Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.
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Capítulo 24: Lo que Beatrice sí quiso decir
Beatrice Montclair descubrió que cuidar a Lord Nathaniel Ashford era una actividad mucho más difícil de lo que parecía.
No porque él fuera desagradecido.
No porque se resistiera con orgullo masculino exagerado, aunque tenía suficiente orgullo como para abastecer una cena familiar completa.
No.
El problema era peor.
Nathaniel Ashford no sabía cómo necesitar nada.
O, si lo sabía, lo disimulaba con tanta corrección que una podía confundirlo con compostura, educación o buena postura.
Beatrice lo descubrió una tarde en casa de los Ashford, cuando Lady Ashford la invitó a tomar té y Sebastián no hizo ningún comentario durante casi siete minutos.
Aquello fue la primera señal de alarma.
La segunda fue Nathaniel.
Estaba junto a la ventana del salón, escuchando a su madre hablar con Lady Agatha sobre la próxima colecta benéfica. A simple vista parecía el de siempre: impecable, serio, atento. Pero Beatrice ya había cometido el error de aprenderlo demasiado bien.
Su silencio no era el habitual.
Era más pesado.
Su hombro derecho estaba apenas más rígido. Su respuesta a Lady Ashford llegó medio segundo tarde. Y cuando Sebastián dijo algo sobre el cactus Horace y su “creciente madurez emocional”, Nathaniel no corrigió a su hermano.
Grave.
Muy grave.
Beatrice esperó a que Clara, que había acompañado a Lady Agatha con una cesta de costura olvidada por Lady Ashford, dejara la bandeja de té sobre la mesa.
Luego miró a Sebastián.
—Señor Ashford.
Sebastián levantó la vista con cautela.
—Señorita Montclair.
—Su silencio de esta tarde es inquietante.
—Estoy intentando madurar.
—No abuse de las palabras grandes.
—Eso me dicen mucho últimamente.
Beatrice miró a Nathaniel.
—¿Qué ocurre?
Nathaniel se volvió hacia ella.
—Nada.
Beatrice cerró el abanico.
—Qué respuesta tan decepcionante.
—Es exacta.
—No. Es breve. Hay una diferencia.
Sebastián se inclinó hacia Lady Agatha.
—Ella también lo nota.
—Por supuesto —respondió Lady Agatha—. Tiene ojos.
Nathaniel miró a su madre.
Lady Ashford dejó la taza con suavidad.
—Nathaniel recibió esta mañana una carta de lord Wexford sobre la colecta.
—Madre.
—No he dicho nada indebido.
—Todavía —murmuró Sebastián.
Beatrice observó a Nathaniel.
—¿Y esa carta logró lo imposible?
—¿Qué cosa?
—Agotar su paciencia.
Nathaniel no respondió enseguida.
Eso fue respuesta suficiente.
Lady Ashford suspiró.
—Lord Wexford ha decidido reorganizar varios asuntos ya acordados. Nathaniel pasó la mañana corrigiendo errores ajenos.
—Y la mitad de la tarde intentando no decir que eran errores ajenos —añadió Sebastián.
—Sebastián.
—Es verdad.
Beatrice miró a Nathaniel con una atención que a él pareció incomodarle más que la carta de lord Wexford.
—Entonces está cansado.
—Estoy bien.
—No dije herido de muerte. Dije cansado.
—No es nada importante.
—Lord Ashford, si una persona solo puede cansarse por asuntos importantes, la mitad de Valdoria estaría fresca como una lechuga.
Sebastián levantó un dedo.
—La duquesa de Bellhaven jamás permitiría comparaciones con lechugas en su círculo.
—La duquesa no está aquí.
—Ese es el tipo de oportunidad que construye reputaciones.
Lady Agatha tosió dentro de su taza.
Nathaniel, por fin, casi sonrió.
Casi.
No lo suficiente.
Beatrice se levantó.
—Vamos a caminar.
Nathaniel parpadeó.
—¿Perdón?
—Al jardín. Ahora.
—No quisiera abandonar a los demás.
Lady Ashford tomó el plato de pastelillos.
