Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?
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capítulo 19:El lienzo en blanco
Era una tarde lluviosa cuando ocurrió el milagro. Ricardo estaba, como cada día, sentado junto a la cama de Anaís, leyendo en voz alta uno de los libros que ella solía mirar en la biblioteca. De repente, el sonido rítmico del monitor se aceleró.
Los dedos de Anaís se movieron, esta vez con fuerza, apretando las sábanas. Sus párpados temblaron y, tras un esfuerzo que pareció eterno, sus ojos se abrieron.
Ricardo soltó el libro, que cayó al suelo con un golpe seco. Su corazón dio un vuelco. Se puso de pie, acercándose con el aliento contenido.
—¿Anaís? —susurró, con la voz rota por la emoción—. ¿Anaís, puedes oírme?
Ella parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista. La luz de la habitación parecía lastimarla. Giró la cabeza lentamente, recorriendo las paredes blancas, los tubos y, finalmente, se detuvo en el rostro de Ricardo. Él esperaba ver miedo, odio o quizás ese brillo de pasión que compartieron en el despacho. Pero lo que encontró fue algo mucho más aterrador: vacío.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella. Su voz era apenas un hilo, seca y desconocida.
Ricardo sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. Se quedó paralizado, con la mano extendida que no se atrevía a tocarla.
—Anaís... soy yo. Soy Ricardo. Estás en el hospital, tuviste una caída... —balbuceó él, tratando de mantener la calma mientras el pánico le oprimía el pecho.
Ella frunció el ceño, un gesto que le dolió a Ricardo por lo familiar que era, pero sus ojos seguían siendo los de una extraña.
—¿Anaís? ¿Ese es mi nombre? —Ella miró sus propias manos como si no le pertenecieran—. No sé quién eres. No sé quién es nadie.
En ese momento, la puerta se abrió y Bianca entró corriendo, seguida por el médico. Al ver a Anaís despierta, la niña soltó un grito de alegría.
—¡Anaís! ¡Despertaste! —Bianca intentó saltar a la cama, pero Ricardo la detuvo con un brazo, con el rostro desencajado.
Anaís retrocedió contra las almohadas, visiblemente asustada por la efusividad de la niña. Miró a la pequeña con una distancia gélida que rompió el corazón de Ricardo en mil pedazos.
—¿Quién es esta niña? —preguntó Anaís, con la voz temblorosa—. Por favor... que alguien me explique qué hago aquí. No recuerdo nada. Mi mente está... vacía.
El médico se acercó rápidamente para revisarla, mientras Ricardo retrocedía hacia la pared, sintiendo que el aire le faltaba. Había rezado dos meses para que despertara, para pedirle perdón, para empezar de nuevo sin contratos ni sombras. Pero el destino le había jugado la broma más cruel: Anaís estaba viva, pero la mujer que él conocía, la que lo desafiaba y lo deseaba, había muerto en esa escalera.
Ricardo miró sus manos, las mismas que la habían marcado, y comprendió la magnitud de su castigo. Ahora era un completo extraño para la mujer que amaba, un monstruo cuyo nombre ella ya no podía recordar, pero cuyos pecados seguían escritos en las cicatrices de su cuerpo.
Anaís observó a Ricardo desde la cama del hospital. Él estaba allí, apoyado contra la pared, con los hombros caídos y una expresión de tormento que lo hacía parecer un ángel caído. Ella no recordaba su nombre, ni sus gritos, ni la frialdad de su trato, pero sus ojos no podían ignorar lo evidente: el hombre frente a ella era de una belleza devastadora.
Sintió un vuelco en el pecho, un tamborileo rítmico que la dejó sin aliento. Sin los traumas ni los miedos que la habían encadenado durante semanas, su personalidad emergió de una forma mucho más libre, directa y audaz.
—Eres... —Anaís hizo una pausa, recorriendo con la mirada el cuerpo de Ricardo, desde su mandíbula fuerte hasta sus manos grandes—. Eres muy guapo. ¿Seguro que no soy tu novia o algo así? Porque mi corazón se ha vuelto loco al verte.
Ricardo se quedó de piedra. La Anaís que él conocía era reservada, siempre a la defensiva, temerosa de sus reacciones. Verla ahora, con esa mirada chispeante y una sonrisa casi traviesa en los labios, lo descolocó por completo.
—Soy tu esposo, Anaís —respondió él con la voz ronca, tratando de ocultar la confusión que le provocaba su nueva actitud—. Pero las cosas entre nosotros... no eran sencillas.
Anaís soltó una pequeña risa, una nota clara que rompió la tensión de la habitación. Se inclinó hacia adelante, ignorando los cables que la sujetaban, y le hizo una señal para que se acercara.
—Si eres mi esposo, entonces tengo buen gusto —dijo ella con una seguridad que lo dejó sin habla—. Ven aquí. No muerdo... a menos que me lo pidas.
Ricardo se acercó, impulsado por una fuerza invisible. Cuando estuvo al borde de la cama, Anaís no dudó. Extendió su mano y tomó la corbata de él, tirando ligeramente hacia abajo para obligarlo a inclinar su rostro hacia el suyo. El aroma de Ricardo —ese perfume caro mezclado con un rastro de tabaco y algo puramente masculino— inundó los sentidos de ella, acelerando aún más su pulso.
—¿Por qué me miras como si fuera a romperme? —susurró ella, sus ojos fijos en los labios de él—. Tienes cara de haber sufrido mucho, pero ahora estoy despierta. Y si eres mío, quiero saber qué tan bien me conoces.
Se lamió los labios de forma inconsciente, un gesto que en el despacho habría sido una provocación, pero que aquí nacía de una curiosidad pura y salvaje. Sin la sombra de la difunta esposa bloqueando su visión, Anaís solo veía a un hombre increíblemente atractivo que la miraba con una devoción que la quemaba.
—Anaís, no sabes lo que estás haciendo —masculló Ricardo, sintiendo que su autocontrol se desmoronaba ante esta nueva versión de ella, mucho más lanzada y peligrosa para su cordura.
—Sé exactamente lo que siento —replicó ella, su voz bajando a un tono sugerente—. Siento calor. Y siento que, aunque no recuerde quién eres, mi cuerpo te reconoce perfectamente. Bésame, Ricardo. Demuéstrame que eres mi esposo.
Ricardo estaba atrapado en una pesadilla y un sueño al mismo tiempo. Tenía frente a él a la mujer que amaba, libre de los rencores del pasado, ofreciéndosele con una libertad que antes era impensable. Pero el peso de sus pecados le impedía actuar. Ella era un lienzo en blanco, y él seguía siendo el hombre que la había manchado. Sin embargo, al ver la chispa de deseo en los ojos de Anaís, comprendió que esta "nueva" versión de ella iba a ser su mayor tentación y, quizás, su ruina definitiva.