—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 11 : Aprender a soltar
...VALERIA...
Hay ilusiones que nacen condenadas a morir.
No porque sean imposibles, sino porque nunca nos pertenecieron.
Dormí apenas tres horas y, aun así, desperté antes de que sonara la alarma. Pasé gran parte de la noche dando vueltas en la cama, recordando una voz que apenas había escuchado un par de veces.
"Gracias por tu tiempo, Valeria."
Cerré los ojos con fuerza.
No
Tenía que dejar de pensar en él.
Era un hombre al que probablemente jamás volvería a ver. Un cliente. Nada más.
Me levanté despacio y caminé hasta la pequeña mesa junto a la ventana. La margarita seguía allí, pequeña y frágil, pero todavía viva. Sonreí con tristeza.
—Tú también deberías aprender a marchitarte.
Tomé la servilleta que guardaba entre las páginas de uno de mis libros y la desdoblé con el mismo cuidado de siempre. Los títulos seguían escritos con aquella letra firme y elegante.
No era una carta.
No llevaba mi nombre.
Ni una sola palabra estaba dirigida a mí.
Solo era una servilleta olvidada por accidente y aun así, se había convertido en el objeto más valioso de mi apartamento.
Suspiré y la doblé de nuevo antes de guardarla dentro de una pequeña caja de cartón donde conservaba las pocas cosas importantes de mi vida: una fotografía de mi madre, la pulsera de hilo que me regaló cuando cumplí diez años y, ahora, aquella servilleta.
—Ya es suficiente, Valeria.
Necesitaba escuchar mi propia voz.
Porque, si seguía alimentando una ilusión imposible, terminaría rompiéndome yo sola.
Aquella noche llegué al club un poco antes de lo habitual. El ambiente era distinto. Las chicas hablaban emocionadas y Mariana casi iba de un lado a otro sin poder contenerse.
—¿Ya supieron?
Lucía dejó el bolso sobre una silla y arqueó una ceja.
—¿Qué pasó ahora?
—Camila recibió una invitación para asistir a la gala benéfica de la Fundación De Luca.
Todas giramos al mismo tiempo.
Camila acababa de entrar con un sobre color marfil entre las manos. Su expresión mezclaba sorpresa y nervios.
—No hagan tanto escándalo.
Mariana abrió los ojos como platos.
—¡¿Cómo que no?! ¡Es uno de los eventos más exclusivos de la ciudad!
Camila soltó una risa.
—Solo dijeron que era una invitación de cortesía por el malentendido del otro día. No significa nada más.
Sentí un pequeño vacío en el pecho.
Así que él también había seguido adelante.
Respiré hondo.
Intenté convencerme de que eso era exactamente lo que debía ocurrir desde el principio.
—Valeria.
La voz de Camila me sacó de mis pensamientos.
—¿Me ayudas?
Asentí y entramos juntas al pequeño vestidor.
Abrió nuevamente el sobre, leyó la invitación y se dejó caer frente al espejo.
—No tengo idea de qué ponerme.
Sonreí.
—Déjame pensar.
Revisamos toda la ropa que guardaba en su casillero. Sacamos un vestido negro, uno rojo y otro verde, pero ninguno terminaba de convencerme.
Negué despacio.
—No... ninguno.
Ella hizo una mueca.
—Eso mismo pensé.
Entonces recordé un vestido color vino que había comprado meses atrás y nunca se había atrevido a usar.
Lo saqué con cuidado y se lo tendí.
—Prueba este.
Sus ojos brillaron.
—Había olvidado que lo tenía.
La observé mientras se lo ponía.
Parecía confeccionado especialmente para ella.
Me acerqué para acomodar uno de los tirantes y recogí suavemente su cabello sobre un hombro.
—Así está perfecto.
Camila se miró en el espejo y sonrió.
—¿Cómo me veo?
Sentí un nudo en la garganta.
Era exactamente la clase de mujer que cualquier persona volvería a mirar una segunda vez.
Sonreí con absoluta sinceridad.
—Como una princesa.
Giró sobre sí misma riendo como una niña y, un segundo después, me abrazó con fuerza.
—No habría podido hacerlo sin ti.
Le devolví el abrazo.
Y, aunque una parte de mí dolía en silencio, la otra estaba realmente feliz por ella.
Camila merecía cosas bonitas.
Siempre las había merecido.
Cuando se separó de mí, volvió a mirarme con expresión insegura.
—¿Crees que salga bien?
No necesité pensar la respuesta.
—Sí. Es un buen hombre. Me trató con mucho respeto, escucha cuando hablas, no necesita presumir para hacerse notar y todavía conserva algo que ya casi nadie tiene.
Camila inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y qué es eso?
No pude evitar sonreír.
—Educación.
Permaneció unos segundos en silencio antes de tomar mis manos entre las suyas.
—Ojalá tengas razón.
Apreté sus dedos con suavidad.
—La tengo... y de verdad espero que seas muy feliz.
Volvió a abrazarme sin sospechar que, con cada palabra, yo estaba despidiéndome de una ilusión que nunca me había pertenecido.
La vi salir del vestidor con el vestido entre los brazos.
Esperaba verla marcharse hacia una vida distinta.
Una donde alguien la eligiera y si el destino había decidido que ese camino era para ella...
¿Quién era yo para interponerme?
Me quedé sola frente al espejo.
Observé mi reflejo durante largo rato.
Después sonreí.
Era una sonrisa pequeña.
Cansada.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, también era una sonrisa en paz.
Quizá algunas personas llegan a nuestra vida solo para recordarnos el trato que siempre debimos recibir y aunque nunca vuelvan a quedarse...
Ese recuerdo basta para cambiar la manera en que volvemos a mirarnos frente al espejo.