reencarne en una Duquesa maltrata por el amor y antes era una agricultura 🚜 de vegetales y mas.
como voy a sobrevivir siendo tan salvaje como un hombre
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La visita inesperada
Después de aquel sueño… ya no pude seguir igual.
No podía seguir pensando únicamente en escapar.
No podía seguir esperando el momento perfecto mientras el tiempo seguía avanzando.
Porque ya habían pasado seis meses.
Faltaba poco para los siete.
Y después de ver ese futuro… entendí algo.
Si me quedaba quieta, lo perdería todo.
Mi hijo terminaría creciendo solo.
Vacío.
Buscando amor donde nunca lo habría.
Y yo no iba a permitir eso.
Jamás.
En esos días intenté pensar mejor las cosas, mantenerme tranquila por el bien del bebé, aunque era difícil. Mi cuerpo ya estaba mucho más pesado, me cansaba rápido, dormir era incómodo y algunas noches sentía pequeños dolores en la espalda y el vientre por el peso del embarazo, pero aun así prefería eso antes que volverme loca encerrada pensando en aquel sueño.
Y justo cuando creía que todo seguiría igual de miserable…
Llegaron mis suegros.
Por sorpresa.
Lo más extraño era que, según escuché de los sirvientes, ellos jamás nos visitaban. En los dos años de matrimonio que llevaba la antigua Lucía con Killian, nunca habían venido al ducado.
Pero algo de lo ocurrido con Nieves llegó hasta sus oídos.
Y eso llamó demasiado la atención.
Aunque lo más increíble de todo…
Era que ni siquiera sabían del embarazo.
No entendía cómo Killian jamás les habló de eso.
Ni una carta.
Nada.
—
Camila, la madre de Killian, era completamente diferente a lo que imaginé.
Era una mujer cálida.
Su voz era suave.
Y tenía ese tipo de cariño maternal que hacía sentir cómoda a la gente sin siquiera intentarlo.
Cuando vio a su hijo, lo primero que hizo fue reclamarle.
—Hijo, ¿por qué no nos contaste sobre el embarazo de tu esposa? ¿Cuándo pensabas decirnos a tu padre y a mí?
Killian apenas la miró.
—Se iban a enterar tarde o temprano.
Camila frunció ligeramente el ceño.
—¿Y por qué no enviaste una carta? Hubiéramos venido antes.
—No esperaba que aparecieran de sorpresa.
—Pues queríamos sorprenderte. Tu padre sigue en la capital arreglando unos asuntos, llegará esta tarde, pero yo quería venir primero.
Luego sonrió ligeramente.
—Ahora quiero ver a mi nuera.
El rostro de Killian cambió apenas un poco.
—Madre, ella está indispuesta.
Camila inmediatamente se preocupó.
—¿Está enferma? ¿Y con ese embarazo la has estado cuidando bien?
En ese momento apareció Nieves, entrando como si perteneciera al lugar.
—No se preocupe, suegra, Lucía está bien.
El ambiente cambió.
La mirada de Camila se volvió fría al instante.
—¿Y tú quién eres para llamarme suegra?
Nieves quedó completamente inmóvil.
—Yo…
—No eres esposa, ni concubina, ni tienes un título dentro de esta familia. Así que guarda silencio.
Killian tensó la mandíbula.
—Madre, no le hables así. Ella no tuvo culpa de nada.
Camila lo miró fijamente.
—¿Y entonces por qué no la haces concubina de una vez? Así dejarías de avergonzar a esta familia. O mejor aún, llévala lejos del ducado. ¿Qué estás esperando?
Killian dudó.
Algo raro en él.
—Estoy esperando…
—¿Esperando qué?
—Nada importante.
Camila soltó un pequeño “jum” de desagrado antes de volver a lo que realmente le interesaba.
—Quiero ver a tu esposa.
—La verá en la cena.
—Perfecto. Ya prepararon mi habitación, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces me quedaré hasta que nazca mi nieto.
Killian la miró sorprendido.
—¿Tanto tiempo?
—Antes pensaba quedarme una o dos semanas, pero me entero de que mi hijo espera un bebé y además ocultó el embarazo… ¿cómo quieres que no me quede? Necesito conocer a mi nietecito.
Killian no respondió.
Y honestamente…
Parecía más molesto que feliz.
—
Horas después llegó Carlos, el padre de Killian.
