.

—Eso no lo decides tú.

—Ella no sabía nada.

—Ahora sí sabe demasiado.

Mateo sintió que el estómago se le cerraba.

—Déjenla fuera.

—Entonces termina tu parte.

—¿Y después?

—Después desapareces.

Mateo soltó una risa amarga.

—¿De verdad creen que me van a dejar ir?

Nadie respondió.

Y ese silencio fue suficiente.

Mateo comprendió.

Nunca habían planeado dejarlo marchar.

A las seis y cuarto, fue a ver a Valentina.

La encontró en una cafetería pequeña, casi vacía.

Ella llevaba gafas oscuras y un abrigo.

Cuando lo vio, se levantó.

—¿Qué pasó?

Mateo se sentó.

—Quiero que te vayas.

Valentina frunció el ceño.

—¿A dónde?

—A cualquier lugar.

—No entiendo.

—Deja la ciudad.

—¿Por qué?

—Porque ya no estás segura.

Valentina lo miró.

—Tú tampoco.

Mateo guardó silencio.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé.

—¿Y Lucía?

Mateo bajó la mirada.

—Tengo que protegerla.

Valentina soltó una risa triste.

—¿Protegerla?

Él levantó los ojos.

—Sí.

—Después de haberla engañado.

Mateo no respondió.

—Después de utilizar su cuenta.

Silencio.

—Después de usar su nombre.

Mateo apretó los puños.

—Sé lo que hice.

—¿Y todavía tienes la cara para decir que quieres protegerla?

—Sí.

Valentina bajó la voz.

—Mateo, quizá ya es demasiado tarde.

—Lo sé.

—Ella te ama.

Mateo cerró los ojos.

—Lo sé.

—Y tú la destruiste.

—Lo sé.

Valentina se quedó mirándolo.

—Entonces dime la verdad.

Mateo negó.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si la sabes tú también estarás en peligro.

Valentina suspiró.

—Ya lo estoy.

A las siete de la mañana, Mateo llegó a su departamento.

No tenía tiempo.

Se duchó.

Se cambió de ropa.

Abrió el armario.

Sacó una camisa que Lucía le había regalado.

La sostuvo durante unos segundos.

Pensó en ella.

En aquella primera vez que habían salido a comer.

En el restaurante pequeño.

En sus conversaciones.

En el día en que ella le había dicho que quería una casa con una ventana grande.

Una lágrima cayó sobre la tela.

Mateo se la quitó rápidamente.

No quería llorar.

Pero lo hizo.

Porque por primera vez comprendía que quizá nunca volvería a verla.

A las ocho y cuarto, llamó a Lucía.

Ella contestó.

—¿Hola?

Mateo escuchó su voz.

Por unos segundos no pudo hablar.

—Mateo.

—Hola.

—¿Dónde estás?

—No puedo decírtelo.

—¿Estás vivo?

—Sí.

Lucía respiró con alivio.

—¿Por qué haces esto?

Mateo cerró los ojos.

—Porque no quiero que vengas.

—La boda es hoy.

—Lo sé.

—Entonces ven.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque hay personas esperando.

—¿Quiénes?

Mateo permaneció en silencio.

—¿Esteban?

No respondió.

—Mateo.

—No puedo.

—¿Sigues con Valentina?

La pregunta le dolió.

—Sí.

Lucía se quedó callada.

Mateo sintió que el pecho le pesaba.

—Lo siento.

—No quiero que lo sientas.

—Lo sé.

—Quiero saber la verdad.

Mateo cerró los ojos.

Quiso decirlo todo.

Quiso explicarle que había tomado decisiones equivocadas.

Que había tenido miedo.

Que había utilizado sus datos.

Que la había engañado.

Que había cometido errores.

Que quizá era un cobarde.

Pero no podía contarle todo.

No por él.

Por ella.

—Lucía.

—¿Qué?

—Si todavía me quieres, hazme caso.

Ella guardó silencio.

—No vengas.

—No.

—Por favor.

—No voy a huir.

—Tienes que hacerlo.

—¿Dónde estás?

