Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor
Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.
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Eligiendo un pastel
Las dos familias estaban reunidas en _Pasticceria De Santis_, la pastelería más famosa de Milán. No era una pastelería cualquiera, era una institución. Mesas de mármol blanco, vitrinas iluminadas llenas de postres que parecían joyas y un olor a mantequilla y vainilla que te hacía perdonar cualquier cosa.
Cualquier cosa, menos llegar tarde.
Todos estaban. Los padres de Thiago, Adriano y Valentina , impecablemente vestidos y ya en su segunda taza de espresso. Los padres de Luna, con esa cara de "yo les dije que saliéramos antes". La hermana de Thiago, los tíos. Todos, menos dos: la novia y un hermano de la novia.
El reloj de la pared marcaba las 2:50 p.m.
Thiago no dejaba de mirar el suyo. Caminaba en círculos alrededor de la mesa reservada, con la mandíbula apretada. Su traje azul marino estaba perfecto, pero él se veía a punto de desabrocharse el cuello de la camisa de la desesperación.
— Lleva una hora. Una hora exacta — murmuró, viendo su celular por décima vez. Sin mensajes.
Adriano, su padre, intentó calmarlo poniéndole una mano en el hombro.
— Hijo, tráfico en Milán, ya sabes. Tranquilo.
— No, papá. Luna no tiene tráfico. Luna ES el tráfico — contestó Thiago, enojado y desesperado. Su obsesión por la puntualidad era legendaria en la familia. Para él, llegar tarde era una falta de respeto.
Justo a las 3:20 p.m., la campanita de la entrada sonó.
Luna entró como si estuviera en una pasarela. Con una sonrisa enorme, radiante, el pelo suelto, unas gafas de sol en la cabeza aunque estaba nublado, y detrás de ella... Mateo. Su hermano, sudando, cargando al menos siete bolsas de tiendas distintas. Zara, Sephora, Louis Vuitton, una bolsa que decía claramente _La Perla_.
Thiago se quedó helado.
— ¡Por fin! — dijo Mateo, dejando caer las bolsas en el suelo. — Dile a tu prometida que fue su culpa. ¡Me hizo de mula de carga!
— ¿Mateo, llegan tarde? — soltó Thiago, con la voz contenida.
— ¡Dile a tu prometida! Porque decidió que era un buen momento para pasar por unas tiendas a comprar ropa — se quejó Mateo, desplomándose en una silla.
Luna se quitó las gafas con toda la calma del mundo y le dio un beso en la mejilla a Thiago, que ni se movió.
— Ay, cariño, relájate un poco. Solo son pocos minutos tarde — dijo Luna, con esa voz dulce que usaba cuando sabía perfectamente lo que hacía.
Thiago explotó por fin.
— ¿Pocos minutos, Luna? ¡Son 90 minutos de atraso! ¡Noventa!
Luna abrió los ojos, fingiendo una sorpresa magistral.
— ¿90? No, amor. Yo tengo aquí que la cita la teníamos a las 3:20 p.m. — dijo sacando su celular.
— No. La cita era a la 1:50 — la corrigió Thiago entre dientes.
Se hizo un silencio incómodo. Valentina , la madre de Thiago, carraspeó. Los padres de Luna se miraron con cara de "aquí vamos de nuevo".
Fue Adriano quien rompió el hielo, con la paciencia de un santo.
— Ya no importa si llegó tarde o temprano, lo importante es que ya están aquí — dijo, sonriendo a Luna para suavizar el ambiente —. Hijo, ya no te enojes. Se te va a arrugar el traje.
Luna aprovechó el salvavidas y se colgó del brazo de Thiago. Le susurró solo para que él la oyera, con un toque de sarcasmo delicioso:
— Mi amor, lo importante es que ya estoy aquí. Y te extrañé viéndote enojado, te pones muy guapo cuando te obsesionas.
Thiago quiso seguir enojado, pero no pudo. La conocía. Sabía que lo había hecho a propósito, solo para verlo perder la compostura por su manía con la puntualidad. Era su juego favorito desde que eran Mejores amigos .
— Bien, vamos a escoger pasteles — dijo Luna aplaudiendo, como si nada hubiera pasado.
En ese momento se acercó la chef pastelera, una señora italiana llamada Signora Rossi, con una libreta de cuero.
— _Finalmente, gli sposi!_ Los novios. Tengo cinco propuestas especiales para ustedes, basadas en lo que nos dijo el señor Thiago.
Y puso sobre la mesa cinco mini pasteles de degustación, cada uno una obra de arte.
*LAS OPCIONES:*
*1. El Clásico de Thiago:* Bizcocho de vainilla de Madagascar, relleno de crema diplomática y frutos rojos frescos, cubierto con buttercream blanco liso y perlas comestibles. Elegante, puntual, perfecto. Como lo quiere Thiago.
*2. El Caos de Luna:* Bizcocho de terciopelo rojo intenso, relleno de cheesecake de maracuyá y ganache de chocolate blanco, cubierto con betún de queso crema y manchas de color dorado y rosa. Impredictible y dulce. Como Luna.
*3. El Milano:* La especialidad de la casa. Bizcocho de pistache de Bronte, relleno de crema de pistache y frambuesa, con una capa crujiente de praliné y cubierto con un glaseado espejo verde esmeralda. Sofisticado y caro.
