Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 1
El comedor de la mansión Smith resplandecía bajo la cálida luz de las lámparas de cristal y el fuego crujiente de la gigantesca chimenea de piedra. Era una noche de luna creciente, y el ambiente estaba impregnado de risas, el aroma a vino especiado y la opulencia que caracterizaba a la manada más poderosa de la región.
En la cabecera de la mesa presidía Karen, la matriarca, con una elegancia imponente que imponía respeto con solo una mirada a sus hijos. A su lado se encontraba James, el mayor de los hermanos y heredero legítimo hasta que el destino o las leyes del clan dictaran lo contrario, sentado junto a su esposa, Selma.
Selma lucía un vestido de seda carmesí que acentuaba su sonrisa perfecta, aunque sus ojos oscuros brillaban con un cálculo silencioso cada vez que miraba al extremo opuesto de la mesa. Estaba casada con James, pero sus ambiciones apuntaban mucho más alto; secretamente suspiraba por el poder absoluto que ostentaba Jacob. Todo en su vida parecía un engranaje perfecto... o al menos eso creía ella para calmar su codicia.
La puerta principal se abrió de par en par, anunciando la llegada del Alfa menor, Jacob. Él entró con paso firme, sacudiéndose la ligera nieve de los hombros, con el aura de mando que hacía que cualquier miembro de la manada bajara la cabeza. Pero esta noche, el implacable Jacob no traía el ceño fruncido de costumbre. Traía una sonrisa ligera, casi imperceptible, que hizo que toda la mesa se quedara en absoluto silencio por la sorpresa.
—¿A qué se debe esa expresión, hermano menor? —preguntó James con una sonrisa socarrona, dándole un trago a su copa de vino—. Es la primera vez en meses que te veo entrar a esta casa con una sonrisa que no es por un negocio de tierras.
Jacob dejó su abrigo en manos de un sirviente y se situó en su lugar, frente a su madre. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad distinta.
—No es nada relacionado con negocios, James —respondió Jacob con voz ronca y profunda—. Durante mi último viaje al pueblo fronterizo de Oakhaven... conocí a alguien.
En su asiento, al lado de su esposo, la sonrisa de Selma se congeló por una milésima de segundo. Nadie lo notó, demasiado ocupados observando al Alfa.
—¿Alguien? —repitió Karen, la matriarca, con un tono analítico—. Como parte de la familia principal, Jacob, debes tener cuidado con las alianzas. Una mujer de fuera...
—No es una aliada política, madre —la interrumpió Jacob con suavidad, pero con la firmeza inquebrantable que lo caracterizaba—. Es una mujer sencilla, de una pequeña comunidad. Su nombre es Serena. No pertenece a la nobleza de la manada, no tiene un apellido rimbombante... pero desde el momento en que la vi, supe que el lazo de la luna no me iba a dar tregua.
El comedor quedó en un silencio sepulcral. Selma apretó la base de su copa de cristal con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. ¿Una plebeya? ¿Una simple loba sin rango ocupando el centro de atención que ella misma deseaba capturar? Su mente comenzó a maquinar a toda velocidad, sintiendo el primer pinchazo de una rabia celosa que amenazaba con devorarla por dentro.
James, por el contrario, soltó una carcajada abierta, palmeando la mesa con diversión.
—Vaya, vaya... El gran lobo solitario ha caído. ¿Y dónde está esa famosa Serena, hermanito? ¿Piensas traerla aquí a la boca del lobo?
Jacob miró hacia el fuego, imaginando el rostro dulce pero indomable de la chica que lo había hechizado en Oakhaven.
—Sí —afirmó Jacob con absoluta seguridad—. La próxima semana cruzará estas puertas. Quiero que conozca a mi familia, que se convierta en parte de nosotros y, si los dioses de la luna lo permiten... quiero hacerla mi compañera oficial ante el consejo.
Mientras Karen asentía con cautela y James celebraba con un brindis en honor a su hermano menor, Selma bajó la mirada hacia su plato. Su mente ya estaba trazando los hilos de una red oscura. Nadie, absolutamente nadie, le quitaría el brillo ni el poder que ella planeaba acaparar en esa mansión a cualquier precio.
Esa tal Serena no duraría ni una semana en el clan de los Smith. O al menos, eso era lo que Selma creía.
El comedor seguía bullicioso entre las risas y las felicitaciones de James hacia su hermano menor, pero la tensión que quemaba por dentro a Selma era insoportable. Con una falsa sonrisa de cortesía en los labios, se inclinó ligeramente hacia la matriarca.
—Disculpen un momento, madre Karen, Jacob... El vino me ha caído un poco pesado. Iré a refrescarme al baño de la planta alta —dijo Selma con voz suave, manteniendo la compostura.
—Por supuesto, querida. No te tardes, aún falta el postre —respondió Karen con un movimiento afirmativo de cabeza.
Selma se levantó de la mesa con elegancia, caminando con paso firme y medido hasta salir del comedor. Pero en cuanto cruzó las puertas dobles y los pasillos de piedra la aislaron de las miradas de la familia, su máscara perfecta se derrumbó por completo.
Sus pasos se aceleraron hasta convertirse en una carrera frenética hacia el ala privada de los aposentos. Empujó la puerta del baño principal con violencia, cerrándola de un portazo que hizo temblar los cerrojos, y se encañonó frente al lavamanos de mármol.
Un grito ahogado, desesperado y lleno de rabia contenida brotó de su garganta, desgarrándole el pecho.
Se aferró con fuerza a los bordes del lavabo, clavando las uñas en la piedra mientras se miraba fijamente en el espejo. Su reflejo mostraba a una mujer al borde de la locura: los ojos oscuros inyectados en furia y el pecho agitado bajo el vestido carmesí.
Abrió la llave del agua caliente sin importarle nada, ahuecó ambas manos y comenzó a tirarse chorros de agua helada y tibia en la cara una y otra vez, intentando apagar el fuego que sentía quemándole las entrañas. Las gotas resbalaban por su piel mezclándose con un par de lágrimas de frustración.
—No... No voy a permitirlo —susurró con una voz siseante y temblorosa, clavando los ojos en su propia mirada reflejada en el cristal—. Tanto tiempo esperando, tanto juego de paciencia al lado de James... para que ahora aparezca una cualquiera de un pueblo olvidado.
Se sacudió el cabello mojado, respirando de forma pesada, y apretó los dientes con una determinación maníaca.
—Jacob es mío... ¡Mío! —exclamó en un susurro furioso que rebotó en las paredes de azulejos—. No voy a permitir que nadie se le acerque. Ni esa tal Serena, ni los dioses, ni nadie. Él tiene que ser mío a cualquier precio.
Con las manos aún temblando, tomó una toalla para secarse el rostro, ocultando el rastro de humedad, y respiró hondo para recomponer su compostura. Cuando volviera a bajar al comedor, su sonrisa ya no sería solo una fachada: sería un arma mortal.