Verónica creé tener una vida de ensueño; dueña de una empresa más importante de la cuidad, una fortuna inmensa y un bebé en camino. Pero de eso nada le sirvió al descubrir la infidelidad de su marido con su empleada. Después de sufrir una depresión, decidió acabar con su vida sin esperarse a que regresará antes de casarse con Andrés.
Se vengara de él con su peor enemigo. Un mafioso que tiene una obsesión con la protagonista.
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Capitulo 18: Solo por esta noche ¿Verdad?
La puerta de la alcoba se abrió de golpe. Verónica se quedó aún en sus brazos, con la respiración un poco agitada y la mirada fija en él.
—No me mires así —dijo Dominic, con la voz baja pero segura, avanzando un paso—. Parece que estás evaluando si soy un peligro o una oportunidad para tí.
Verónica soltó una leve risa, breve, con una mezcla de desafío.
—No falta discutir lo que eres—respondió sin apartar la mirada—. Porque peligro ya lo eres, eso no está en duda.
Él inclinó la cabeza apenas, como si esa respuesta le resultara más interesante de lo que esperaba.
—Y aun así entraste conmigo —replicó, acercándose otro paso—. Me besaste. Ahora hazte responsable.
—No lo voy a negar—contestó ella, riéndose más—. Me haré responsable de tí. Niño bonito. Oye... ¿Que marca de licor era?
—Ahora no culpes el alcohol.
Él sonrió, no de forma exagerada, solo lo suficiente para que ella lo notara. Ella lo volvió a besar. Está vez con suavidad; él levantó la mano y rozó su brazo con los dedos, con una lentitud que le daba escalofríos a Verónica.
—Dime, Verónica ¿Cómo me ves ahora mismo?—murmuró.
Verónica lo miró de arriba abajo, sin prisa, ni timidez.
—Veo a un hombre que está acostumbrado a que todo el mundo le tema —dijo sin dudar—. Pero también veo que no sabes qué hacer cuando alguien no lo hace.
—¿Alguien como tú?— Él soltó una risa contenida—. Tienes razón. No sé que hacer contigo. Porque nunca me obedeces.
Él la bajó finalmente. Apoyó su mano en su cintura y la atrajo sin brusquedad, Verónica no se resistió, al contrario, apoyó sus manos en el pecho de él, sintiendo los músculos firmes bajo la tela.
—Si esto va a pasar, que valga la pena.
—No suelo hacer perder el tiempo —respondió él, acercando su rostro al de ella.
El beso llegó sin aviso otra vez, pero no fue apresurado; Verónica no se quedó atrás, respondió con la misma intensidad, sus dedos se cerraron en la tela de su camisa, tirando de él un poco más cerca.
—No eres tan frío como aparentas —murmuró ella contra sus labios.
—Y tú no eres tan seria como dices —respondió él, deslizando su mano por su espalda.
Ella sonrió apenas, separándose lo suficiente para mirarlo.
—No confundas seriedad con falta de deseo.
—No lo hago —dijo él, con la voz más baja—. Lo estoy comprobando.
Las manos de Verónica se movieron hacia los botones de su camisa; uno a uno fueron cediendo, mientras su mirada no se apartaba de la de él.
—Si esperas que me ponga nerviosa, estás perdiendo el tiempo —comentó ella, con una calma que contrastaba con el ritmo de su respiración.
—No quiero que estés nerviosa —respondió él—. Quiero que estés segura conmigo.
Ella dejó escapar una pequeña risa
—Eso ya lo estoy.
La camisa terminó de abrirse y ella la apartó con naturalidad, sus manos recorrieron su pecho con curiosidad rozando por cada músculo formado, como si no tuviera intención de ser delicada sin razón
—No decepcionas —dijo, levantando la mirada
—No es algo que me permita —respondió él, llevando sus manos a la espalda de ella, buscando el cierre de su vestido.
—Cuidado —advirtió ella, aunque su tono no era una verdadera advertencia—. No soy algo que puedas manejar con descuido.
—No lo pareces —contestó él, bajando el cierre con lentitud—. Me doy cuenta de algo.
—¿Que?
La tomó del mento. Y subió su rostro. Sus ojos quedaron fijamente.
Él continúo.
—De que por primera vez que te conozco, estás llena de vida.
Ella se rió.
—Muerta no estoy. No otra vez.
—Pero lo parecías. No mostrabas ninguna emoción que no fuera control. Ahora es diferente.
El vestido cedió y ella lo dejó caer, sin cubrirse, sin ocultarse; mostrando su figura. Ella lo miró de frente, con la misma seguridad que había mostrado desde el inicio.
—¿Y ahora qué ves? —preguntó ella.
Él la observó con atención, sin prisa, sin apartar la mirada.
—Veo a una mujer que radiante de chispa que me enloquece—dijo—. Y no le interesa fingir lo contrario.
—Correcto —respondió ella, acercándose de nuevo—. Y en este momento, te quiero a ti.
No hubo más palabras innecesarias; él la tomó de la cintura y la acercó con fuerza, sus labios volvieron a encontrarse, esta vez con menos contención; Verónica con sus manos subieron por su cuello, por su cabello, atrayéndolo más.
Se movieron hacia la cama sin separarse del todo, como si ninguno quisiera romper el ritmo que habían creado; cuando ella cayó sobre el colchón, lo miró desde abajo, con una expresión que mezclaba deseo y seguridad.
—No te detengas —dijo, sin rodeos.
—En ningún momento—respondió él.
Sus manos recorrieron su piel con más libertad, aprendiendo cada reacción; Verónica no se quedó en silencio, su respiración cambió, sus manos respondieron, su cuerpo también; no había vergüenza en ella.
—No esperaba menos de ti —murmuró ella en un momento, mirándolo con intensidad hacia abajo acariciando su cabello—. Pero tampoco pensaba que sería así.
Ella lo sostuvo un gemido fuerte. Sentía el apretón de sus manos entre sus muslos.
El tiempo en la alcoba pasó con una intensidad constante; apasionado entre distintas posiciones y forma de amarse en una noche. Solo una.
Cuando finalmente el movimiento se calmó, ninguno de los dos se apartó de inmediato; Verónica permaneció cerca, su mano descansando sobre el pecho de él, escuchando su respiración. Era la primera vez que quedó satisfecha haciéndolo. Tanto, que se quedó dormida junto a él.
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