*4. El Pecado Nocturno:* Tres capas de bizcocho de chocolate amargo 70% Valrhona, relleno de dulce de leche salado, ganache de café espresso y whisky, cubierto con chocolate negro mate. Intenso y para adultos.
*5. El de Compromiso:* Un pastel de dos pisos. Abajo, la mitad vainilla y la mitad chocolate, para que nadie pelee. Arriba, todo blanco. Relleno de crema de avellanas y Nutella. Con flores naturales. El que elige toda familia que no se pone de acuerdo.
Todos se inclinaron sobre la mesa. Mateo ya tenía la cuchara en la mano.
Luna miró a Thiago, tomó su mano y con una sonrisa pícara le dijo:
— A ver, señor, puntualidad, ¿cuál vamos a probar primero?
Luna tomó la cucharita más pequeña de la mesa y la levantó como si fuera a hacer un brindis.
— Regla número uno de esta familia: si vamos a pelearnos por un pastel, que sea con la boca llena.
Mateo no esperó invitación. Atacó directamente el número 4, El Pecado Nocturno.
— Mmm... Dios mío — gimió con los ojos cerrados —. Este pastel debería ser ilegal. Sabe a resaca cara y a buena decisión. Voto por este.
Valentina , la madre de Thiago, probó con delicadeza el número 1, El Clásico.
— Este es perfecto, hijo. Elegante. No falla. Es el que se ve bien en las fotos, el que le gusta a todo el mundo. Es seguro.
— Exacto — dijo Thiago, por fin sentándose y aflojándose un poco la corbata —. Es una boda, no un experimento. Tiene que ser atemporal. Probemos ese.
Luna puso los ojos en blanco y sin pedir permiso cortó un pedazo generoso del número 2, El Caos de Luna. El rojo intenso manchó el plato blanco.
— ¿Seguro? ¿Atemporal? Amor, vamos a casarnos, no a inaugurar un banco — le dijo, metiéndose el bocado en la boca. Se le escapó un pequeño suspiro —. Ay, no. Thiago, prueba esto. Sabe a vacaciones y a mala idea que sale bien.
Thiago la miró, dudando. Ella acercó la cucharita a su boca. Muy cerca.
— No me hagas chantaje emocional con azúcar, Luna.
— Siempre funciona — susurró ella.
Thiago probó a regañadientes. El contraste del cheesecake ácido de maracuyá con el chocolate blanco lo hizo cerrar los ojos por un segundo. A su pesar, sonrió.
— Está... bueno. Está desordenadamente bueno.
— ¡Lo ves! — gritó Luna triunfante —. Como yo.
La Signora Rossi, que observaba todo como si fuera una obra de teatro, intervino con su acento marcado:
— Veo el problema. Ustedes dos no quieren el mismo pastel. Él quiere orden. Ella quiere historia. Entonces, les propongo esto.
Señaló el pastel número 3 y el 5.
— El Milano es el favorito de las novias de Milán este año. Pistache y frambuesa. Es caro, sí, pero nadie lo olvida. Y el de Compromiso... bueno, es el que salva matrimonios antes de que empiecen.
Adriano, que hasta ahora solo había probado café, tomó la palabra mientras partía el de pistache.
— Yo les voy a decir algo. Llevo 30 años casado con tu madre, Thiago. Y aprendí que en una boda, el novio cree que elige el pastel. Pero en realidad, elige no pelear por el pastel.
Todos se rieron, incluso Thiago.
— Papá, no me ayudas.
— Yo voto por el Milano — dijo la madre de Luna de repente, que no había hablado en toda la tarde —. Si mi hija va a llegar tarde a su propia boda, al menos que el pastel llegue a tiempo y sea bonito.
— ¡Mamá!
Luna se giró hacia Thiago, y por primera vez en la tarde su tono dejó el juego y se puso serio, pero suave. Le tomó ambas manos por encima de la mesa llena de migajas.
— A ver, señor puntualidad. Dime la verdad. ¿Cuál te hace sentir que nos estamos casando nosotros dos y no dos familias que quieren quedar bien?
Thiago la miró. A ella, con las mejillas manchadas un poco de betún rosa, con las bolsas de compras tiradas en el suelo, 90 minutos tarde y sin una pizca de arrepentimiento.
Suspiró. Derrotado. Enamorado.
— El 2 — admitió en voz baja —. El tuyo. El Caos. Pero con una condición.
— ¿Cuál?
— Que por dentro sea mitad y mitad. Tu caos por fuera, mi clásico por dentro. Vainilla y frutos rojos abajo para que no se nos desmaye tu tía diabética, y tu terciopelo rojo con maracuyá arriba, para nosotros.
Luna se quedó en silencio un segundo y luego le plantó un beso sonoro, con sabor a frambuesa y pistache, delante de todos.
— Trato. Un pastel bipolar, como nosotros.
Mateo levantó su cucharita como si fuera una copa.
— Entonces, ¿ya podemos pedir el segundo plato de degustación? Porque por 90 minutos de espera, yo merezco llevarme uno entero a casa.
Y mientras la Signora Rossi anotaba: _"Base clásica, corazón caótico. Glaseado blanco con manchas doradas y rosas"_, las dos familias por fin respiraron aliviadas. Habían sobrevivido a la prueba del pastel.