Para salvar a su familia de la quiebra, Elena Moretti firma un contrato matrimonial de doce meses con Alessandro Rossi, el CEO más frío y despiadado de Milán.
Él es poder, oscuridad y venganza hecha hombre.
Ella solo es una pieza en un juego que comenzó hace cinco años.
Obligada a vivir bajo el mismo techo del hombre que odia, Elena descubrirá pronto que detrás de esos ojos grises se esconde un secreto devastador: Alessandro no la eligió por casualidad. Lo ha planeado todo para hacerle pagar.
Entre noches ardientes, malentendidos que rompen el alma y verdades que pueden destruirlo todo, el odio se convierte en una pasión peligrosa.
Pero cuando la venganza se mezcla con el deseo… ¿quién de los dos perderá el control primero?
Un matrimonio de conveniencia.
Un amor prohibido.
Una verdad que podría aniquilarlos a ambos.
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Capítulo 9 – La caída
Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire del viejo almacén se volvió denso, pesado, como si toda la traición del mundo se hubiera concentrado en ese preciso momento.
Alessandro avanzaba con pasos lentos y seguros, las manos aún en los bolsillos del pantalón, como si estuviera dando un paseo por su jardín en lugar de estar en medio de una emboscada. Su mirada era fría, calculadora, la misma que tenía el día que firmaron el contrato. La misma que ella había empezado a olvidar.
—¿Alessandro…? —la voz de Elena salió rota, apenas un susurro—. Esto no puede ser verdad.
Luca soltó una carcajada ronca que rebotó contra las paredes oxidadas del almacén. Los dos hombres que la sujetaban le apretaron los brazos con más fuerza.
—Bienvenida a la realidad, cuñadita —dijo Luca, disfrutando cada palabra—. Mi querido primo siempre fue mejor actor que yo. ¿De verdad creíste que se había enamorado de ti en tan pocos días? Todo fue un juego. Desde el principio.
Elena miró a Alessandro buscando alguna señal, algún indicio de que esto era parte de un plan mayor, que él estaba fingiendo para engañar a Luca. Pero solo encontró frialdad.
—¿Por qué? —preguntó ella, con lágrimas de rabia quemándole los ojos—. ¿Por qué todo esto? El contrato, las noches juntos, las promesas… ¿fue solo para traerme aquí?
Alessandro se detuvo a unos metros de ella. La luz mortecina de las lámparas industriales le dibujaba sombras duras en el rostro, acentuando la cicatriz que ella había besado apenas unas horas antes.
—Desde el principio supe que tu padre estaba involucrado en el incendio —empezó a explicar con voz calmada, casi clínica—. Lo que no sabía era hasta dónde llegaba tu participación. Te traje a mi lado para observarte de cerca, para que bajaras la guardia. Cada beso, cada caricia, cada noche que dormiste en mis brazos… fue parte del plan para que confiaras en mí.
Elena sintió que algo se rompía dentro de su pecho. El dolor era físico, real.
—¿Y anoche? —susurró—. Cuando me hiciste el amor… ¿también era mentira?
Por un segundo, algo cruzó por los ojos de Alessandro. Un destello. Una duda. Pero desapareció tan rápido como había llegado.
—Fue… conveniente —respondió él—. Necesitaba que te entregaras completamente. Y lo hiciste.
Luca aplaudió lentamente.
—Bravo, primo. Siempre fuiste el mejor manipulador de la familia. Ahora, terminemos con esto. La chica ya no nos sirve.
Uno de los hombres sacó un arma y la apuntó directamente a la cabeza de Elena. Ella cerró los ojos, esperando el disparo. En ese momento pensó en su padre, en su madre, en todos los sacrificios que había hecho para salvar a su familia. Todo para terminar así.
Pero el disparo nunca llegó.
En cambio, se escuchó un forcejeo. Cuando abrió los ojos, Alessandro había desarmado al hombre con un movimiento rápido y preciso. Golpeó a Luca con tanta fuerza que este cayó al suelo. Los otros dos guardias intentaron intervenir, pero Alessandro era letal. En menos de un minuto, los tres hombres estaban en el suelo, inconscientes o gimiendo de dolor.
Luca se levantó sangrando por la boca.
—¿Qué demonios estás haciendo? —rugió.
Alessandro se colocó frente a Elena, protegiéndola con su cuerpo.
—Nunca fue parte del plan hacerte daño —le dijo a ella sin girarse—. Desde el primer momento supe que eras inocente. Pero necesitaba que Luca creyera que estaba de su lado. Era la única forma de sacarlo de las sombras.
