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TODO POR TI

TODO POR TI

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:447
Nilai: 5
nombre de autor: evely azul

Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir

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19 Confíe en mi

¡OMAR, AHORA MISMO!

Lenny gritó con todas sus fuerzas, con el corazón latiéndole con fuerza mientras veía a su paciente al borde de la muerte.

En ese instante, el guardia de seguridad Omar, con las piernas rígidas como resortes a punto de romperse, reaccionó con asombrosa rapidez. Se lanzó hacia el balcón en una carrera explosiva.

Justo cuando el cuerpo de Inez comenzaba a precipitarse al vacío, unas manos la sujetaron por la cintura.

Con un movimiento coordinado y poderoso, Omar la jaló hacia atrás, usando su propio cuerpo para amortiguar la caída. Ambos aterrizaron pesadamente sobre las frías baldosas del balcón. Inez estaba a salvo, pero completamente furiosa y frustrada.

Comenzó a gritar, pataleando y golpeando el pecho del guardia con una desesperación salvaje.

—¡Suéltame! ¡Suéltame, maldito! ¡No quiero seguir! ¡Déjame morir! ¡Te morderé, te lo juro, suéltame! —Omar la abrazó con fuerza, inmovilizándola con firmeza, pero con cuidado para no lastimarla. Su rostro reflejaba una mezcla de esfuerzo físico y rudeza.

 

En ese instante, Inez perdió por completo el control sobre sí misma. La realidad se desdibujaba ante sus ojos, dominada por la tormenta interna de su mente : era un ataque nervioso y compulsivo, una reacción violenta que no nacía de su voluntad, sino de la crisis que la consumía y la hacía actuar de forma desesperada, irracional y fuera de sí.

Mirandola Lenny, que conocía bien los síntomas y sabía que debían protegerla de sí misma antes de que se hiciera mss daño.

Omar qie estaba en suelo rodeandola con sus brazos sujetóndola con firmeza, con fuerza suficiente para detenerla, pero con un cuidado extremo para no lastimarla en su lucha desesperada. En su rostro se reflejaba el gran esfuerzo físico que le suponía contenerla, pero también ver a esa mujer tan destrozada y perdida.

El dijo buscando tranquilizarla, intentando llegar a lo poco que quedaba de ella conciente:

—Cálmese, señora Inez... por favor, cálmese. No es usted quien habla ahora... esto es la enfermedad la que le hace sentir que todo está perdido, que todo es una amenaza. Nada de lo que piensa ahora es real. Todo va a estar bien, ya vienen a atenderla, pronto pasará este sufrimiento.

Yo No la voy a soltar, se lo prometo, estoy aquí con usted.

Pero Inez no podía escuchar razones. Seguía forcejeando con una energía desesperada, jadeando con dificultad, mezclando llanto, rabia y frustración por haber fracasado en su intento de huir. Su cuerpo entero temblaba sacudido por sollozos que le partían el pecho, y se retorcía entre sus brazos como si la vida le fuera en ello. Se resistía con todas sus fuerzas, cegada en escaparse.

—Voy a ayudarla a salir de esto —dijo Lenny agachado junto a ellos un instante para evaluar la gravedad de queriendo calmarla —.

Volverá a ser la de antes, se lo aseguro.

Sin embargo, al verlo, Inez reaccionó con agresividad, dominada por la violencia que la atormentaba:

—¡Aléjate! ¡No me toques! —le gritó con voz ronca y llena de odio, mirándolo con ojos desorbitados, —. ¡Te voy a demandar! ¡Tú fuiste quien me quitó mi dinero, y mírame ahora, mírame dónde he acabado por tu culpa!

Lenny, viendo que su estado empeoraba y comprendiendo que la agitación aumentaba el riesgo, dio una orden tajante a Omar:

—¡No la sueltes ni un segundo, Omar! Sujétala con fuerza, no dejes que se acerque al borde. Voy a llamar ya mismo al equipo médico de la clinica psiquiátrica; ya deberían estar llegando a la entrada de la mansión en este preciso instante.

Se levantó para irse, pero le advirtió con seriedad:

—¡Manténte alerta, no bajes la guardia! Ella no está en sus cabales, no sabe lo que hace. Protéjala de sí misma hasta que yo vuelva.

—Descuide, doctor —respondió el guardia con firmeza, sin aflojar ni un milímetro su agarre, luchando contra los movimientos bruscos de ella—. Yo me encargo. No dejaré que le pase nada malo, ni que se haga daño.

