Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Cap. 8 La madre o la madrastra
Luisa sintió que algo se rompía dentro de ella. No era la indiferencia de Lauren hacia Gaya lo que le dolía, sino lo que esa indiferencia representaba: años de manipulación, años de alejamiento, años en los que Vanesa había construido un muro entre ellas.
Su hija, la pequeña a la que había amamantado, a la que había enseñado a leer, a la que había curado cuando se caía de la bicicleta, ahora la miraba como si fuera una extraña.
Pero no podía permitirse ese dolor. No ahora.
Se sentó en la silla frente a Lauren, en el lugar que solía ocupar cuando era la esposa, cuando era Luisa.
La mesa estaba servida con una comida ligera: pescado a la plancha, verduras salteadas, arroz. Nada que pudiera contener frutos secos. Por supuesto. Ahora todos tenían cuidado con eso.
—¿Dónde está Vanesa? —preguntó mientras se servía un poco de arroz.
Sebastián levantó la cabeza sorprendido.
—¿Vanesa? En su casa, supongo. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. Solo curiosidad. Viene mucho por aquí, ¿no?
—Bueno, es amiga de la familia. Ayuda con los niños, sobre todo con Lauren. —Sebastián cortó un trozo de pescado—. Ha sido un gran apoyo desde que... desde que Luisa murió.
El nombre de Luisa flotó en el aire como un fantasma. Lauren levantó la vista del teléfono por un momento y sus ojos se clavaron en Gaya con una intensidad repentina.
—Mi madre —dijo, y la palabra sonó a desafío—. Se llamaba Luisa. Y era mucho mejor que tú.
—Lauren —la reprendió Sebastián—, eso no se dice.
—¿Por qué no? Es verdad. —La adolescente dejó el teléfono sobre la mesa y miró fijamente a Luisa—. Mi madre era fuerte, inteligente, importante. No como tú, que no haces nada más que gastar el dinero de papá y llorar por cualquier cosa. La tía Vane dice que eres una carga para esta familia, y tiene razón.
El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Sebastián había enrojecido, pero no decía nada. No defendía a Gaya. No ponía límites a su hija. Como siempre.
Luisa sintió que la sangre le hervía. No por el insulto a Gaya, sino por lo que esas palabras revelaban.
Vanesa no solo había envenenado a Lauren contra ella; la había envenenado contra sí misma, contra cualquier mujer que ocupara el lugar de su madre. Lauren estaba repitiendo como un loro las frases de su asesina, y nadie, nadie, hacía nada para detenerlo.
Pero entonces recordó algo. Recordó quién era. Recordó que no era la tímida Gaya, la sumisa Gaya, la Gaya que se dejaba pisotear.
Era Luisa Méndez. Medallista olímpica. Empresaria. Madre. Y ahora, mujer con una misión.
Se levantó de la mesa con una calma que sorprendió incluso a ella misma.
Dio la vuelta lentamente hasta colocarse junto a Lauren, que la miraba con una mezcla de desafío y algo que quizás era miedo. Y entonces, sin mediar palabra, levantó la mano y le propinó una bofetada.
No fue un golpe fuerte, no hizo daño realmente. Pero el sonido resonó en el comedor como un trueno.
Lauren se llevó la mano a la mejilla, los ojos abiertos de par en par, completamente impactada. Sebastián se levantó de un salto, la silla cayendo al suelo detrás de él.
—¿¡Pero qué haces!?
Luisa no le prestó atención. Se inclinó sobre Lauren, sus nuevos ojos verdes clavados en los de la adolescente, y habló con una voz baja y cortante que ella misma no reconoció:
—Escúchame bien, Lauren. No me importa lo que te haya dicho la tía Vane. No me importa lo que pienses de mí. Pero en esta casa, cuando estoy presente, me tratas con respeto. ¿Entendido? Puedes odiarme, puedes despreciarme, puedes pensar lo que quieras de mí. Pero me miras a la cara cuando te hablo y contestas con educación. Porque eso es lo que tu madre te habría enseñado si aún estuviera viva.
El nombre de su madre hizo que Lauren parpadeara. Por un instante, solo un instante, Luisa vio un destello de la niña que había sido. Miedo, confusión, quizás incluso culpa. Pero luego la máscara volvió a colocarse en su lugar.
—No tienes derecho a hablar de mi madre —susurró Lauren, con la voz temblorosa—. No la conocías.
—La conocía mejor de lo que crees. —Luisa se enderezó y la miró desde arriba—. Y sé que no le habría gustado ver en lo que te has convertido.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta del comedor, ignorando a Sebastián, que seguía allí de pie con la boca abierta. Pero antes de salir, se detuvo y lanzó una última mirada por encima del hombro.
—Por cierto, Lauren: el respeto se gana. Y si quieres que respete tu dolor por tu madre, tendrás que respetar primero mi lugar en esta casa. Hasta entonces, no me dirijas la palabra.
Y salió del comedor con la cabeza bien alta, dejando tras de sí un silencio atónito.
En el pasillo, se apoyó contra la pared y respiró hondo. Su mano derecha le ardía ligeramente, y su corazón latía a mil por hora. No había planeado eso.
No había sido su intención golpear a Lauren, por mucho que lo mereciera. Pero las palabras habían salido de su boca antes de que pudiera detenerlas, y la bofetada había sido casi instintiva.
—Señorita Gaya…
La voz de Pauline llegó desde algún lugar a su izquierda. La mujer mayor estaba allí, mirándola con una expresión que era mitad asombro, mitad admiración.
—¿Está bien? —preguntó Pauline.
Luisa la miró y, por primera vez desde que despertó en ese cuerpo, sonrió. Una sonrisa pequeña, pero genuina.
—Sí, Pauline. Estoy mejor que nunca.
Y mientras subía las escaleras hacia la habitación que ahora era suya, sintió que algo cambiaba dentro de ella.
El miedo, la confusión, la incertidumbre de los primeros días, todo eso comenzaba a disiparse. Sabía lo que tenía que hacer. Sabía cómo hacerlo. Y por primera vez desde su muerte, tenía el control.
Vanesa quería guerra. Pues iba a tenerla.
Pero no sería la guerra que esperaba. No sería contra la sumisa Gaya, la víctima fácil. Sería contra Luisa Méndez, la mujer que había construido un imperio desde cero, la que había ganado medallas olímpicas, la que nunca se rendía.
Y esa guerra apenas comenzaba.