Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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La gata salvaje
Después de conocer al padre, la vida volvió a la rutina.
Sara continuó en el instituto lo más normal que se podía. Todos seguían observándola. Todos querían ser su amigo. Pero gracias a Carmen, había sobrevivido esos días.
Estaba tranquila en la biblioteca, buscando información para un trabajo, cuando Carmen entró gritando.
La bibliotecaria se levantó de un salto.
—¡Silencio! ¡Esta es una biblioteca, retírese!
Carmen pidió disculpas a media voz. Pero igual corrió hasta Sara, la jaló del brazo y le dijo:
—¡Sara, ven!
—¿Qué? ¿Qué pasó?
—¡Es Julian! ¡Julian se está peleando en el partido de básquet contra el Instituto Elite!
Sara salió corriendo.
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El gimnasio era un manicomio.
Julian, que había estudiado jiu-jitsu, había dejado fuera de combate al capitán de básquet del otro equipo con una patada en el aire que parecía de película. Pero nadie podía separarlo. Estaba realmente furioso. El árbitro pitaba y pitaba. Sus compañeros lo sujetaban de los brazos y no podían con él.
—¿Por qué está tan enojado? ¿Qué pasó? —preguntó Sara.
Un chico, sin notar que era ella, respondió:
—Es que el otro dijo que la novia de Julian era una zorra. Que la había visto vendiéndose en una esquina de noche. Que si la llevabas a un hotel cobraba ciento veinte. Que Julian era un imbécil por meterse con tremenda prostituta. Julian no lo soportó y se le fue a los golpes. Pero ese tipo se lo tiene merecido. ¿Quién lo manda a hablar así de una muchacha?
Sara se quedó fría.
—¿Qué?
Avanzó lentamente. Y todos la observaron. Empezaron los cuchicheos.
—¡Esa es la chica! ¡Es la zorra!
—¿Es verdad que cobra cien dólares la noche?
—Pues parece que sí, porque el otro jugador la está mirando.
Del lado del Instituto Elite, que había ido a alentar a su equipo, también la vieron.
—Sí, mira, esa es la zorrita. ¡La prostituta! Ja, ja.
Sara solo los observó. Y siguió adelante.
Llegó donde Julian. Le tomó la mano. Él la miró, con los nudillos pelados y el pecho agitado.
—¿Sara? ¿Qué haces aquí?
Sara tomó su mano y le dio un beso.
—Estas manos no están para golpear basura. Están para acariciar mi rostro.
Julian la soltó.
El capitán del Elite se levantó, malherido, escupiendo sangre.
—Eres un imbécil, Bradenford. Pero ya vas a ver. Le diré a mi padre y vas a pagar muy caro lo que me hiciste.
Julian ya estaba a punto de devolverle el golpe.
¡PUM!
Sara le clavó un mochilazo.
—¡Esto por haber insultado a Julian! ¿Quién te crees que eres, el hijo de rico más pato?
¡PUM! Otro golpe.
—¡Esto por decir que cobro cien dólares la noche! ¿Qué te crees, que por ser el capitán del equipo te voy a aguantar tus estupideces?
¡PUM!
—¡Esto por venir a insultarme en mi propia academia! ¿Qué te has creído? ¿Acaso yo voy a gritar en tu mansión que eres un pobre imbécil que no dura ni tres segundos en la cama?
¡PUM!
—Y esto porque me dio la gana, baboso.
Todos se quedaron impactados. Incluso Julian la miraba con un renovado respeto. Su frágil novia acababa de atacar al capitán del otro equipo.
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El director del Instituto Elite se acercó, rojo de indignación.
—¡Este comportamiento es deplorable! Voy a solicitar un castigo ejemplar. ¡Voy a hacer que te expulsen, Bradenford!
Julian ya estaba a punto de responderle. Pero Sara lo miró.
—¡Hágalo! —le dijo al director—. Y yo haré que su capitán, su estrella dorada, termine tras las rejas.
El director la observó.
—¿Qué estás hablando? ¿Calumnia? ¿Difamación? Además, él es menor de edad.
—Hay cámaras —replicó Sara, sin parpadear—. Hay cientos de testigos. Y acabas de difamar públicamente a una menor. Créeme: no quieres descubrir qué puede hacer un abogado con todo esto.
El capitán tragó saliva. Pero aún sacó pecho.
—¡Pero tú no sabes con quién te estás metiendo!
—Ni tú lo sabes, pedazo de escoria. Te crees mucho porque tu padre tiene poder. Porque tu padre tiene influencias. —Tomó la mano de Julian y la levantó—. Adivina qué: mi suegro también lo tiene. Y con un par de lágrimas mías, no solo tú, sino que seguro el maldito de tu padre también termina tras las rejas. Ah, pero esta me la voy a cobrar.
En ese momento, Julian tuvo que ser él quien contuviera a Sara.
—¡Sara, ven conmigo!
—¡No! ¡Suéltame! ¡Que lo mato a este desgraciado! ¡Déjame, déjame!
El director de la Elite la miró. Esta muchacha hablaba en serio. Y ¿cómo conocía tanto de leyes? Se acomodó los lentes y solo dijo:
—Vámonos.
—¡Pero director!
—Vámonos. Tus palabras para provocar a Bradenford están grabadas. Esta muchacha tiene razón: la difamaste y la calumniaste. Y se agrava por el hecho de que ella es menor de edad. Mejor larguémonos en este instante.
El capitán, furioso y malherido, tuvo que coger sus cosas y retirarse. Mientras, Sara le gritaba:
—¡Feo! ¡Animal! ¡Estúpido!
Y Julian, tirando de ella:
—Vamos, Sara, cálmate.
—¡No! ¡Suéltame! ¡Tengo que seguirle pegando a ese imbécil! ¿Qué se cree?
En el estadio, todos miraban a Sara.
—Ay, con razón... —dijo alguien—. Ahora entiendo por qué le gusta a Bradenford. Bradenford es un perro salvaje, pero su novia es una gata salvaje.
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Cuando por fin quedaron solos, detrás del gimnasio, Julian la miró. Tenía los nudillos pelados. Y una sonrisa que no le cabía en la cara.
—¿Sabes que acabas de defenderme a mochilazos, princesa?
—Alguien tenía que hacerlo, bebé. Tú ya habías hecho tu parte.
Julian rió. Una risa limpia. Y le tomó la cara entre las manos.
—Nadie había hecho algo así por mí. Nunca.
Sara sonrió. Pero por dentro, su mente de estratega ya estaba en otra parte.
Porque un rumor así no nace solo. Alguien lo plantó. Alguien pagó para que se esparciera. Y alguien quería verla caer.
> *Heroína...* —dijo el sistema, apareciendo sin confeti, con la voz seria—. *Tienes razón. Este rumor no surgió de la nada. Alguien lo financió.*
Sara sintió que la sangre se le enfriaba.
—¿Quién?
> *Esa información cuesta 1500 puntos. Actualmente tienes 1200.*
Sara apretó los puños. Miró a Julian, que todavía sonreía, ajeno a todo.
*Alguien quiere destruir lo que estamos construyendo*, pensó. *Y esta vez no voy a esperar a que me lo cuenten.*
—Sistema. Dame una misión. La que sea. Necesito esos 300 puntos.
> *Misión desbloqueada. Recompensa: 300 puntos. ¿Aceptas?*
—Acepto.