Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 16
El aire fresco de la tarde golpeó el rostro de Mariana mientras el coche avanzaba por el camino de tierra. Al llegar, el sonido de la música ya se escuchaba a lo lejos, mezclado con risas y voces animadas. Una gran casa de campo iluminada entre los árboles, con luces cálidas que colgaban del porche y una hoguera encendida en el jardín.
—¡Por fin llegaste! —exclamó Lucía, corriendo a abrazarla—. ¡Pensé que no vendrías!
—No me perdería esto por nada —respondió Mariana, soltando una risa genuina.
Entraron juntas y la envolvieron una atmósfera vibrante: gente bailando, conversaciones por todos lados, copas en las manos y música que hacía moverse a todos. Por un momento, se olvidó de todo: de Valentino, de la mentira, de la culpa. Se sintió libre. Verdaderamente libre. Bailó, rio, conoció a personas nuevas y pensó que sería solo una noche divertida, una historia más que contar. No tenía idea de que esa noche cambiaría todo.
De pronto, sintió una mirada sobre ella. No era una mirada cualquiera: era intensa, fija, pesada. Se giró despacio entre la multitud y lo vio. Estaba de pie junto a una columna, en la sombra, observándola como si nadie más existiera en la habitación. Sus ojos eran oscuros y profundos, y la miraban con una intensidad que le hizo detenerse el corazón. No lo conocía. No sabía quién era. Pero algo en su interior le dijo que ese encuentro no era casualidad.
—¿Ves a ese chico ahí? —le preguntó a Lucía, bajando la voz—. ¿Quién es?
Lucía miró por encima de su hombro y encogió los hombros:
—No tengo ni idea. Creo que vino con unos amigos. ¿Por qué? ¿Te interesa?
—No sé —murmuró Mariana, sin apartar la vista—. Es solo que… me mira como si me conociera de toda la vida.
El desconocido no apartó la mirada. Y en ese instante, Mariana comprendió que esa noche no sería como ninguna otra.
Mariana apartó la mirada rápidamente, sintiéndose extrañamente nerviosa, y se giró de espaldas a la multitud.
—No sé qué me pasa —le confesó a Lucía, jugando nerviosa con el borde de su vestido—. Es como si me estuviera leyendo la mente. Me pone incómoda, pero a la vez… no puedo dejar de mirarlo.
Lucía soltó una risita y le dio un empujoncito suave en el brazo.
—Vaya, vaya. ¿Será que alguien ha encontrado su atracción de la noche? Ve y pregúntale su nombre. No seas tímida.
—¿Estás loca? —susurró Mariana, con los ojos muy abiertos—. No puedo acercarme así como así. Y además… —dudó un instante, mirando hacia la puerta como si pudiera ver a través de ella— no debería estar pensando en chicos. Debería disfrutar contigo y ya.
—No hay nada de malo en que alguien te mire y te guste —dijo Lucía con calma—. No eres de piedra, Mariana. Y además, estamos aquí para pasarlo bien, ¿recuerdas? Sin culpas, sin preocupaciones. Solo esta noche.
Mariana suspiró y asintió, intentando relajarse.
—Tienes razón. Solo esta noche. Y además, probablemente no me esté mirando a mí. Seguro que me equivoco.
Pero justo cuando dijo eso, volvió a mirar por encima del hombro. Y el desconocido levantó su copa hacia ella, en un saludo lento y directo, sin dejar de sostenerle la mirada. Mariana sintió que se le aceleraba el corazón.
—Te lo dije —murmuró Lucía, sonriendo—. Le interesas.
—No sé qué pensar —admitió Mariana, mordiéndose el labio—. Es como si supiera algo que yo no sé. Como si me estuviera esperando.
—Entonces averígualo —dijo su amiga, tomándola de la mano—. Vamos. Pero si te pones nerviosa, me haces una señal y salimos de ahí enseguida. ¿Trato hecho?
—Trato hecho —asintió Mariana, aunque sus manos le sudaban frío—. Pero… ¿y si es alguien peligroso? ¿Y si me hace daño?
—Pues gritas y todos venimos corriendo —respondió Lucía con valentía—. No estás sola, Mariana. Nunca lo estás.
Mariana respiró hondo una vez más, enderezó los hombros y dijo con voz más firme:
—Bien. Vamos. Pero si algo sale mal, tú me debes un helado enorme mañana.
—Trato cerrado —rio Lucía—. Y ahora, sonríe. Te ves demasiado seria. Nadie te va a morder.
Se acercaron despacio, entre la gente que bailaba y hablaba. Cada paso que daban, Mariana sentía que se alejaba un poco más de su vida normal y entraba en algo completamente nuevo. Y mientras caminaba, una vocecita en su interior le susurró: Ten cuidado, Mariana. No todo lo que brilla es oro. Pero también había otra vocecita que decía: Y tampoco te pases la vida esperando lo que ya conoces.
Llegaron frente a él. El desconocido no se movió, no se sorprendió. Solo les sonrió, y esa sonrisa… tenía algo a la vez encantador y misterioso.
—Por fin te acercaste —le dijo él, mirándola solo a ella, como si Lucía no estuviera ahí—. Empezaba a pensar que no te atreverías.
Mariana tragó saliva, sorprendida.
—¿Me estabas esperando? ¿Cómo sabías que vendría?
El chico sonrió de nuevo, enigmático.
—Digamos que sabía que te encontraría aquí. Soy Alessandro, por cierto. Y tú debes ser Mariana.
Mariana abrió los ojos de par en par.
—¿Cómo sabes mi nombre? ¡No te conozco!
—Aún —respondió él con suavidad—. Pero eso es justo lo que vine a cambiar.