Mateo miró el reloj.

—No puedo.

—¿Estás en peligro?

Silencio.

—Sí.

Lucía comenzó a llorar.

—Entonces dime cómo ayudarte.

Mateo sintió que algo se rompía dentro de él.

—No puedes ayudarme.

—Sí puedo.

—No.

—Mateo...

—Si algo me pasa...

La voz se le quebró.

—¿Qué?

—Busca la caja azul.

—¿Qué caja?

—La encontrarás.

—¿Dónde?

Mateo miró hacia la puerta.

Había escuchado un automóvil detenerse.

—Tengo que irme.

—¡Mateo!

—Te amo.

—No hagas esto.

—Te amo.

—¡Mateo!

La llamada terminó.

Mateo se quedó mirando la pantalla.

Sabía que había cometido un error.

Había hablado demasiado.

Había dejado una pista.

Pero también sabía que era quizá la única forma de que Lucía pudiera descubrir la verdad.

A las diez y media de la mañana, recibió otro mensaje.

“Sabemos que hablaste con ella.”

Mateo sintió un escalofrío.

Respondió:

“No sabe nada.”

La respuesta apareció inmediatamente.

“Eso ya no importa.”

Después:

“Te veremos antes de la ceremonia.”

Mateo apagó el teléfono.

Ya no podía esperar.

Tomó la memoria USB.

Guardó el sobre.

Y salió.

A las once de la mañana se encontró con Irene Salvatierra.

Irene tenía cuarenta años y había trabajado varios años para una de las empresas relacionadas con Esteban.

No era amiga de Mateo.

Tampoco confiaba completamente en él.

Pero ambos tenían algo en común.

Sabían demasiado.

—Llegas tarde —dijo Irene.

—No podía salir antes.

—¿La tienes?

Mateo sacó la memoria.

—Sí.

Irene no la tomó.

—¿Es la copia completa?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no confío en nadie.

Irene lo miró.

—Ni siquiera en mí.

—No.

—Haces bien.

Mateo guardó la memoria.

—Necesito que hagas algo.

—¿Qué?

—Si me pasa algo, entrega esto a alguien que pueda utilizarlo.

—¿A quién?

—A nadie de tu entorno.

—Eso no me ayuda.

Mateo sacó un papel.

Había un nombre escrito.

Irene lo leyó.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Y Lucía?

—No la menciones.

—Pero...

—No.

Irene lo observó.

—¿La amas?

Mateo no respondió.

Irene suspiró.

—Entonces debiste hacer las cosas de otra manera.

—Lo sé.

A la una de la tarde, Mateo recibió una última llamada.

—Ven al almacén.

—¿Ahora?

—Sí.

—No.

—Entonces iremos nosotros.

Mateo sintió que el miedo comenzaba a dominarlo.

—¿Qué quieren?

—La copia.

—No la tengo.

—Sí la tienes.

—No.

—Entonces veremos qué pasa con Lucía.

Mateo cerró los ojos.

—No la toquen.

—Ven.

La llamada terminó.

Mateo miró hacia el lugar donde había guardado la memoria.

Después tomó las llaves.

Sabía que era una trampa.

Pero también sabía que quedarse podía poner en peligro a Lucía.

Mientras tanto, Lucía se preparaba para la ceremonia.

Mateo no sabía que ella había decidido ir.

No sabía que llevaría el vestido.

No sabía que entraría a la iglesia.

No sabía que terminaría esperándolo frente a un altar vacío.

No sabía que, mientras él intentaba salvarla, ella caminaba precisamente hacia el lugar donde sus enemigos podían encontrarla.

El destino había comenzado a cerrar el círculo.

A las tres de la tarde, Mateo llegó al almacén.

Era un edificio abandonado.

Grandes puertas de metal.

Paredes sucias.

Ventanas rotas.

Entró.

No había nadie.

—Estoy aquí.

Nadie respondió.

Mateo avanzó.

Un ruido detrás.

Se giró.

Dos hombres aparecieron.

Uno era Darío.

Mateo lo reconoció inmediatamente.

