Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 18 — Lo que el cuerpo empieza a decir (Maratón 1/5)
Samantha
Entré al aula con algo de prisa, pero Clara ya estaba ahí, esperándome como siempre con esa sonrisa de quien parece saber más de lo que dice.
—Llegaste justo a tiempo —dijo—. Ya casi entra el profesor Herrera. O Gabriel, en tu caso.
—Shhh, no empieces —le respondí, riendo por lo bajo y deseando que nadie nos escuchara.
—Por favor —añadió con una sonrisa traviesa—. Si a mí me dijera “puedes llamarme Julián”, yo ya estaría repitiéndolo en todos los tonos. Y no solo su nombre.
La miré con los ojos bien abiertos.
—¡Clara!
—¿Qué? Tenemos veintidós años. Podemos pensar lo que queramos.
No respondí. Solo sonreí. Pero en silencio… esa imagen se quedó flotando.
No de Clara.
De él.
Gabriel.
Entró puntual. Como siempre.
Camisa blanca con las mangas arremangadas, cuaderno bajo el brazo, cabello ligeramente despeinado, como si se lo hubiera acomodado con los dedos justo antes de entrar.
Y por primera vez… lo miré diferente.
Me fijé en cómo se abría la camisa apenas en el cuello.
En la forma en que se movía.
En la tensión de los músculos bajo la tela.
Me pregunté, sin querer, cómo se vería con una camiseta ajustada… o sin ella.
Y esa idea encendió mi piel.
No podía creer que estuviera pensando en eso.
Yo. Que siempre me escondo detrás de ropa suelta.
Que me incomoda ser mirada.
Que me da vergüenza admitir lo que quiero.
Pero hoy, al verlo así…
sentí otra cosa.
No solo admiración.
Deseo.
Físico. Real.
Directo y nuevo.
Durante la clase, lo observaba más de lo que debería.
La forma en que hablaba.
Cómo se inclinaba sobre los escritorios para revisar los trabajos.
Sus manos.
Su voz.
Y sin que lo decidiera, mi mente empezó a imaginar.
Imágenes que no estaban en el cuaderno.
Escenas que no tenían nada que ver con diseño gráfico.
Cómo se sentiría si me hablara al oído.
Cómo sería si me tocara la cintura.
Si sus dedos, tan seguros, se apoyaran en mi piel sin más barrera que el deseo.
Me estremecí.
Y quise volver a concentrarme.
Pero ya no era la misma de antes.
Cuando terminó la clase, Clara salió rápido. Yo me quedé unos minutos más. Después caminé hacia la parada del autobús, tratando de recuperar algo de calma.
Me senté junto a la ventana. No puse música. No revisé mensajes. Solo pensé.
En él.
En cómo me había sentido al mirarlo.
En cómo deseaba cosas que me daban vergüenza admitir.
Pero no por sentirlas.
Sino por no saber qué hacer con ellas.
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Al llegar a casa, mamá estaba en el sofá viendo televisión. Me saludó desde lejos, como cada tarde. Le dije que todo bien y subí a mi habitación.
Me quité los zapatos y me miré en el espejo.
Ahí estaba mi cuerpo.
El mismo de siempre.
Las curvas que a veces quise esconder.
Los brazos que aprendí a cubrir.
El abdomen que tanto me cuesta aceptar.
Pero hoy no me odié.
Hoy me miré… diferente.
Y me pregunté:
¿Y si él me deseara también?
No tengo respuestas.
Solo el cuerpo despierto.
Y un nombre su nombre que no podía borrar de mi mente en todo el día.
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