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Destinado A Las Cenizas

Destinado A Las Cenizas

Status: En proceso
Genre:Romance / Aventura / Héroes
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?

NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El pueblo Sasani

A la mañana siguiente me reuní con mi unidad en la entrada de la capital.

Los doscientos cincuenta soldados estaban preparados para partir.

Junto a nosotros se encontraba el emisario de los Sasanis, que sería nuestro guía durante el viaje.

Antes de comenzar la marcha, vi acercarse a Kallias.

Sin embargo, no venía solo.

Detrás de él marchaban alrededor de trescientos soldados.

Por sus ropas y armas reconocí inmediatamente que eran Gálatas.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Kallias sonrió ligeramente.

—La embajadora envió una unidad de trescientos voluntarios para acompañarte.

Miré a los soldados.

No esperaba recibir ayuda de ellos.

—¿Están dispuestos a venir hasta el territorio Sasanis?

—Sí.

Uno de los hombres dio un paso al frente.

—Después de todo lo que ocurrió en Galasia, muchos de nosotros queremos devolver el favor.

Asentí.

—Entonces serán bienvenidos.

En ese momento escuché unas voces detrás de mí.

Me giré.

Iséro y Milena se acercaban.

Los dos habían venido para despedirse.

Sonreí al verlos.

—Pensé que no vendrían después de lo de ayer.

—Queríamos verte antes de que partieras —respondió Milena.

Miré alrededor.

—¿Y Kállos?

Los dos intercambiaron una mirada.

Milena bajó ligeramente la cabeza.

—Está destrozada por tu decisión.

Sentí una punzada en el pecho.

No quería hacerle daño.

—¿De verdad está tan mal?

—Sí.

Milena hizo una pequeña pausa.

—No deja de pensar que podrías no regresar.

Bajé la mirada.

Después de unos segundos, saqué una pequeña carta que había preparado la noche anterior.

—Quiero pedirte un favor.

Milena extendió la mano.

Le entregué la carta.

—Dásela a Kállos cuando regreses.

—Lo haré.

—Dile que es una de las personas más importantes que tengo en mi vida y que no quiero que arriesgue su vida por mí.

Milena guardó la carta con cuidado.

—¿Quieres decirle algo más?

Pensé durante unos segundos.

—Sí.

—Puede usar mi casa mientras estoy fuera. Ella y los hermanos pueden quedarse allí. No quiero que Emira y Priemo estén solos.

Milena sonrió ligeramente.

—Se lo diré.

—Gracias.

Me despedí de ellos.

—Cuida de Kállos.

Milena asintió.

—Lo haré.

Finalmente, monté en mi caballo.

Miré una última vez hacia la capital.

Después comenzamos la marcha.

El viaje fue largo.

Durante varios días atravesamos diferentes regiones hasta que comenzamos a acercarnos al territorio de los Sasanis.

El paisaje empezó a cambiar.

La tierra se volvió más seca.

Los árboles fueron desapareciendo poco a poco y comenzaron a aparecer grandes extensiones de arena.

El calor era cada vez más intenso.

Incluso respirar parecía más difícil bajo aquel sol.

Mis soldados estaban acostumbrados a marchar durante largas jornadas, pero aquel clima era diferente a todo lo que habíamos experimentado.

Al atardecer finalmente vimos un pueblo a lo lejos.

El emisario señaló hacia él.

—Hemos llegado.

A medida que nos acercábamos, pude observar las condiciones en las que vivían.

Las casas eran pequeñas y muchas parecían necesitar reparaciones.

Había pocas personas en las calles.

Los habitantes nos observaban con miedo y curiosidad.

—¿Así viven todos? —pregunté.

El emisario asintió.

—Sí.

Guardé silencio.

No necesitaba que me explicara demasiado.

Podía verlo con mis propios ojos.

—¿Los Aserios vienen hasta aquí?

—Constantemente.

Su expresión cambió.

—Cada cierto tiempo llegan con sus fuerzas de élite.

—¿Para tomar el pueblo?

—No.

Negó con la cabeza.

—Vienen para entrenar.

Lo miré confundido.

—¿Entrenar?

—Sí. Atacan nuestros poblados y matan a nuestra gente para probar a sus soldados.