Un hombre serio, tranquilo, de esos que imponían respeto solo con estar presentes.
Camila fue la primera en contarle lo del embarazo.
Y aunque él también se molestó con su hijo por ocultarlo, su esposa lo detuvo antes de que empezara a reclamar.
—Espera a la cena. En media hora entenderemos muchas cosas.
—
Cuando escuché todo eso por boca de los sirvientes, sinceramente no sabía qué pensar.
No conocía realmente a mis suegros.
Y después de conocer a Killian…
No esperaba demasiado.
Pero si habían venido hasta aquí sin saber siquiera del embarazo… entonces algo raro había.
Cuando una sirvienta vino a avisarme que debía prepararme para la cena familiar, me quedé sentada unos segundos mirando mi reflejo.
Y entonces tomé una decisión.
Me arreglé.
Pero me dejé lo más pálida posible.
No exagerado.
Solo lo suficiente para que cualquiera con ojos notara que no estaba bien.
Era arriesgado.
Porque no sabía si ellos serían iguales a su hijo.
Pero ya estaba cansada de quedarme quieta.
Esto era todo o nada.
—
Media hora después bajé al comedor.
Y apenas entré… sentí las miradas sobre mí.
Camila se levantó ligeramente de la silla al verme.
Carlos también me observó con atención.
Y por primera vez desde que llegué a este mundo…
No sentí hostilidad.
Buenas noches.
Hice una reverencia leve.
Ellos respondieron igual.
Y la sonrisa cálida de Camila me relajó más de lo que quería admitir.
Aunque Killian seguía mirándome con esa expresión fría, casi molesta, como si mi sola presencia le arruinara el día.
—Lucía…
La voz de Camila sonó preocupada.
—Estás muy pálida… y delgada. ¿No te han cuidado bien?
Sentí unas enormes ganas de decirle la verdad.
Decirle que su hijo era un maldito desgraciado.
Que me encerró.
Que me golpeó.
Que casi pierdo al bebé por su culpa.
Que me quería mantener encerrada hasta dar a luz.
Pero me contuve.
Todavía no.
Así que sonreí suavemente.
—Madre, su hijo me trata muy bien. Siempre está atento a mí y al bebé.
Killian me miró enseguida.
Y fue gracioso.
Porque parecía satisfecho de escuchar eso… y al mismo tiempo molesto.
Como si supiera que algo estaba raro.
—Sí, madre —dijo él—. El embarazo de Lucía es delicado. Solo quería darles la sorpresa cuando el bebé estuviera más estable.
Camila suspiró.
—Aun así debiste avisarnos.
—Lo haré la próxima vez.
La sonrisa de Killian parecía más una mueca incómoda que felicidad real.
La cena continuó.
Incómoda.
Tensa.
Pero mucho más tranquila de lo que esperaba.
Y lo mejor…
Nieves no estaba presente.
Eso mejoró muchísimo mi humor.
—
Cuando todo terminó, cada uno regresó a sus habitaciones.
Yo ya estaba cansada y solo quería acostarme.
Pero justo cuando iba a entrar…
Killian apareció detrás de mí.
—Tu castigo queda suspendido por la presencia de mis padres.
Abrí la puerta lentamente sin mirarlo.
—Espero que te comportes mientras ellos estén aquí y no hagas ninguna estupidez.
Entonces giré apenas el rostro hacia él.
Y por primera vez…
Le hablé sin miedo.
—Aún no entiendo qué fue lo que te hice.
Killian frunció el ceño.
—Lucía—
—Nunca te hice absolutamente nada.
Mi voz salió tranquila.
Pero fría.
—Y aun así me tratas como si fuera la peor persona del mundo.
Sus ojos se endurecieron.
—Eres un cobarde.
Eso lo hizo tensarse completamente.
—¿Qué dijiste?
Lo miré directamente.
Sin bajar la cabeza.
—Eres un cobarde por golpear a tu propia esposa.
Y antes de que pudiera responder…
Entré a la habitación.
Y le cerré la puerta en la cara.
Del otro lado…
El silencio duró apenas unos segundos.
Porque después escuché un golpe seco contra la pared.
Y pude imaginar perfectamente la expresión de rabia que debía tener en ese momento.
Eso solo hizo que sonriera un poco antes de acostarme.
Aunque fuera una pequeña victoria…
Seguía siendo una victoria.