—Nos sacrificaremos.
Sebastián tomó uno.
—Con valentía.
Lady Agatha miró a Beatrice con evidente aprobación.
Beatrice fingió no verlo.
—Lord Ashford.
Nathaniel se levantó.
—Como quiera.
—No. Como quiera usted también. Estoy sugiriendo una caminata, no escoltándolo a prisión.
—En ese caso, sí. Caminemos.
—Mucho mejor.
Salieron al jardín Ashford.
El aire de la tarde estaba fresco. Los senderos eran ordenados, naturalmente. Incluso las plantas parecían conscientes de que pertenecían a una casa respetable y no debían crecer con exceso de entusiasmo.
Beatrice caminó junto a Nathaniel sin tomar su brazo.
No todavía.
Al principio ninguno habló.
Ella le permitió el silencio durante unos pasos.
Luego decidió que ya había sido generosa.
—No tiene que estar bien todo el tiempo.
Nathaniel miró al frente.
—Lo sé.
—No, no lo sabe. Lo dice como quien responde correctamente a una pregunta de catecismo.
La boca de Nathaniel se movió apenas.
—¿Hay una diferencia?
—Enorme.
Caminaron hasta una fuente baja, rodeada de hierbas aromáticas. El agua caía sin drama, lo cual Beatrice consideró una virtud rara.
Nathaniel se detuvo junto a ella.
—Solo fue una carta molesta.
—No hablo de la carta.
—¿No?
—No.
Beatrice miró el agua.
Era más fácil hablarle a la fuente que a él.
La fuente no la miraba como si cada palabra suya debiera ser recibida con cuidado.
—Usted cree que debe ser siempre útil —dijo—. Correcto. Paciente. Medido. El tipo de hombre que arregla apuestas desmiente rumores, acompaña sin empujar, espera con dignidad y además recuerda qué flores no deben usarse como declaración pública.
Nathaniel no dijo nada.
Ella siguió:
—Todo eso es muy amable.
—Pero.
—Pero es agotador incluso para mí, y yo solo lo observo.
El silencio que siguió no fue cómodo.
Tampoco fue hostil.
Fue el silencio de una puerta que empieza a abrirse y no está segura de querer admitirlo.
—No sé hacerlo de otra manera —dijo Nathaniel al fin.
La frase fue baja.
Sin adorno.
Sin defensa.
Beatrice volvió hacia él.
—Eso sí le creo.
Nathaniel miró sus manos.
—Mi padre creía que la confianza se demostraba siendo firme. Mi madre nos dio ternura, pero también esperaba que yo estuviera preparado. Sebastián podía permitirse ser ligero porque alguien debía mantenerse estable.
Beatrice escuchó sin interrumpir.
Aquello también era una forma de cuidado, descubrió.
No responder rápido.
No convertir su dolor en una frase útil.
—Y luego crecí —continuó Nathaniel—, y la estabilidad se volvió costumbre. Después reputación. Después obligación. Y quizá, en algún punto, empecé a creer que, si no era útil, no sabía muy bien qué quedaba de mí.
Beatrice sintió que algo se le apretaba en el pecho.
No le gustó.
Le pareció profundamente inconveniente querer golpear a todo un sistema educativo con un abanico.
—Queda usted —dijo.
Nathaniel levantó los ojos.
—Beatrice.
—No diga mi nombre así. Estoy intentando ser sensata.
—Lo siento.
—Tampoco se disculpe por existir en mitad de una frase difícil.
Él respiró.
Ella extendió la mano.
No mucho.
Solo lo suficiente para que él pudiera verla.
—Usted no tiene que ser siempre fuerte para merecer que alguien se quede.
Nathaniel miró la mano de ella.
Como si fuera una pregunta.
Como si fuera una respuesta.
Como si no supiera qué hacer con algo que no estaba ofreciendo él primero.
Beatrice tragó.
—Y no tiene que ser siempre útil para ser elegido.
Aquella palabra quedó entre ambos.
Elegido.
La misma que los había llevado hasta allí.
La misma que había salvado la cinta verde de convertirse en símbolo ajeno.
