Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 21 HILOS DE SOSPECHA
La noche cayó sobre Manhattan envolviendo el ático del Upper East Side en una penumbra pacífica. Tras la tensa jornada en la torre de Vanguard Textiles, la inmensidad del salón acristalado se sentía como un búnker de tregua. Cristine se encontraba de pie junto a la isla de la cocina de diseño, vistiendo una sudadera gris holgada de Queens que contrastaba drásticamente con la sofisticación del vestido verde esmeralda del día anterior.
James entró al salón arrastrando los pies por el cansancio. Se había quitado la corbata del esmoquin y sostenía un vaso de bourbon con hielo, pero al ver a Cristine con la mirada fija en el infinito, sus ojos claros se llenaron de una sutil curiosidad.
—Has dejado a Sara rabiando en la planta de diseño, mi vida —habló Jacob con una voz profunda, ronca por la fatiga, esbozando una sonrisa de sutil orgullo—. Marcos me ha dicho que la jefa de taller se quedó de piedra al ver el protocolo de cifrado de tu ordenador. Tu hermano informático os ha blindado bien.
Cristine dio un sorbo a su taza de té, girándose despacio para mirarlo a los ojos. En sus facciones limpias no había la alegría de la victoria; había una seriedad analítica que encendió las alarmas de Jacob.
—No ha sido solo el blindaje de Richard lo que ha frenado a Sara hoy, Jacob —confesó Cristine con una firmeza que heló el ambiente—. Ha sido mi propia confirmación. Sé perfectamente lo que Sara buscaba en mi despacho. Y sé con quién está trabajando en las sombras para intentar hundirme en la empresa.
Jacob dejó el vaso de bourbon sobre la encimera con un golpe seco, entornando sus ojos claros con una rigidez ejecutiva.
—¿De qué estás hablando, Cristine? Sara es sibilina, pero actúa por el despecho de las acciones de su padre.
—Sara no actúa sola, Jacob —le espetó Cristine, dando un paso hacia él—. Hoy, cuando Sara entró a mi despacho fingiendo esa tregua diplomática, traía consigo un perfume francés empalagoso de alta gama. Un aroma muy exclusivo que se vende en una sola boutique de la Quinta Avenida. Durante los dos años que estuve con Mikel, él usaba exactamente esa misma fragancia. Pero eso no es lo único.
Cristine cruzó los brazos, y la dignidad de su sangre de Queens brilló con fuerza en sus ojos marrones.
—Sara sabía detalles exactos de mis prácticas de fin de grado y del barrio donde viven mis padres. Cosas que yo jamás mencioné en la cena de Long Island y que solo una persona en todo Nueva York conocía: Mikel. Mi exnovio es el heredero de una firma textil menor que necesita mis diseños para salvarse de la bancarrota y Sara quiere recuperar tu compromiso a cambio del control accionarial de David. Han cruzado sus caminos, Jacob. Tu exnovia y mi exnovio están compinchados para tejer un boicot masivo contra mi primera colección de seda.
Un silencio sepulcral cayó sobre la cocina del ático. Jacob asimiló las palabras de su esposa de mentira a la velocidad del rayo. Su mente empresarial, acostumbrada a detectar fraudes multimillonarios, reconoció la lógica impecable de la deducción de Cristine. La furia asesina regresó a sus ojos claros, pero esta vez venía mezclada con una oleada de salvaje admiración por la inteligencia de la joven diseñadora junior.
—Malditos miserables… —siseó Jacob con una voz de acero que hizo vibrar el cristal del salón—. Mikel se cree muy listo intentando meter las manos en las entrañas de Vanguard Textiles usando el despecho de Sara. Si creen que una alianza de club nocturno va a tumbar la presidencia que mi padre me ha prometido, están muy equivocados.
Jacob dio un paso al frente, reduciendo la distancia que lo separaba de Cristine a milímetros. El calor de su presencia imponente la envolvió de golpe, haciendo que a la chica se le acelerara el pulso de forma peligrosa.
—Has estado increíble uniendo los cabos, Cristine. Pero esto cambia las reglas del juego. Ya no estamos lidiando con un simple berrinche de pasarela; estamos ante un intento de espionaje industrial corporativo. A partir de mañana, Marcos duplicará la seguridad privada alrededor de la cafetería de tus padres en Queens. No voy a permitir que ese don nadie de Mikel se acerque a tu familia para presionarte.
Antes de que Cristine pudiera responder o que la peligrosa atracción física que latía entre ambos volviera a encenderse en la penumbra del salón, el ordenador portátil que Cristine tenía abierto sobre la mesa del comedor emitió un pitido agudo, rítmico y estridente. Una luz roja intermitente comenzó a parpadear en la pantalla.
Era el sistema de seguridad militar que Richard había configurado desde la biblioteca de la NYU.
Cristine corrió hacia la mesa, con Jacob pegado a su espalda. En la pantalla, un cuadro de diálogo parpadeaba con letras mayúsculas de aviso de ciberseguridad: “¡ALERTA DE INTRUSIÓN: INTENTO DE ACCESO REMOTO EXTERNO EN LOS SERVIDORES DE LA COMPAÑÍA DESDE UN TERMINAL CLONADO!”
El teléfono móvil de Cristine vibró en su mano un segundo después. Era el informático justiciero.
—¿Richard? ¡Acaba de saltar la alarma en el salón! —exclamó Cristine con el corazón a mil por hora.
—¡Lo tengo localizado, hermana! —la voz de Richard sonaba acelerada, con el tecleo frenético de sus dedos resonando de fondo—. Alguien está intentando usar las credenciales de la asistente de Sara para infiltrarse de forma remota en los servidores de diseño de la Quinta Avenida a estas horas de la noche. Están buscando el archivo fantasma donde guardas los bocetos extras de la seda. Pero el software que les metí ha bloqueado el ataque en el cortafuegos. Les he clonado la dirección IP del terminal desde el que operan.
Jacob se inclinó sobre el hombro de Cristine, clavando sus ojos claros en los códigos de encriptación que Richard estaba enviando a la pantalla. Su voz bajó a un tono de acero, letal y autoritario.
—Richard, soy Jacob. Dame esa dirección IP ahora mismo. Quiero saber desde dónde están intentando hackear mi empresa.
—Vaya, el pijo de la Quinta Avenida está despierto —soltó Richard con su habitual audacia juvenil, pero sin perder la concentración—. La señal viene de un módem privado registrado a nombre de la firma textil de la familia de Mikel, en un despacho del Soho. Están metidos en el ajo juntos, Fernández. Tal y como mi hermana sospechaba.
Jacob apretó los puños con una fuerza descomunal, y el reloj de plata de Austin brilló en su muñeca bajo la luz artificial. Miró a Cristine, cuyos ojos marrones reflejaban una mezcla de tensión y resolución indomable. Los villanos habían movido su primera ficha digital y el escudo informático de Queens la había salvado de la trampa. La farsa obligatoria del matrimonio se había transformado formalmente en una guerra total por el control del imperio textil de Nueva York, y unidos bajo el mismo techo del Upper East Side, el heredero de Vanguard Textiles y la diseñadora junior acababan de encender las luces del contraataque que destrozaría la impunidad de Mikel y Sara para siempre.