Luca escupió sangre.
—¡Mentiroso! ¡Tú y yo teníamos un trato!
—Nunca hice tratos con traidores —respondió Alessandro con voz gélida—. Solo fingí para que salieras de tu escondite. Marco trabajaba para mí desde el principio.
Elena temblaba. No sabía si creerle. El dolor de la traición fingida era demasiado reciente.
Alessandro se giró hacia ella. Sus ojos ya no eran fríos. Estaban llenos de arrepentimiento.
—Elena… perdóname. Tenía que ser convincente. Si Luca sospechaba que te protegía, te habría matado antes de que yo pudiera intervenir.
Ella dio un paso atrás.
—Me usaste. Me hiciste creer que sentías algo por mí. Me entregué a ti completamente… ¿y todo era teatro?
Alessandro dio un paso hacia ella.
—No todo —admitió con voz baja—. Lo que pasó entre nosotros… eso fue real. Más real de lo que jamás planeé.
Luca, desde el suelo, soltó una risa amarga.
—Qué romántico. Pero ya es tarde. Mis hombres están rodeando el almacén. No saldrán vivos de aquí.
En ese momento se escucharon sirenas a lo lejos. Alessandro sonrió con frialdad.
—Llamé a la policía y a mis mejores hombres antes de venir. Estás acabado, Luca.
El caos estalló de nuevo. Disparos, gritos, luces azules iluminando la noche. Alessandro protegió a Elena con su cuerpo, llevándola hacia una salida lateral mientras sus hombres se encargaban de Luca y sus secuaces.
Cuando finalmente estuvieron a salvo dentro del auto blindado, Elena se apartó de él.
—No me toques —dijo con voz temblorosa—. Ya no sé quién eres.
Alessandro no insistió. Condujo en silencio durante varios minutos. Solo cuando estuvieron lejos del puerto, habló:
—Entiendo que estés herida. Te mentí. Te manipulé. Pero todo lo que hice después de firmar ese contrato… fue para protegerte. Cuando te besé por primera vez, cuando te abracé por las noches, cuando te hice el amor… eso no fue parte del plan. Eso fue real. Más real que cualquier cosa que haya sentido en mi vida.
Elena lloraba en silencio.
—Necesito tiempo —susurró—. No puedo confiar en ti ahora.
—Lo sé —respondió él con dolor en la voz—. Pero no voy a dejarte ir. No después de todo lo que hemos pasado.
Llegaron a la mansión al amanecer. La casa estaba llena de policías y personal de seguridad. Alessandro dio instrucciones precisas y luego llevó a Elena a su habitación.
—Descansa —le dijo desde la puerta—. No voy a entrar si no quieres.
Elena lo miró durante largos segundos. A pesar del dolor, a pesar de la rabia, todavía sentía algo por él. Algo que no podía apagar fácilmente.
—Quédate —dijo finalmente, con voz apenas audible—. Pero solo a dormir. Nada más.
Alessandro entró y se acostó a su lado, manteniendo distancia. Ninguno de los dos durmió realmente. Se quedaron mirando el techo, cada uno perdido en sus pensamientos.
A media mañana, mientras Elena dormía exhausta, Alessandro recibió una llamada. Era de uno de sus investigadores.
—Señor… encontramos algo en los documentos de Luca. Hay pruebas de que su padre no solo estaba involucrado en el incendio… sino que Elena fue quien salvó la vida de Sofia esa noche. Ella fue quien llamó a emergencias. Por eso Luca la quería muerta. Porque ella era la única testigo real.
Alessandro miró a Elena dormida. Su corazón se contrajo.
Había cometido el peor error de su vida al dudar de ella.
Y ahora tendría que pagar el precio.
Cuando Elena despertó horas después, Alessandro ya no estaba en la habitación. Sobre la almohada había una carta escrita a mano:
«Elena,
Te debo más disculpas de las que puedo escribir.
Descubrí la verdad completa. Fuiste tú quien salvó a Sofia esa noche.
Soy yo quien no te merece.
Si decides irte, no te detendré. Pero si decides quedarte… pasaré el resto de mi vida demostrándote que mi amor es real.
Tuyo (si aún me quieres),
Alessandro»
Elena apretó la carta contra su pecho y lloró.
El contrato se había convertido en algo mucho más grande.
Pero la herida estaba abierta.
Y solo el tiempo diría si podría sanar… o si los destruiría para siempre.