Lenny salió corriendo de la habitación.

Omar, haciendo uso de toda su fuerza —una fuerza que parecía mecánica por la disciplina, — logró levantarla del suelo sin soltarla ni un instante. Ella seguía retorciéndose y pataleando, igual que un animal acorralado que lucha por sobrevivir, con la mirada fija y perdida en la barandilla, intentando regresar hacia ella una y otra vez, obsesionada con escapar.

Aunque ya estaba exhausta, sin aire, con el cuerpo dolorido por el esfuerzo, seguía llena de rencor y odio hacia todo lo que la rodeaba. Entre gemidos y suspiros entrecortados, suplicaba con voz quebrada:

—Suéltame... por favor... suéltame... déjame ir...

Omar, conduciéndola con mucho cuidado lejos del balcón y hacia el interior del dormitorio, le respondía con calma, imponiendo su voluntad solo para obedecer a Lenny

—No puedo hacer eso, señora Inez. Sabe que no puedo. Es mi deber protegerla, y hoy, pase lo que pase, no voy a permitir que le ocurra nada malo aquí. La ayuda está llegando, realmente es necesario que vean su estado...

La trajo hasta el sofá y la recostó sujetándola todavía para que no volviera a levantarse, y se quedó de pie frente a ella, vigilante, bloqueando cualquier paso hacia el peligro, convertido en su muro de protección. Fue entonces cuando Inez, vencida por su propia debilidad, agotada física y mentalmente, se derrumbó entre amargos sollozos, dejando salir todo el dolor, la confusión y el miedo que la estaban destruyendo.

Ella lloraba con un desconsuelo que partía el alma, como si en ese instante todo lo que había construido, todo lo que había sido su vida, se hubiera derrumbado en pedazos a sus pies. No eran solo lágrimas; era el dolor de quien se sabe perdida, traicionada y arrinconada por la gente que debía protegerla.

Omar la observaba desde su distancia, sintiendo cómo se le apretaba el pecho. Sentía una lástima inmensa por su sufrimiento, y verla así le dolía en lo más hondo, como si el dolor fuera propio. Tenía el impulso irrefrenable de acercarse, de tomarla entre sus brazos y decirle que todo pasaría, pero sabía que no podía: ella se había mantenido siempre en una barrera inalcanzable, y en su orgullo herido, no habría permitido jamás una muestra de afecto de alguien como él.

Él siempre había creído que ella era una mujer de acero, fuerte, inquebrantable, capaz de soportar cualquier tormenta; pero este momento le demostró con crudeza que estaba equivocado: detrás de esa fachada, había una mujer rota, humana y profundamente herida.

Inez, entre sollozos, comprendió al fin que no había escapatoria, que estaba atrapada en su propia realidad y que nadie más iba a estar de su lado. Entonces, en medio de esa desesperación, una idea cruzó por su mente, y giró el rostro hacia él, buscando en esa mirada discreta y leal la única tabla de salvación que le quedaba. Apeló a lo único que sabía que podía moverlo: su compasión y ese respeto silencioso que siempre había existido entre ellos.

—Omar —dijo con la voz quebrada, casi un susurro, luchando por respirar entre el llanto—, si de verdad quieres ayudarme… si alguna vez me has tenido algún aprecio, tienes que prometerme algo. Algo que quedará enterrado aquí, entre tú y yo. Solo nosotros dos. ¿Lo harás por mí?

Alzó la cabeza lentamente para mirarlo fijamente a los ojos. Tenía los párpados hinchados, la mirada enrojecida y perdida, pero en ese brillo húmedo había una súplica desesperada, y también el peso de una verdad que no podía salir a la luz.

Omar no vaciló. Era un hombre de pocas palabras, de los que guardan lo que ven y lo que saben bajo llave, un hombre discreto hasta el límite. No necesitó saber de qué se trataba para comprometerse; conocía su lealtad y sabía que si ella se lo pedía en ese estado, era porque su vida o su honor dependían de ello.

—De acuerdo —respondió con voz seria, firme y tranquila, sin desviar la mirada al frente, como si ya desde ese mismo momento estuviera sellando sus labios para siempre—. Dime lo que sea. Puedes estar segura de que confías en el lugar correcto. Nunca te defraudaré. Lo que me digas aquí, morirá conmigo.

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