Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Amante obsesionado
JONATHAN BLAKE
El vapor del agua caliente cubría mi cuerpo mientras me duchaba, pero ni siquiera el calor podía borrar la imagen de Victoria de mi mente. Cerré los ojos y la recordé: su piel bajo mis dedos, su respiración entrecortada, la manera en que me miraba justo antes de perder el control.
Solo habían sido dos noches.
Dos.
Y, aun así, algo dentro de mí había cambiado.
Yo no era un hombre que se quedara pensando en una mujer después de que la puerta se cerraba. No repetía nombres. No enviaba mensajes al amanecer. No esperaba respuestas con el pulso acelerado.
Pero con ella…
Era distinto.
Apoyé las manos contra la pared de la ducha y dejé que el agua cayera sobre mi nuca. Intenté convencerme de que era solo deseo. Que se me pasaría.
Pero no era solo físico.
Era la forma en que se debatía entre irse y quedarse.
La manera en que decía “esto está mal” mientras su cuerpo decía lo contrario.
Esa mezcla de elegancia y fuego me tenía completamente desarmado.
Cuando salí de la ducha, el aire frío del apartamento me devolvió al presente, pero no a la calma. Me sequé sin prisa, repasando mentalmente cada detalle: su risa nerviosa, la forma en que sus dedos se aferraban a mi camisa, cómo sus ojos se oscurecían cuando decidía dejar de resistirse.
Entré al dormitorio y tomé el teléfono.
Abrí nuestro chat.
Escribí.
Borré.
Volví a escribir.
“Buenos días, Victoria… ¿cómo amaneciste hoy?”
Demasiado simple.
Demasiado vulnerable.
Lo envié igual.
Caminé por la habitación, inquieto. No estaba acostumbrado a esa sensación de espera. Yo hacía esperar. No esperaba.
Cinco minutos.
Nada.
Mandé otro mensaje.
“No me dejes hablando solo. Empiezo a pensar que fue un sueño.”
Esta vez la respuesta tardó menos.
“Buenos días, Jonathan.”
Sonreí sin darme cuenta.
“¿Eso es todo?” respondí.
“¿Qué más quieres?”
Ahí estaba. Defensiva. Cauta.
“Quiero saber si pensaste en mí.”
Tardó un poco más.
“Es temprano para ese tipo de preguntas.”
“Eso no es un no.”
Silencio.
Luego:
“Jonathan…”
Podía imaginarla suspirando antes de escribir.
“¿Qué quieres ahora?”
Apoyé la espalda en el escritorio y escribí sin pensar demasiado.
“Quiero verte.”
Tres puntos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron.
“No empieces.”
“¿Empezar qué?”
“Esto.”
Sonreí.
“Esto ya empezó.”
Pasaron unos segundos.
“Sabes que no debería estar contestándote.”
“Y aun así lo haces.”
Otra pausa.
“Eres imposible.”
“Lo sé. Pero dime que no te gusta un poco.”
Esta vez la respuesta fue casi inmediata.
“No juegues conmigo.”
Mi expresión cambió. Dejé el tono ligero.
“No estoy jugando.”
Silencio largo.
Sentí una tensión real en el pecho. No quería asustarla. Pero tampoco quería fingir que aquello era trivial.
“Anoche no fue algo que me pase todos los días,” escribí finalmente. “Y no estoy hablando solo del cuerpo.”
Tardó en responder.
“Jonathan… esto es complicado.”
“Para ti.”
“Para los dos.”
“Yo no estoy confundido.”
“¿Ah, no?”
“No.”
Respiré antes de enviar lo siguiente.
“Te quiero volver a ver.”
El mensaje quedó ahí, sin adornos.
Sin provocación.
Solo verdad.
Tardó casi un minuto completo en responder.
“¿Y después qué?”
La pregunta no era inocente.
Era profunda.
¿Después qué?
No lo sabía con claridad. Pero sabía que no quería retroceder.
“Después veremos,” escribí. “Pero no quiero que esto se quede en dos noches y una despedida incómoda.”
Silencio otra vez.
Imaginé su expresión. Su lucha interna. La conozco lo suficiente para saber cuándo está debatiéndose entre razón y deseo.
Finalmente:
“No prometo nada.”
Una exhalación salió de mi pecho.
“No te estoy pidiendo promesas.”
“¿Entonces?”
“Solo que no huyas.”
Pasaron unos segundos.
“Me das miedo.”
Esa frase me dejó quieto.
“¿Por qué?”
“Porque cuando estoy contigo… no pienso.”
Sonreí, pero no con arrogancia. Con algo más oscuro.
“Y eso te gusta.”
No respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, fue breve.
“Sí.”
Ahí estaba.
La honestidad que necesitaba.
Escribí despacio.
“Entonces deja de fingir que quieres olvidarme.”
El teléfono vibró casi al instante.
“¿Y tú? ¿Podrías olvidarme?”
Miré el techo.
No.
Ni siquiera quería intentarlo.
“No,” respondí.
Y por primera vez en mucho tiempo, no fue una estrategia. No fue seducción. Fue una admisión limpia.
El chat quedó en silencio después de eso.
Pero no era un silencio incómodo.
Era un silencio cargado.
Me dejé caer en la cama, el teléfono aún en la mano. Cerré los ojos y la vi otra vez. No solo su cuerpo. Su mirada cuando se quiebra por dentro. La forma en que intenta ser fuerte.
Dos noches.
Y ya no era solo deseo.
Era obsesión contenida.
Era querer saber qué estaba pensando cuando no me escribía.
Era imaginar su expresión al leer mis mensajes.
Era esperar.
Yo no esperaba.
Y, sin embargo, ahí estaba.
Miré el teléfono una vez más antes de dejarlo en la mesa de noche.
Le escribí un último mensaje.
“No soy un error, Victoria. Y tú tampoco lo eres. Piénsalo.”
Lo envié sin agregar nada más.
Apagué la luz.
Pero no pude dormir de inmediato.
Porque por primera vez en mucho tiempo, no quería una conquista rápida.
Quería algo más peligroso.
Quería que ella me eligiera.
Y esa sensación…
Era mucho más intensa que cualquier otra cosa que hubiera sentido antes.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