Había visto su rostro antes.

No muchas veces.

Pero lo suficiente.

Darío era un hombre tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—¿Dónde está? —preguntó.

—No la tengo.

—Mentiroso.

—Está en un lugar seguro.

—Eso no responde.

Darío se acercó.

—Dame la copia.

Mateo retrocedió.

—No.

—¿Por qué?

—Porque sé lo que harán.

Darío sonrió.

—¿Crees que te importará después?

Mateo miró al segundo hombre.

—¿Esteban está aquí?

—No.

—¿Dónde?

—No necesitas saberlo.

Mateo apretó los puños.

—Quiero hablar con él.

Darío negó.

—Eso ya no es posible.

Mateo entendió.

—Entonces me van a matar.

Darío no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Mateo sacó lentamente el teléfono.

Darío lo vio.

—Déjalo.

—Solo quiero hacer una llamada.

—No.

—Es mi última.

Darío lo miró.

—¿A Lucía?

Mateo no respondió.

—No vas a meterla más en esto.

Mateo apretó el teléfono.

—Ya está dentro.

Darío se acercó.

—Dame el teléfono.

Mateo retrocedió.

—No.

El segundo hombre se movió.

Mateo corrió.

No tuvo tiempo.

Un golpe.

Cayó contra una mesa.

La memoria USB salió de su bolsillo.

Darío la recogió.

—¿Dónde está la otra?

Mateo respiraba con dificultad.

—No existe.

Darío lo golpeó nuevamente.

—¿Dónde está?

Mateo no respondió.

—¿Dónde?

—No lo sé.

Darío lo miró.

—Última oportunidad.

Mateo sonrió débilmente.

—No la van a encontrar.

Mientras tanto, en la iglesia, Lucía esperaba.

El mensaje de Mateo había sido claro.

No vengas.

Pero ella estaba allí.

No sabía que él estaba a kilómetros de distancia luchando por mantener escondida la última pieza.

No sabía que la muerte estaba acercándose.

No sabía que su teléfono volvería a sonar pronto.

Y no sabía que, en aquel momento, alguien ya había tomado una decisión.

En el almacén, Mateo escuchó un automóvil.

Darío miró hacia la puerta.

—¿Quién más viene?

El segundo hombre se acercó a la ventana.

—Nadie.

Darío volvió a Mateo.

—Se acabó.

Mateo entendió.

Miró hacia el techo.

Pensó en Lucía.

Pensó en su madre.

Pensó en la vida que había destruido.

Pensó en todo lo que no había sabido valorar.

Y por primera vez no pidió que lo dejaran vivir.

Solo dijo:

—No la toquen.

Darío levantó el arma.

Mateo cerró los ojos.

El disparo rompió el silencio.

En la iglesia, a cientos de metros de distancia, Lucía recibió una llamada.

No supo por qué contestó.

—¿Hola?

No escuchó ninguna palabra.

Solo un ruido distante.

Después la comunicación se cortó.

Lucía miró el teléfono.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

No sabía lo que había ocurrido.

Pero sintió que algo terrible acababa de suceder.

Mateo cayó al suelo.

La sangre comenzó a extenderse lentamente.

Darío guardó el arma.

—Busquen la copia.

El segundo hombre revisó sus bolsillos.

Encontró el teléfono.

La cartera.

Las llaves.

Nada más.

—No está.

Darío frunció el ceño.

—Tiene que estar.

—No está.

Darío observó el cuerpo.

—Entonces la tiene alguien más.

Mateo todavía respiraba.

Apenas.

Movió una mano.

No podía hablar.

Pensó en el teléfono.

Pensó en Lucía.

Y, en un último intento, trató de recordar dónde había escondido la copia.

La había dejado donde nadie buscaría.

No en el taller.

No en su casa.

No en su automóvil.

No con Valentina.

No con Irene.

Había elegido un lugar absurdo.

Un lugar que Lucía conocía.

Un lugar que ella jamás relacionaría con secretos.

Un lugar perteneciente a los momentos más felices de ambos.

Con los ojos casi cerrados, Mateo pensó:

“La cafetería.”

