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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El mismo rostro

Manchester recibió a Mozart con un cielo gris y una lluvia fina que no terminaba de caer.

Clara conducía hacia el alojamiento mientras él miraba la ciudad por la ventana. Edificios oscuros, tráfico, gente con paraguas. Nada que ver con el sol de Grecia.

—¿Falta mucho?

—Unos veinte minutos.

Mozart suspiró.

—Podríamos habernos quedado en el centro.

—Prefiero que descanses. Las audiciones son importantes.

—No pienses demasiado en el resultado —añadió Clara, como si le leyera el pensamiento.

—¿Y si no gano?

—Entonces habrás aprendido algo.

—¿Y si gano?

Clara sonrió.

—Entonces celebraremos.

—Me gusta más esa opción.

---

Al día siguiente, Mozart terminó su primera sesión de práctica. Había pasado tres horas tocando, con los dedos entumecidos y la chacona de Bach dándole vueltas en la cabeza. Cuando salió del edificio, dos compañeros del programa lo esperaban en la acera.

—¿Vamos a comer?

—Sí. Muero de hambre.

Caminaron por una calle cercana al conservatorio. Mozart llevaba el estuche del violín al hombro y escuchaba a medias una discusión sobre qué pieza elegir para la segunda ronda.

Entonces lo vio.

Al otro lado de la calle había una cancha de fútbol. Un grupo de muchachos jugaba un partidillo, gritándose, empujándose, riendo. Mozart se quedó mirando. Solo unos segundos. Pero fueron suficientes para que uno de sus compañeros le diera un codazo.

—¿Vienes o te quedas a ver el espectáculo?

—Voy.

Siguió caminando. Pero justo cuando pasaban junto a la cancha, un balón salió disparado y golpeó a su compañero en la espalda con un golpe seco.

—¡Ay!

El balón rodó hasta los pies de Mozart. Desde la cancha estallaron las risas.

—¡Ey, ustedes! —Uno de los jugadores levantó las manos—. ¡Devuélvannos el balón!

—¡Por si acaso sabe patear! —gritó otro.

—¡O con la mano, músico! ¡Con la mano!

Las risas aumentaron. El compañero de Mozart se agachó para recoger el balón, pero Mozart fue más rápido. Lo levantó. Lo sostuvo un momento.

—¡Vamos, músico! ¡Lánzalo!

Mozart bajó la mirada hacia la pelota. Después la colocó en el suelo. Retrocedió tres pasos.

—Mozart, no… —empezó su compañero.

Tomó impulso.

El balón salió disparado. Cruzó la distancia a una velocidad absurda y golpeó directamente en el pecho del muchacho que había estado burlándose. El jugador cayó al suelo con un gruñido.

La cancha quedó en silencio.

—¿Qué demonios fue eso? —murmuró alguien.

Mozart se encogió de hombros.

—Me pidieron que devolviera el balón.

El muchacho del suelo se levantó furioso. Era alto, moreno, con una camiseta de entrenamiento manchada de hierba. Caminó hacia Mozart con los puños apretados.

—¿Qué te pasa, imbécil?

—Lo mismo te pregunto a ti. Ustedes lanzaron contra nosotros.

—¡Fue un accidente!

—¿Y si hubieras herido a alguien?

—¡Tú me heriste a propósito!

—Porque te estabas burlando.

El muchacho agarró la camiseta de Mozart. Mozart sujetó la suya. Se empujaron. Los demás intentaron intervenir.

—¡Ya déjalo!

—¡No vale la pena!

Pero ninguno de los dos escuchaba. Estaban demasiado cerca. Furia contra furia. Nariz contra nariz.

Y entonces se miraron.

De verdad.

Y el mundo se detuvo.

Tenían el mismo rostro. Los mismos ojos. La misma nariz. La misma mandíbula. Incluso aquella expresión de rabia era idéntica, como si alguien hubiera copiado una cara y la hubiera pegado en otro cuerpo.

Mozart soltó la camiseta. El otro hizo lo mismo. Al mismo tiempo. Con el mismo gesto.

Se observaron de arriba abajo. La ropa era diferente. El cabello también. Pero sus rostros eran prácticamente idénticos.

—¿Por qué te pareces a mí? —preguntó Mozart.

—¡Yo iba a preguntarte lo mismo!

Uno de los jugadores soltó una carcajada nerviosa.

—Esto parece una película.

—No tiene gracia —dijo Mozart.

—No tiene ninguna gracia —repitió el otro.

Mozart negó con la cabeza. El otro hizo exactamente el mismo gesto.

—No hagas lo mismo que yo.

—¡No me estés remedando!

—¡Tú no me remedes!

Los demás comenzaron a reír. Ambos se volvieron hacia ellos.

—¡Cállense!

Lo dijeron al mismo tiempo. Con la misma entonación. Se miraron. Y, contra toda lógica, comenzaron a reír. Era demasiado absurdo para hacer otra cosa.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Mozart cuando recuperó el aliento.

—Ronaldhino.

Mozart arqueó una ceja.

—Es un nombre bastante peculiar.

Ronaldhino sonrió.

—Y tú te llamas Mozart.

—Touché.

Un silencio. Se miraron otra vez. La risa se fue apagando y en su lugar quedó algo más pesado. Algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.

—¿Tocas algún instrumento? —preguntó Mozart, señalando el estuche que llevaba al hombro.

Ronaldhino miró el estuche. Después señaló el suyo propio, que estaba junto a la cancha, apoyado contra la valla.

—Violín.

Mozart se quedó inmóvil.

—Yo también.

Se miraron. El silencio se hizo más denso.

—Esto no tiene sentido —murmuró Mozart.

—Finalmente estamos de acuerdo en algo.

Se separaron poco después. No intercambiaron números. No hicieron planes. Solo se despidieron con un gesto torpe, como dos personas que acaban de ver algo imposible y no saben si hablar de ello o fingir que no ocurrió.

Pero ambos caminaron varias calles sin dejar de pensar en el otro.

---

Esa noche, Mozart regresó al alojamiento. Clara estaba revisando unas partituras en la mesa del salón.

—¿Cómo estuvo tu día?

—Bien.

Clara levantó la mirada.

—¿Solo bien?

—Muy bien.

Ella volvió a sus papeles. Mozart dejó el estuche en su habitación y cerró la puerta. Se sentó en la cama. Miró sus manos.

No dijo nada sobre el muchacho. No sabía por qué. Quizá porque no sabía cómo explicarlo. *"Mamá, conocí a un chico que tiene exactamente mi cara."* Sonaba absurdo. Así que decidió guardárselo.

Al otro lado de la ciudad, Ronaldhino llegó a casa. Emmet estaba en la sala, viendo repeticiones de un partido en la televisión.

—Llegas tarde.

—Lo siento. Entrenamiento largo.

Emmet lo observó.

—¿Todo bien?

Ronaldhino dudó.

—Sí.

Dejó el estuche del violín junto a la puerta y subió las escaleras. No mencionó al extraño. Ni el parecido. Ni el nombre. Ni el violín.

Aquella noche, dos muchachos se acostaron en camas distintas, en calles distintas, mirando techos distintos.

Dos muchachos que no sabían que eran hermanos.

Dos muchachos que acababan de verse la cara en la cara del otro.

Y mientras ambos intentaban convencerse de que había sido una coincidencia, una casualidad imposible, nada más…

El secreto que Clara y Emmet habían protegido durante dieciséis años acababa de encontrar su primera grieta.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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