Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 19
Sofía condujo en silencio hasta Spring Breeze Avenue 58, villa C08. El trayecto se le hizo eterno, aunque apenas fueron quince minutos. El Bentley de Matías quedó atrás en el taller, y ahora ella manejaba su propio SUV reparado, con Tiago canturreando bajito en el asiento infantil nuevo y Matías sentado a su lado, mirando por la ventanilla como si nada hubiera pasado.
Al llegar frente a la villa, Matías señaló la entrada.
—Pasen. Entren un rato. Tomamos algo fresco.
Sofía frenó el auto con suavidad, pero negó con la cabeza de inmediato.
—No, gracias. Tenemos que irnos. Quedé con Valeria.
La excusa salió rápida, casi automática. No quería cruzar esa puerta otra vez, no quería sentarse en ese living, no quería prolongar el momento. Matías la miró un segundo, pero no insistió. Bajó del auto, rodeó el vehículo y abrió la puerta trasera. Se agachó para desabrochar el cinturón de Tiago.
—Chau, campeón. Portate bien.
Tiago lo miró con ojos grandes y asintió.
—Chau.
Matías cerró la puerta con cuidado y se enderezó. Miró a Sofía a través del vidrio.
—Gracias por el almuerzo.
Ella solo asintió y puso primera. Cuando el auto se alejó, vio por el retrovisor que Matías seguía de pie en la entrada, con las manos en los bolsillos, hasta que doblaron la esquina.
De vuelta en Belgrano, Sofía estacionó y subió con Tiago de la mano. Apenas cerró la puerta, fue directo al celular. Buscó el modelo del asiento infantil que Matías había instalado. El precio apareció en pantalla: casi doscientos mil pesos. Abrió la app de su banco y le transfirió exactamente esa suma a Matías.
El dinero volvió al instante, con un mensaje: “Lo compré para Tiago. No tiene nada que ver con vos”.
Sofía frunció el ceño y volvió a transferir. Otra vez rechazada. Probó una tercera vez. Mismo resultado. Al cuarto intento, dejó de insistir. Se sentó en el sofá, mirando la pantalla. Si lo pensaba bien, Tiago era hijo de Matías. Que él gastara en su hijo no era ninguna obligación que ella tuviera que saldar. Era… lógico. Dejó el teléfono a un lado y decidió que el tema estaba cerrado.
Esa misma noche, mientras Tiago dormía, abrió WhatsApp. Buscó el contacto de Matías. Pulsó en el nombre, bajó hasta “Eliminar contacto” y luego “Eliminar chat”. Confirmó. Después abrió la agenda del teléfono, buscó el número que había guardado hacía años y lo borró también. La lista de contactos quedó más vacía. Se quedó mirando la pantalla un rato largo, pero no volvió atrás.
A la mañana siguiente, se levantó temprano y se concentró en la rutina. Llevó a Tiago al jardín los días que correspondían, revisó correos, preparó informes, acompañó a Lucas a reuniones. El trabajo se volvió un refugio perfecto: agendas llenas, llamadas constantes, viajes cortos por la ciudad. Lucas la necesitaba más que nunca para coordinar la nueva etapa del proyecto Bariloche. Sofía se sumergió en las tareas sin dejar espacio para recuerdos ni dudas. Las emociones confusas del viernes se fueron diluyendo poco a poco entre planillas de Excel y llamadas con proveedores.
El sábado por la noche preparó una cena completa: asado de tira, chorizos, morcilla, ensalada rusa, papas al plomo y un flan casero de postre. Valeria llegó con una botella de malbec y una sonrisa cansada. Se sentaron a la mesa del living. Tiago ya estaba acostado.
Comieron en silencio al principio. Después de la segunda copa, Valeria dejó los cubiertos y suspiró.
—Quiero emborracharme.
Sofía, que no podía tomar alcohol por su alergia, sirvió más vino para su amiga.
—Tomá. Yo te acompaño con agua.
Valeria bebió un trago largo y empezó a hablar.
—Santos me buscó de nuevo. Después de seis años. Ya tiene la fecha de boda con la otra, pero me dijo que quería que yo fuera… su amante. Que lo nuestro no tenía por qué terminar.
Sofía sintió que la sangre le subía a la cabeza.
—¿Qué?
—Quiere que siga siendo su opción B. Que espere en las sombras mientras él juega a la familia perfecta con la otra.
Sofía apretó el vaso con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Ese hijo de puta. Seis años de tu vida y ahora te propone esto. ¿Qué le dijiste?
—Que se fuera a la mierda. Que no quiero verlo nunca más.
Valeria soltó una risa amarga y tomó otro trago.
—Seis años, Sofi. Seis años de promesas, de “esperá que estoy separándome”, de noches sola mientras él estaba con ella. Y ahora quiere que sea su segunda opción. No puedo más.
Sofía se levantó, rodeó la mesa y la abrazó por detrás.
—No te merecés eso. Sos mucho más que una segunda opción. Sos inteligente, linda, fuerte. Vas a salir de esta.
Valeria apoyó la cabeza en su hombro.
—Quiero irme unos días. Viajar. Olvidarme de todo. Cuando vuelva, busco trabajo de nuevo. Pero ahora… necesito aire.
Sofía le acarició el pelo.
—Andá. Tomate el tiempo que necesites. Acá te esperamos.
Hablaron hasta la madrugada. Valeria despotricó contra Santos, lloró un poco, rió de sus propias ilusiones rotas. Sofía la escuchó, la abrazó, le sirvió más vino. Cuando la amiga se quedó dormida en el sofá con una manta encima, Sofía recogió la mesa, lavó los platos y ordenó la cocina.
Ya en su habitación, se acostó mirando el techo. Valeria había cortado con seis años de relación tóxica en un día. Había tenido la fuerza de decir basta. Ella, en cambio, seguía cargando un amor de cinco años que no terminaba de morir. Por más que borrara números, por más que se prometiera distancia, un beso bastaba para desarmarla. Se giró de lado y cerró los ojos. Mañana sería otro día de trabajo, de Tiago, de rutina. Tenía que seguir adelante.