El lugar donde se habían conocido.

Donde había comenzado todo.

Donde Lucía había aprendido a confiar en él.

Y donde había escondido una pequeña llave dentro de una caja de fotografías que ella guardaba desde hacía años.

Pero ya era demasiado tarde para explicárselo.

Cuando la policía encontró el cuerpo, Mateo llevaba varias horas muerto.

El informe inicial hablaría de un disparo.

Después vendrían otras investigaciones.

La autopsia.

Las preguntas.

Las cámaras.

Los registros.

Las llamadas.

Pero ninguna investigación podría devolverle la vida.

Y, lo más importante, nadie encontraría inmediatamente la copia que había escondido.

Porque Mateo había pensado en una sola cosa antes de morir:

Lucía.

Tres días después, Lucía estaba en su habitación revisando las pertenencias de Mateo.

Todavía tenía el dolor fresco.

Todavía no sabía qué hacer.

Abrió una caja de fotografías.

Era una caja pequeña.

Vieja.

Tenía imágenes de los primeros años de su relación.

Lucía comenzó a revisarlas.

Una.

Dos.

Tres.

Sonrió al recordar algunas.

Y entonces escuchó un pequeño ruido.

Algo cayó al suelo.

Era una llave.

Pequeña.

Plateada.

Lucía frunció el ceño.

La recogió.

No reconocía la llave.

Volteó la caja.

Había una pequeña etiqueta pegada en la parte inferior.

Solo decía:

“Para cuando ya no pueda explicártelo.”

Lucía sintió que el corazón se detenía.

La letra era de Mateo.

Se sentó en la cama.

Comenzó a llorar.

Porque entendió que aquello no era una casualidad.

Mateo sabía que podía morir.

Había preparado algo.

Y había dejado una última pista para ella.

Lucía tomó la llave.

No sabía qué abría.

Pero ahora sabía que debía encontrarlo.

Y cuando levantó la mirada, comprendió algo que cambiaría completamente su percepción de Mateo.

Él había sido un traidor.

Eso no podía borrarse.

La había engañado.

Había utilizado su nombre.

Había cometido errores graves.

Había destruido la vida que ella había construido con él.

Pero también había intentado protegerla al final.

Y esa contradicción sería una herida que Lucía llevaría durante años.

Porque era más fácil odiar a un monstruo que amar a una persona capaz de hacer cosas terribles y, al mismo tiempo, intentar salvarte.

Lucía apretó la llave.

Después miró hacia la puerta.

No sabía qué abriría.

No sabía quién estaba detrás.

No sabía quién la seguía.

Pero sabía una cosa:

La muerte de Mateo había dejado una pregunta.

Y ahora la respuesta estaba escondida.

En otra parte de la ciudad, Darío recibió una llamada.

—¿Encontraron la copia?

—No.

—Entonces búsquenla.

—Mateo no la tenía.

Silencio.

—¿Quién la tiene?

Darío respondió:

—Ella.

La persona al otro lado preguntó:

—¿Lucía?

—Sí.

—Entonces síganla.

Darío miró por la ventana.

—Ya lo estamos haciendo.

Lucía se levantó.

Guardó la llave en el bolsillo.

Tomó su cuaderno.

Y escribió una frase:

“Mateo murió intentando esconder algo.”

Debajo escribió:

“Ahora me toca descubrir qué era.”

Luego añadió:

“Pero no puedo confiar en nadie.”

Se quedó mirando la última frase.

No sabía que aquella idea sería la que finalmente comenzaría a transformar su vida.

Porque la Lucía que había confiado ciegamente en Mateo estaba muriendo poco a poco.

Y una nueva Lucía estaba naciendo.

Una mujer todavía asustada.

Todavía vulnerable.

Todavía herida.

Pero más observadora.

Más desconfiada.

Más consciente.

Y, sin saberlo, mucho más preparada para sobrevivir.

El disparo que había acabado con la vida de Mateo no había cerrado la historia.

Había abierto la verdadera.

Y ahora la próxima persona perseguida sería Lucía.

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