Nathaniel no tomó su mano de inmediato.
Por una vez, Beatrice no lo apuró.
Lo dejó mirar.
Lo dejó entender.
Lo dejó necesitar unos segundos.
Finalmente, él aceptó la mano.
Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella con cuidado, pero también con cansancio. Con una honestidad pequeña que no habría mostrado delante de todo Valdoria.
Beatrice sintió que su propia respiración cambiaba.
No por nervios.
Por algo peor.
Ternura.
—Esto no cuenta como rescate —dijo ella, porque necesitaba salvar algo de su orgullo.
Nathaniel bajó la mirada hacia sus manos unidas.
—No.
—Ni como caridad.
—No.
—Ni como uno de esos gestos que Lady Harcourt podría convertir en un poema sobre la fuente.
Nathaniel casi sonrió.
—Eso no depende de nosotros.
—Entonces jamás debemos contárselo.
—De acuerdo.
Beatrice apretó un poco su mano.
—Puede cansarse conmigo.
Nathaniel cerró los ojos un instante.
Solo un instante.
Pero Beatrice lo vio.
Y, por una vez, no hizo una broma.
Él abrió los ojos.
—No sé si sabré hacerlo bien.
—No tiene que hacerlo bien.
—Eso le parecerá muy frustrante.
—Probablemente.
—¿Y aun así?
Beatrice miró la fuente.
Luego su mano en la de él.
Luego a Nathaniel.
—Aun así.
La respuesta no fue una declaración.
No todavía.
Pero tuvo peso.
Nathaniel la recibió como si hubiese sido una.
—Gracias —dijo.
—No suene tan solemne. Solo le estoy concediendo permiso para ser imperfecto. Valdoria sobrevivirá al escándalo.
—¿Y usted?
—Yo ya convivo con mi propia imperfección desde hace años. Tengo experiencia.
Él sonrió entonces.
No una sonrisa pública.
No una sonrisa controlada.
Una sonrisa cansada, suave, agradecida.
Beatrice sintió que esa sonrisa era más peligrosa que cualquier casi beso.
—Ahí está —dijo.
—¿Qué?
—Usted. Un poco menos archivado.
Nathaniel soltó una risa baja.
—No sabía que estaba archivado.
—Lord Ashford, usted nació con índice.
—Eso suena severo.
—Es una observación cariñosa.
Se quedó inmóvil.
Demasiado tarde advirtió lo que había dicho.
Nathaniel también.
La palabra cariñosa flotó entre ambos con una impertinencia insoportable.
Beatrice soltó su mano.
—No se ponga satisfecho.
—No.
—Ni sentimental.
—Intentaré no hacerlo.
—Ni mencione esa palabra.
—¿Cariñosa?
—Lord Ashford.
—No la mencionaré.
Pero estaba sonriendo.
Naturalmente.
Y se notaba.
Sebastián apareció al final del sendero con un pastelillo en la mano.
—Madre pregunta si siguen vivos o si debo inventar una explicación aceptable para la sociedad.
Beatrice cerró los ojos.
—Una vez. Solo una vez quisiera terminar una conversación sin que su hermano aparezca con comida.
Sebastián miró el pastelillo.
—Este no es para interrumpir. Es para protección emocional.
Nathaniel se volvió hacia él.
—Sebastián.
—Muy bien. No preguntaré por qué ambos parecen haber tenido una escena seria junto a una fuente. Aunque debo decir que el lugar fue elegido con gusto.
Beatrice señaló el sendero.
—Regrese al salón.
—¿Con el pastelillo?
—Especialmente con el pastelillo.
Sebastián hizo una reverencia.
—Como ordene. Aunque, Nathaniel, te ves menos como una puerta cerrada.
Nathaniel se quedó quieto.
Beatrice miró a Sebastián.
—¿Qué?
Sebastián levantó ambas manos.
—Nada. Una observación fraternal. Me retiro antes de que alguien use la fuente para ahogarme.
Se marchó.
Beatrice miró a Nathaniel.
—¿Puerta cerrada?
Nathaniel respiró con resignación.
—Sebastián cree que antes parecía un hombre intentando sostener una puerta cerrada.
