En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.
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22
El informe que no se puede quemar
Llegaron a Zaragoza dos días después. El escribano ya no podía disimular. La mancha negra le cubría el dedo índice por completo y empezaba a trepar hacia el dorso de la mano. Tosía con el cuerpo doblado, escondiendo el paño manchado entre los pliegues de la capa. El médico viajaba en silencio, con la mirada fija en el horizonte. Fray Julián cabalgaba al frente. El sabor metálico se había instalado debajo de su lengua como una moneda fría que nadie había puesto allí.
Fray Hernando de Puebla los recibió en la sala de audiencias del Tribunal. Escuchó el relato sin interrumpir. Cuando Fray Julián terminó, el inquisidor general permaneció callado un rato largo, mirando el cuaderno de Fray Tomás abierto sobre la mesa.
—¿Entrasteis en la ciudad?
—No. Hablamos desde fuera. Una voz desde la muralla. Dijo que el regidor y el prior ya no hablan. Que solo queda el nombre. Y que el círculo está debajo de nuestras botas.
Fray Hernando cerró el cuaderno con cuidado.
—El mensajero que trajo la carta del regidor murió anoche. Tosió polvo hasta vaciarse. El cuerpo se convirtió en ceniza caliente en menos de tres horas. Lo tenemos en una celda del sótano, sellada. Tres alguaciles que lo custodiaron presentan el mismo sabor. Uno ya tiene la línea negra en los dedos.
El médico se adelantó.
—Entonces no es solo Teruel. Se desplaza con los que salen. Con los objetos. Con el aire. Hay que quemar la ciudad y a todos los que hayan tenido contacto. Incluidos nosotros.
Fray Hernando lo miró con frialdad.
—El Tribunal no ordena la destrucción de una ciudad del reino por un polvo y unas voces. Necesito algo más. Un cuerpo. Un testimonio claro. Una causa que pueda escribirse en latín y enviarse a Roma si es preciso.
Fray Julián dejó caer sobre la mesa el paño que el escribano había usado durante el viaje. Estaba rígido de polvo negro. En el centro se había formado un círculo perfecto.
—Esto es lo que tenemos. Y esto
señaló la mano del escribano, que el hombre ya no intentaba esconder.
—El mismo signo que aparece en el cuaderno de Fray Tomás. El mismo calor. El mismo grano que él describió debajo de la lengua.
Fray Hernando observó la mano del escribano durante varios segundos. Después se levantó y abrió la puerta.
—Llevadlo al sótano. Aislado. Con los otros. Y vosotros dos.
miró a Fray Julián y al médico.
—permaneceréis en el edificio. Sin salir. Sin contacto con el resto del personal. Quiero informes diarios. Y quiero que ese cuaderno se copie tres veces antes de que alguien intente quemarlo. Si el fuego no puede con la tierra de Albarracín, quizás tampoco pueda con las palabras.
El escribano fue llevado sin resistencia. Solo cuando la puerta de la celda se cerró detrás de él se oyó su voz, ronca, repitiendo el nombre una y otra vez hasta que alguien le tapó la boca con un paño nuevo. Fray Julián y el médico fueron instalados en dos habitaciones contiguas del segundo piso. Desde la ventana se veía el patio interior del Tribunal. Fray Julián se sentó en el borde del jergón y se tocó la lengua. El grano ya estaba allí. Pequeño. Duro. Latiendo con un ritmo que no era el de su corazón. Se obligó a retirar el dedo. La yema había quedado marcada con un punto oscuro.
El médico entró sin llamar. Cerró la puerta a su espalda.
—Tengo el sabor desde el camino de regreso —dijo sin preámbulos.
— Usted también. Se le ve en la forma de tragar. ¿Qué piensa hacer?
—Cumplir la orden. Observar. Escribir. Si esto se puede entender, se puede combatir.
El médico soltó una risa breve, sin humor.
—Fray Tomás intentó entenderlo. El prior de Teruel también. Los dos son polvo. Quizás la única forma de combatirlo sea no nombrarlo. No tocarlo. No respirarlo. Pero ya es tarde para eso.
Se fue. Fray Julián se quedó solo. Abrió el cuaderno de Fray Tomás por las últimas páginas y empezó a copiar, con letra cuidada, cada línea temblorosa. Cada vez que llegaba al signo que nadie sabía pronunciar, el grano bajo su lengua se movía. Cada vez que escribía la palabra “círculo”, el punto negro de su dedo parecía calentarse un poco más. Al anochecer un alguacil les trajo pan y agua. El hombre tenía los ojos enrojecidos y evitaba mirarlos a la cara. Al dejar la bandeja, Fray Julián vio una línea fina y oscura bajo la uña del pulgar del alguacil. No dijo nada. El hombre tampoco.
Esa noche el sueño de Fray Julián estuvo lleno del olor del valle de Albarracín. Soñó con un círculo de tierra negra que se cerraba alrededor de su nombre. Soñó con bocas abiertas que no tenían cara. Cuando se despertó, el grano había crecido. Y en la habitación de al lado, el médico tosía de forma seca y constante, como si intentara expulsar algo que se negaba a salir.
Debajo del edificio del Tribunal, en las celdas del sótano, el escribano y los tres alguaciles infectados murmuraban el mismo nombre al mismo tiempo. El sonido subía a través de la piedra como un latido más. Y Fray Hernando de Puebla, solo en su despacho, miraba sus propias manos a la luz de la vela, buscando una línea negra que todavía no estaba allí… o que todavía no se atrevía a ver.