Tres años de matrimonio. Un Alfa que nunca dijo «te amo». Y un divorcio firmado el mismo día en que ella descubre que está embarazada.
Aurora Bennett lo había dado todo por Alexander Sterling: su carrera, su juventud, su lugar como Luna de la manada Crescent Ridge. Pero cuando él la deja sin nada para volver con su primer amor, Aurora toma una decisión: desaparecer y criar a su hijo lejos de él, donde nadie pueda volver a usarlos.
Cinco años después, la doctora Bennett es una cirujana respetada que lo ha reconstruido todo desde cero. Hasta que el destino la devuelve al lugar que juró no pisar jamás, y frente a frente con el hombre que la abandonó.
Alexander no es el mismo. Ahora la mira como si no pudiera respirar sin ella, y quiere recuperar lo que perdió. Pero hay un niño de ojos azules que todavía no sabe quién es su padre, una esposa que no piensa soltarlo y un vínculo de pareja destinada que arde más fuerte que nunca.
¿Se puede perdonar a quien te rompió el corazón? ¿Y qué pasa cuando el Alfa que te dejó ir descubre que ya es demasiado tarde?
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Capítulo 19
Capítulo 19
Me puse a trabajar de inmediato, y en cuanto me llegó la descarga de adrenalina, todo lo demás se esfumó.
Lo único que importaba era Alexander.
Salvarlo y traerlo de vuelta.
Y que el resto del mundo se fuera al diablo. Jessica se unió a las otras enfermeras, que sostenían todo el instrumental esterilizado y se preparaban para la cirugía.
Entré al vestidor, me quité el uniforme viejo, me puse uno limpio y me lavé y desinfecté las manos.
—¿Lista, doctora Bennett? —preguntó Jessica, y asentí.
—Sí. Vamos.
Jessica asintió y abrió la puerta.
Entramos y lo vi ahí tendido.
Inconsciente, pálido, con aspecto de que podía morir en cualquier momento.
Era la primera vez que lo veía débil y no fuerte y en control. Vulnerable, y no el patán arrogante al que estaba acostumbrada.
Era solo un humano, y estaba débil.
No era el Alfa poderoso que tenía al mundo a sus pies. Era una persona normal con sus propios problemas, y podía morir.
Podía romperse, y podía salvarse.
Y yo era quien podía salvarlo. Respiré hondo y la enfermera le puso la mascarilla de oxígeno.
—Voy a revisar las heridas de bala.
Eran muchísimas. Tomé las tijeras esterilizadas y le abrí la camisa.
Era grave.
En cuanto corté la camisa, las heridas sangraron y el olor de su sangre llenó el quirófano.
Tenía muchas cicatrices y heridas viejas.
¿Cuántas veces lo habían atacado? ¿Cuántas veces había estado en peligro, con la vida en juego, a punto de morir?
No lo sabía.
Pero eso no fue lo que me sorprendió.
Estaba sangrando y las heridas no se cerraban. Un hombre lobo ya debería haberse curado, y seguramente el veneno y la plata le estaban afectando la capacidad de sanar.
Yo había visto muchos hombres lobo, y se curaban más rápido que los humanos normales.
—Necesitamos un antídoto para el veneno y la plata —le dije a la enfermera.
Su pulso era muy lento, y se notaba que apenas estaba ahí.
Por fin era hora de sacar las balas. Estaban literalmente regadas por todo su pecho y sus brazos.
Tenía que hacerlo con cuidado y asegurarme de que no quedaran fragmentos en las heridas.
—Pásame una pinza —dije, y una enfermera me la dio.
Respiré hondo y comencé el procedimiento, sacando las balas y retirando los fragmentos.
El veneno le frenaba la capacidad de curarse, y la plata lo estaba matando. Si no la sacaba pronto, estaría muerto en menos de una hora.
Su sangre cubría la mesa y goteaba por todos lados.
—Doctora Bennett, el antídoto.
—Es cierto.
Estaba tan absorta sacando las balas que casi olvido lo más importante.
—Jess, dame la jeringa.
Me pasó la aguja esterilizada y le inyecté el antídoto rápidamente.
Era lo único que podía funcionar.
Si no funcionaba, el veneno se extendería por todo su cuerpo y moriría.
—Los signos vitales se están estabilizando —dijo una enfermera, y pude volver a respirar.
Gracias a Dios.
—No se está curando —murmuré.
—El veneno y la plata hacen que las heridas tarden más en sanar, pero con el antídoto el veneno acabará por salir. Su cuerpo está demasiado agotado.
—Hay que suturarle las heridas y vendarlo. Pónganle antibióticos y llévenlo a la UCI. No quiero que esté solo, así que vigilaré su evolución desde ahí. Alguien tendrá que avisar a su familia.
Todos asintieron y salieron del quirófano. Le había sacado un total de veinticuatro balas del pecho y los brazos, y era un milagro que siguiera vivo.
Pude haberlo perdido. Y por primera vez sentí que el miedo se me colaba por dentro.
Un miedo desconocido y extraño. Quizá porque era el padre de mi hijo. Quizá porque, aunque lo odiara y no quisiera tener nada que ver con él, no quería vivir sabiendo que mi hijo se había quedado sin padre y tener que darle esa noticia en el futuro.
Sí, eso era.
Las enfermeras volvieron cuando terminé de suturarle las heridas y cubrirlas con gasa y vendas, y me ayudaron a pasarlo a una cama.
Me quité los guantes, los tiré y fui al lavabo.
Mientras me lavaba y desinfectaba las manos, me di la vuelta y vi a Matteo entrar corriendo, con los ojos desorbitados y el pelo desordenado.
Parecía que estaba dormido y lo habían sacado a rastras de su casa.
—¿Cómo está? ¿Está vivo? ¿Va a estar bien? —preguntó.
—Tranquilo. Tu hermano va a estar bien. El veneno se está yendo poco a poco, y el antídoto va a ayudar. Está estable por ahora y debería despertar pronto.
Matteo soltó un largo suspiro y asintió.
—Gracias, Aurora. ¿Qué tan grave fue? Vine en cuanto me enteré.
—Estaba hecho un desastre. Varias heridas de arma blanca y de bala. Tuve que sacarle veinticuatro balas y ponerle un antídoto. El veneno lo estaba matando y la plata destruía poco a poco su capacidad de curarse. Si no hubiera llegado a tiempo, habría muerto. El veneno se estaba extendiendo.
—Quien haya hecho esto me las va a pagar, carajo. Nadie ataca a mi hermano y vive. Están muertos. Todos y cada uno de ellos.
Asentí, me acerqué a la cama y le puse una mano en la frente.
—Está ardiendo. Lo voy a llevar a la UCI, y puedes ir a verlo, pero no va a despertar en un buen rato. Su cuerpo está agotado y las heridas van a tardar en sanar. Va a estar adolorido y débil, así que es mejor que se quede aquí y no intente levantarse de la cama.
—Está bien, gracias otra vez, Aurora. Te debo una.
—No hay de qué. Eso es lo que hago...
—¿Dónde está mi esposo? —Oí una voz conocida y volteé a ver a una mujer que venía llorando hacia la sala.
Vivian.