—Qué raro.
—Sí.
—También bastante exacto.
Nathaniel la miró.
Beatrice sonrió apenas.
—Dígale que no se acostumbre a tener razón.
—Se lo digo a menudo.
Regresaron al salón unos minutos después.
Lady Ashford no preguntó nada.
Lady Agatha tampoco.
Eso fue casi peor.
Sebastián, por supuesto, parecía estar muriendo de autocontrol.
—Qué paseo tan saludable —dijo Lady Ashford.
—Muy saludable —respondió Beatrice.
Lady Agatha miró a Nathaniel.
—Se ve mejor, Lord Ashford.
Nathaniel inclinó la cabeza.
—La señorita Montclair fue muy clara.
—Suele serlo —dijo Lady Agatha.
—No siempre —murmuró Beatrice.
Nathaniel la oyó.
Ella lo supo porque sonrió apenas.
Cuando llegó la hora de marcharse, Nathaniel acompañó a Beatrice hasta la entrada.
—Beatrice.
Ella se detuvo.
—Sí.
—Quise decir algo más en el jardín.
—Qué alarmante. ¿Lo dirá ahora?
—Sí.
Beatrice tomó aire.
—Adelante.
Nathaniel no parecía completamente cómodo.
Eso, descubrió ella, la conmovió.
—Cuando dijo que podía cansarme con usted —dijo él—, me hizo sentir menos solo.
Beatrice no supo qué contestar.
No porque no tuviera respuesta.
Porque tenía demasiadas.
Y ninguna era segura.
—Eso fue demasiado —dijo al fin.
—Lo sé.
—No se disculpe.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
Hubo una pausa.
Beatrice miró hacia el salón, donde Sebastián fingía no mirar y fallaba con dedicación heroica.
Luego volvió a Nathaniel.
—Puede decirme cosas así —dijo.
—¿Sin que huya?
—No he prometido no huir. Solo que quizá no llegue muy lejos.
Nathaniel sonrió.
—Lo tendré presente.
—Y si se cansa…
La frase le costó más de lo que esperaba.
Pero siguió.
—Si se cansa, no tiene que esperar a estar perfecto para venir.
A Nathaniel se le suavizó la expresión de una forma que casi la hizo arrepentirse por pura defensa.
—Gracias.
—No abuse. Estoy teniendo una tarde generosa.
—La recordaré.
—No la archive.
—Intentaré no hacerlo.
—Mentira.
—Sí.
Beatrice sonrió.
Luego salió.
En el carruaje, Lady Agatha no dijo nada durante casi una calle.
Beatrice tampoco.
Finalmente, su tía preguntó:
—¿Todo bien?
Beatrice miró por la ventanilla.
—Creo que sí.
—Qué respuesta tan poco dramática.
—Estoy practicando.
Lady Agatha sonrió.
—¿Y Lord Ashford?
Beatrice pensó en su mano. En su cansancio. En su sonrisa menos archivada. En la forma en que había dicho que se sentía menos solo.
—También practica —dijo.
Esa noche, Beatrice encontró la cinta verde sobre el tocador.
Visible.
Reparada.
La miró largo rato.
Luego la tomó.
No para ponérsela.
Solo para sentir la tela entre los dedos.
—No tiene que estar perfecto —murmuró.
No supo si hablaba de Nathaniel.
De ella misma.
O de aquello que crecía entre ambos, lleno de marcas, pausas, torpezas y reparaciones.
Quizá de todo.
Clara apareció en la puerta.
—¿Desea que la guarde, señorita?
Beatrice miró la cinta.
—No.
—Visible.
—Visible.
Clara asintió.
—Muy bien.
Cuando la puerta se cerró, Beatrice dejó la cinta otra vez sobre el tocador.
No era una promesa.
Pero ya tampoco era solo una cinta.
Era una cosa imperfecta que había decidido conservar.
Y esa noche, por primera vez, Beatrice pensó que quizá algunas personas también podían ser elegidas así.
No porque no tuvieran marcas.
Sino porque una aprendía dónde mirar y seguía queriendo quedarse.