Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
PRIMERA DISCUSIÓN SERIA
Cuando regresé del estudio, aún con el eco de la llamada retumbándome en el oído, lo primero que vi fue su bolso. Ese bolso pequeño, negro, colgando de su mano como una sentencia. Y ella, Giselle, parada frente a la puerta como si estuviera a punto de saltar de un precipicio. Sentí un golpe seco en el pecho, uno que me dejó sin aire. Apenas habían pasado unas horas desde que la había visto dormir envuelta en mi abrigo, desde que había jurado —en silencio, para mí mismo— que nadie volvería a tocarla. Y ahora estaba ahí, pretendiendo irse como si nada hubiera pasado. Como si no hubiese sido casi arrancada de la calle por un maldito fantasma que había vuelto para destruirla.
—¿Qué haces? —pregunté, aunque ya lo sabía.
Ella ni siquiera dudó.
—Me voy —dijo con ese tono firme que me irrita y me atrae a partes iguales—. Tengo que ir al club. Trabajo hoy.
Sentí el primer destello de ira. Pequeño, frío, peligrosamente claro.
—No —respondí sin moverme, sin parpadear siquiera—. No vas a ir.
Ella se giró por completo, levantó la barbilla y me miró con ese fuego que, hasta hace unas horas, vi apagado por el miedo. Era como si quisiera demostrarme que no necesitaba nada… ni a nadie. Ni siquiera a quien acababa de salvarle la vida.
—No tienes derecho a decirme qué puedo hacer y qué no —soltó.
—Tengo derecho cuando tu vida está en peligro —respondí, avanzando un paso.
—No puedes controlar mi vida, Dexter. No puedes.
—Puedo protegerte —repliqué, la palabra saliendo más fuerte de lo que pretendía.
Ella soltó una risa incrédula, llena de rabia contenida.
—¿Protegerme? Esto debe ser un chiste. No necesito un perro guardián.
La frase me atravesó. Un golpe certero. Y sin embargo, lejos de apagar mi determinación, la encendió.
—No me importa cómo lo llames —dije acercándome, borrando la distancia hasta quedar frente a ella, tan cerca que pude ver cómo su respiración temblaba, aunque intentara ocultarlo—. No te vas a ir.
—Tú no controlas mi vida —repitió más bajo, como si quisiera convencerse a sí misma también.
—Y tú no entiendes que Liam está ahí afuera buscándote —dije entre dientes—. No voy a dejar que vuelvas a poner un pie en ese maldito club mientras él pueda encontrarte.
Ella apretó el bolso con fuerza, la mandíbula tensa.
—No tienes nada que ver conmigo, Dexter. Nada. No te debo nada.
"Sí me debes", pensé. Tu nombre, tu verdad, tu miedo, tu respiración cuando te temblaba la voz. Me debes que te encontré hecha pedazos en una calle oscura y esa imagen aún no me deja pensar en otra cosa. Me debes que no me interesa dejarte ir.
Pero no lo dije.
—Lo hago porque me importas —escapó de mi boca antes de poder contenerlo.
Ella se congeló. No de sorpresa, sino de rechazo. Como si mis palabras fueran algo que no quería permitirse creer.
—Esto es absurdo —murmuró—. Yo puedo arreglármelas sola.
—No —dije con una firmeza que no admitía discusión—. No hoy.
Ella abrió la boca para responder, seguramente para lanzarme otra frase que me quemaría por dentro, cuando mi teléfono sonó. Sonó con ese tono bajo y particular que solo uso para una persona: Daxton.
"Perfecto. Justo ahora."
Ella avanzó un paso hacia la puerta como si quisiera aprovechar mi distracción. Yo levanté una mano en un gesto claro de advertencia.
—No te muevas —le dije, manteniendo mis ojos en los suyos.
Ella me devolvió una mirada cargada de desafío, pero supo que era inútil pelear mientras yo estuviera plantado ahí.
Respondí la llamada sin apartar la vista de ella.
—¿Qué pasó? —fue lo primero que dije.
Escuché, procesé, frustración acumulándose en mi mandíbula.
—Voy —respondí finalmente.
Cuando colgué, la miré una última vez. Ella seguía firme con el bolso, con la intención marcada en los ojos.
—No te atrevas a salir de este penthouse —dije con un tono que no dejaba lugar a malentendidos.
Me acerqué un paso más. Ella no retrocedió, pero su respiración sí.
—Cuando vuelva, vamos a terminar esta conversación —añadí con la voz baja, peligrosa—. Y créeme, Giselle… no vas a ir a ninguna parte.
Sin darle oportunidad de responder, salí.
La puerta se cerró detrás de mí.
Pero la discusión apenas había comenzado.