Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
NovelToon tiene autorización de May_Her para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21: La dama del lago
La Clínica San Juan estaba ubicada en las afueras de la ciudad, en una zona de colinas verdes y aire limpio. El edificio principal era una estructura de principios de siglo, rodeada de jardines impecables y muros altos que protegían la privacidad de los residentes. Desde fuera, parecía más un hotel de lujo que un hospital.
Valeria se detuvo frente a la verja de hierro forjado, dudando. No tenía un plan claro, solo un nombre y una corazonada. Pero si Sofía había estado allí, si alguien sabía algo, tenía que intentarlo.
Se acercó al portero, un hombre mayor con uniforme gris y expresión aburrida.
—Buenos días. Vengo a visitar a una residente.
—¿Nombre de la residente?
—Sofía Mendizábal.
El hombre consultó una lista en su portátil, con movimientos lentos.
—No hay ninguna residente con ese nombre actualmente.
—Lo sé. Fue paciente aquí hace años. No recuerdo cuántos años, aproximadamente. Necesito información. Es... asunto familiar.
—Lo siento, señorita. La información de los pacientes es confidencial. No podemos dar datos a terceros sin autorización legal.
Valeria sintió la frustración creciendo. Debía haber imaginado que no sería tan fácil.
—¿Incluso si la paciente ya no está aquí? ¿Incluso si han pasado varios años?
—Especialmente entonces. Las reglas son las reglas. Buen día.
El portero hizo un gesto hacia la puerta, indicando que la conversación había terminado. Valeria se alejó lentamente, con la cabeza gacha, buscando otra opción.
Fue entonces cuando la vio.
Una mujer mayor, con el pelo blanco recogido en un moño apretado y un delantal blanco sobre un uniforme de enfermera, estaba sentada en un banco cerca de la entrada del personal, fumando un cigarrillo con la mirada perdida en los jardines. Tenía esa cara de quien ha visto demasiado, de quien ha envejecido cargando con el peso de los secretos de otras personas.
Valeria cambió de dirección. Se acercó lentamente, como quien no tiene prisa, y se sentó en el otro extremo del banco.
—Hermoso día —dijo, mirando los mismos jardines.
La mujer la miró de reojo, evaluándola con una mirada aguda.
—Todos los días son iguales aquí, señorita. Solo cambian las caras.
—Supongo que tiene razón. Lleva mucho tiempo trabajando aquí, ¿verdad?
—Treinta y dos años. He visto entrar y salir a mucha gente. Y he visto quedarse a otros que nadie más vuelve a ver.
Había algo en su tono, una amargura profunda, que hizo que Valeria se girara a mirarla.
—¿Has visto a gente desaparecer?
La mujer dio una última calada al cigarrillo y lo aplastó contra el suelo con el zapato.
—He visto muchas cosas. Mujeres jóvenes que entran brillantes y salen rotas. O no salen. O salen años después, vacías, como cáscaras de quienes fueron. Dinero. Siempre es el dinero. Las familias que mandan a sus hijas aquí no quieren problemas. Quieren silencio. Y el silencio tiene precio.
—Busco a una mujer que estuvo aquí hace tiempo. Sofía Mendizábal.
La enfermera se quedó inmóvil. El cigarrillo quedó olvidado. Sus ojos se clavaron en Valeria con una intensidad repentina.
—¿Quién eres tú? ¿Por qué buscas a esa mujer?
—Mi nombre es Valeria Soto. Y creo que Sofía fue víctima del mismo hombre que ahora me persigue. Alejandro Rivas.
El nombre flotó en el aire como una maldición. La enfermera palideció, un reconocimiento que confirmaba todo lo que Valeria había temido.
—No deberías estar aquí —susurró la mujer, mirando alrededor con nerviosismo—. No deberías buscar ese nombre. Ese hombre... él no perdona. Él no olvida.
—Por eso necesito encontrarla. Para que su historia no quede enterrada. Para que la mía no acabe igual.
La enfermera se quedó en silencio durante un largo momento, luchando contra recuerdos que claramente la atormentaban. Finalmente, habló con una voz tan baja que Valeria tuvo que inclinarse para escuchar.
—Sofía Mendizábal ingresó aquí hace varios años. Tenía 23 años, aproximadamente la misma edad que pareces tener tú, diría. Hermosa. Rubia. Ojos verdes que brillaban cuando llegó. Pero no brillaron por mucho tiempo. Curiosamente comparten un par de características.
—¿Qué le pasó?
—La trajeron sus padres. O eso dijeron. Pero el papeleo lo firmó un abogado. Un abogado muy caro, con un nombre que no recuerdo, pero con un sello en los documentos que sí recuerdo. Rivas. El sello de la familia Rivas estaba en cada papel. "Histeria", decía el diagnóstico. "Inestabilidad emocional severa". Código para una esposa o prometida que se había vuelto inconveniente.
Valeria sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Estaba enferma?
—No cuando llegó. Estaba asustada. Furiosa. Gritaba que quería irse, que no tenía nada malo, que su prometido la había encerrado por celos, por posesión. Pero aquí... aquí las mujeres aprenden rápido que nadie las escucha. Los médicos la medicaron. La sedaron. Y cuando despertó, ya no gritaba.
—¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
—Tres años. Tres años encerrada, alejada del mundo, drogada hasta que su voluntad se rompió. Cuando salió, no era la misma mujer. Era... vacía. Como un mueble que alguien usó y luego tiró a la basura.
—¿Sabe dónde fue cuando salió?
—Se la llevó una tía, creo. Una tía que vivía lejos. En el sur, en una casa cerca del mar. Dijo que la llevaría a curarse de verdad, lejos de esta ciudad de sombras. No la volví a ver. Pero me acuerdo de su cara. Me acuerdo de lo que ese hombre le hizo. Y me acuerdo de que, antes de irse, me tomó la mano y me dijo: "Si alguna vez conoces a una chica como yo, dile que corra. Dile que no mire atrás".
El nudo en la garganta de Valeria era tan apretado que apenas podía respirar.
—Gracias —logró decir—. Gracias por contarme esto.
—No me des las gracias —respondió la enfermera, levantándose y sacando otro cigarrillo con manos temblorosas—. Solo vete. Y ten cuidado. Alejandro Rivas destruye todo lo que toca. No dejes que te destruya a ti.
Valeria se alejó de la clínica con la información ardiendo en su mente. Sofía había existido. Había sido víctima. Y, si la suerte la acompañaba, todavía estaba viva en algún pueblo costero del sur.
Tenía un nombre. Tenía una historia. Tenía un destino que visitar.
Pero primero, tenía que prepararse para la batalla inmediata. La semana que Alejandro le había dado estaba pasando rápido. Y él no era un hombre que aceptara la resistencia.
Sacó su teléfono y marcó el número de Laura.
—Encontré algo —dijo cuando su prima contestó—. Necesito que vengas a casa de mi madre. Y trae lo que encontraste en los archivos. Todo.
—¿Qué encontraste?
—Un testigo. Y tal vez, una testigo principal.
Colgó y miró hacia atrás, hacia los muros de la Clínica San Juan, donde tantas mujeres habían sido enterradas en vida.
No sería una de ellas. No está vez.