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Tras Los Lentes

Tras Los Lentes

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Pamela Calcumil

Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.

Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.

Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.

Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.

Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.

Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.

NovelToon tiene autorización de Pamela Calcumil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 12 MIERCOLES SIN ANA

El miércoles fue el día más largo de su vida.

*Piso 48. 8:00 AM.*

Dmitri llegó primero. Otra vez.

Escritorio de Ana: vacío. Impecable. Limpio.

Demasiado limpio.

Irina dejó el café. Solo uno.

—¿Beltrán? —preguntó ella, casual.

—Día personal —dijo él seco.

Mintió.

*10:22 AM.*

Reunión con inversores. Tres horas.

Dmitri habló. Firmó. Sonrió cuando tenía que sonreír.

Pero cada vez que alguien decía "asistente", buscaba con la vista a la izquierda.

Y estaba vacía.

*2:14 PM.*

Se metió a su oficina. Cerró la puerta.

Agarró el teléfono.

`Ana.`

Borró.

`¿Estás bien?`

Borró.

`Vuelve.`

Borró.

Tiró el teléfono al sillón.

*6:30 PM.*

El piso vacío.

Dmitri seguía ahí. Corbata floja. Mangas arremangadas.

Abrió el cajón de abajo.

Las balerinas negras, talla 38.

Las sostuvo. Cerró los ojos.

Y las volvió a guardar.

*10:05 PM. Departamento de Ana.*

Ella tampoco durmió.

Masha: —¿Por qué no fuiste a trabajar, Ana?

—Porque mi jefe es un idiota —dijo, y se rió sin ganas.

No fue por él. Fue por ella.

Porque tres días sin verlo, y ya le dolía el pecho.

Y eso daba miedo.

El teléfono sonó. Mensaje. Número privado.

`Dmitri: Sigo despierto.`

Ella escribió: `Yo también.`

Borró.

Escribió: `Vuelve el jueves. Lo prometiste.`

Envió.

*10:12 PM. Piso 48.*

Dmitri leyó el mensaje. Una vez. Dos.

`Vuelve el jueves. Lo prometiste.`

Escribió: `Lo prometo.`

Envió.

Y por primera vez en tres días, respiró.

*Jueves. 7:59 AM. Piso 48.*

Ana entró.

Sacó gris. Rodete. Lentes.

Pero caminaba distinto. Espalda más recta.

Dmitri ya estaba.

Traje negro. Ojeras, pero ojos despiertos.

Se miraron. Tres segundos.

Nadie más en el piso todavía.

—Buenos días, señor Volkov —dijo ella. Voz firme.

—Buenos días, Asistente Beltrán —dijo él. Voz baja.

Se sostuvieron la mirada.

Y por un segundo, el piso 48 desapareció. Solo estaban ellos.

Irina entró con el café. Y el momento se rompió.

—Aquí tienen —dijo, dejándolo—. Con azúcar. Los dos.

Les guiñó un ojo a Ana cuando Dmitri no miraba.

Ana se puso roja detrás de los lentes.

Dmitri carraspeó.

—Asistente B. Mi oficina. En cinco.

*8:05 AM. Puerta cerrada.*

Entró.

Él estaba apoyado en el escritorio. Brazos cruzados.

—No te vayas nunca más sin avisar —dijo. Sin preámbulos.

—Usted me lo pidió —dijo ella.

—Lo sé —dijo él—. Y me equivoqué.

Se acercó. Lento.

—Tres días —dijo—. Tres días y pensé que me volvía loco.

Ana se quitó los lentes. Lentamente.

—Entonces no me pidas que me esconda más —dijo—. Porque yo tampoco aguanto.

Dmitri le tomó la cara con las dos manos. Pulgar en su mejilla.

—Archivo cerrado —susurró—. ¿Te acuerdas?

—Sí —dijo ella.

La besó.

No fue desesperado como en el archivo. Fue como volver a casa.

Cuando se separaron, él apoyó su frente en la de ella.

—Regla nueva —dijo—. Ocho horas, jefe y asistente. Después de las ocho...

—Después de las ocho —terminó ella—. Solo nosotros.

Él sonrió. Poco. Pero sonrió.

—Ahora ponte los lentes —dijo—. Tenemos una reunión en diez.

Ana se rió. Se los puso.

Y salieron juntos.

A fingir que nada había pasado.

Cuando todos sabían que todo había cambiado.

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