Apreté los dientes.

—¿Y nunca sabéis cuándo llegarán?

—Ese es el problema.

El emisario miró las calles.

—Nunca sabemos cuándo aparecerán. Atacan cuando menos lo esperamos para impedir que podamos preparar una defensa.

Continuamos caminando hasta llegar a una construcción más grande.

El emisario se detuvo.

—Aquí vive el señor de este territorio.

Entramos.

Un hombre de edad avanzada nos esperaba.

—Soy Dartis.

Hice una pequeña inclinación de cabeza.

—Soy Mélon. El rey Stelios me envió para ayudar a su pueblo.

Dartis me observó durante unos segundos.

—¿Cuántos soldados has traído?

—Doscientos cincuenta de mi unidad y trescientos voluntarios Gálatas.

Dartis permaneció en silencio.

Después soltó una pequeña risa.

—Eso no servirá de mucho.

No me molesté por sus palabras.

—¿Por qué?

—Las fuerzas de élite Aserias suelen estar formadas por entre dos mil y dos mil quinientos soldados.

Miró hacia el exterior.

—Y cada incursión puede contar con ellos.

El emisario intervino.

—El rey no quería arriesgar a todo su ejército.

—Lo entiendo—dijo el señor.

Dartis me miró nuevamente.

—Así que te envió a ti.

—Sí.

—Entonces tendremos que aprovechar al máximo los soldados que tenemos.

Antes de que pudiera responder, escuchamos unos pasos.

Un joven entró en la habitación.

Su expresión no era precisamente amistosa.

—¿Estos son los hombres que vinieron a ayudarnos?

Dartis lo miró.

—Bessos.

El joven se acercó.

—No entiendo por qué hemos enviado un emisario para buscar a quienes mataron a mi hermano.

Fruncí el ceño.

—¿A quién te refieres?

Bessos me miró directamente.

—A Dirio.

Sentí que mi cuerpo se tensaba.

—¿Dirio?

—Murió en la batalla del puente.

El recuerdo regresó a mi mente.

Dartis intervino.

—Dirio era su hermano.

Bessos apretó los puños.

—Él solo quería demostrarle al emperador que nuestra gente podía producir buenos soldados.

Dartis miro a su hijo.

—¿Esa era su misión?

El emisarios asintió.

—Dirio quería demostrar que nuestro pueblo era útil.

Su voz se volvió más triste.

—Pensaba que si demostraba nuestra utilidad, quizá los Aserios dejarían de tratarnos como inferiores.

Bessos bajó la mirada.

—Pero murió intentando demostrarlo.

Permanecí en silencio.

Hasta ese momento había pensado en Dirio únicamente como uno de los hombres que había luchado contra nosotros.

Uno General enviado para conquistarnos.

Pero ahora entendía que había algo más detrás de sus acciones.

No era simplemente un hombre que había decidido convertirse en conquistador.

Había intentado demostrar que su pueblo era útil y que merecía vivir.

Y esa necesidad lo había llevado a la batalla.

Antes de que pudiera decir algo, una campana comenzó a sonar.

Dartis levantó la mirada.

Su expresión cambió inmediatamente.

—No...

El emisario palideció.

—Otra vez.

Los Aserios habían comenzado otra incursión.

No había tiempo para pensar.

Me giré hacia mis soldados.

—¡Todos a sus posiciones!

Salimos rápidamente de la casa.

—¿Cuántos son? —pregunté.

Dartis negó con la cabeza.

—No lo sabemos.

Miré al emisario.

Después observé las calles.

—Entonces vamos a hacer que crean que no hay nadie aquí.

Dartis me miró.

—¿Qué estás pensando?

—Que todos se escondan.

Señalé los edificios.

—Mis soldados y los Gálatas se ocultarán entre las casas. Tú y tu pueblo también debéis esconderse.

—¿Y si nos descubren?

—Entonces lucharemos.

Dartis permaneció unos segundos en silencio.

Finalmente asintió.

—Entiendo.

Los habitantes comenzaron a esconderse.

Mis soldados ocuparon posiciones entre las calles y detrás de las casas.

Los Gálatas hicieron lo mismo.

Yo permanecí oculto junto a varios de mis hombres.

Esperamos.

Poco después escuchamos el sonido de numerosos pasos.

Los Aserios entraron en el pueblo.

Eran muchos.

Avanzaban por las calles buscando a los habitantes.

Pero no encontraron a nadie.

—Parece que se han escondido —escuché decir a uno de ellos.

Otro respondió.

—Registrad las casas.

Los soldados comenzaron a avanzar.

Esperamos hasta que una gran parte de ellos estuvo dentro del pueblo.

Entonces levanté la mano.

—Ahora.

Mis soldados salieron de sus escondites.

Los Gálatas hicieron lo mismo.

Los Aserios quedaron completamente sorprendidos.

—¡Ataquen!

El sonido de nuestras armas llenó las calles.

Los soldados Aserios intentaron reaccionar, pero habían sido atrapados.

Atacamos desde diferentes direcciones.

La batalla se convirtió rápidamente en una masacre.

Los enemigos intentaban reagruparse, pero cada vez que conseguían formar una pequeña línea, otro grupo aparecía detrás de ellos.

Avancé junto a mis hombres.

Un Aserio se abalanzó sobre mí.

Bloqueé su primer ataque.

Retrocedí un paso.

Volvió a atacar.

Intenté apartarme, pero tropecé.

Caí al suelo.

El soldado levantó su espada.

Por un instante pensé que no tendría tiempo de reaccionar.

Entonces una flecha atravesó su pecho.

El hombre cayó sobre mí.

Aparté el cuerpo rápidamente y miré hacia donde había salido la flecha.

Bessos estaba allí.

Tenía un arco en las manos.

—¡Ayudad a los soldados de Mélon!

Los hombres que estaban junto a él comenzaron a disparar.

Una lluvia de flechas cayó sobre los Aserios.

Pero algo me sorprendió.

Cada flecha encontraba su objetivo.

Los arqueros disparaban con una precisión increíble.

No desperdiciaban ningún proyectil.

—Son buenos... —murmuré.

Bessos volvió a tensar su arco.

Disparó.

Otro Aserio cayó.

La batalla continuó durante varios minutos.

Los enemigos comenzaron a retroceder.

Habían entrado confiados en un pueblo aparentemente vacío.

Y ahora estaban siendo atacados desde todos los edificios.

Finalmente, los pocos que quedaban comenzaron a huir.

Mis soldados los persiguieron durante un corto trecho antes de regresar.

El silencio volvió poco a poco a las calles.

Respiré profundamente.

Habíamos ganado.

Miré alrededor.

Los habitantes comenzaron a salir de sus escondites.

Algunos observaban los cuerpos de los Aserios.

Otros miraban a nuestros soldados.

Dartis se acercó a mí.

—No esperaba que fuera a servir.

—¿Qué cosa?

—Pensé que habías venido con demasiados pocos hombres.

Sonrió ligeramente.

—Ahora creo que quizá seas más útil de lo que parecen.

Sonreí.

—Solo tuvimos suerte.

Dartis negó con la cabeza.

—Eso no fue suerte.

Señaló hacia la casa.

—Ven. Quiero invitarte a comer.

—Te lo agradezco.

Miré hacia el exterior.

—Pero antes necesito pedirle algo.

—¿Qué?

—Quiero levantar un campamento a las afueras del pueblo.

Dartis frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque si los Aserios vuelven mañana, quiero que mis soldados estén preparados.

Dartis asintió.

—Puedes hacerlo.

—Gracias.

—Entonces tenemos un acuerdo.

Miré hacia mis soldados.

Habíamos llegado para ayudar a los Sasanis.

Pero después de aquella primera batalla entendí que no sería tan sencillo como imaginaba.

Los Aserios podían enviar miles de hombres.

Nosotros apenas éramos unos cientos.

Sin embargo, si queríamos ayudar a aquel pueblo, tendría que encontrar la manera de hacer que cada uno de nuestros soldados valiera por varios.

—Vamos —dijo Dartis—. La comida estará lista pronto.

Asentí.

—Acepto la invitación.

Y aquella noche cené con Dartis y su familia, mientras en las afueras del pueblo mis soldados comenzaban a levantar el campamento.

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