Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Blindaje completo
Luke
Hay tres cosas que he aprendido durante las últimas semanas.
La primera es que abrir un taller mecánico resulta considerablemente más caro de lo que cualquier persona razonable debería estar dispuesta a pagar.
La segunda es que contratar trabajadores no significa tener menos trabajo.
Significa tener más personas preguntándote qué hacer mientras intentas recordar dónde demonios dejaste el café.
Y la tercera es que Damián Greco tiene una definición bastante particular de lo que significa un vehículo que necesita una pequeña reparación.
—¿Cuántos dijiste que ibas a traer?
Damián observa los tres todoterrenos negros estacionados frente al taller.
Después me mira.
—Tres.
—Ya veo que son tres.
—Entonces ¿para qué preguntas?
Aprieto los labios.
—Porque ayer dijiste que traerías uno.
Se encoge de hombros.
—Cambié de opinión.
Por supuesto.
Es Damián Greco.
Probablemente cambiar de opinión y conseguir que todo el mundo se adapte inmediatamente sea una de sus actividades favoritas.
Me paso una mano por el cabello.
—¿Qué les ocurre?
—Al primero le falla la dirección. El segundo tiene problemas con la transmisión y el tercero... —Hace una pausa y mira el último vehículo—. Bueno, el tercero necesita un poco más de trabajo.
Entrecierro los ojos.
—¿Qué clase de trabajo?
—Carrocería.
Observo el todoterreno.
Desde aquí parece estar en bastante buen estado.
Es un Mercedes negro, grande, con cristales oscuros y una carrocería que probablemente cuesta más que todo el dinero que tengo actualmente en mi cuenta bancaria.
—¿Tuviste un accidente?
Damián sonríe.
—Algo parecido.
Fantástico.
Cuando un hombre normal dice que tuvo algo parecido a un accidente, probablemente significa que golpeó un poste mientras estacionaba.
Cuando lo dice Damián Greco, tengo ciertas dudas sobre lo que voy a encontrar.
—Voy a revisarlos.
—Para eso los traje.
Lo miro.
Él sonríe.
Tiene una manera extraordinaria de responder preguntas sin aportar absolutamente ninguna información.
Empiezo a comprender de dónde sacó Adamo algunas de sus peores costumbres.
*****
Han pasado tres semanas desde la última vez que Aria estuvo en el taller.
Veintiún días.
No es que los esté contando.
Simplemente tengo buena memoria.
Y un calendario.
Y una hermana que parece disfrutar mencionando su nombre cada vez que encuentra una oportunidad.
Durante estas semanas hemos tenido tanto trabajo que apenas consigo recordar qué día es.
El taller ya no parece aquel galpón prácticamente vacío donde pasé mis primeras noches organizando herramientas.
Ahora tenemos tres trabajadores más.
Nikos continúa encargándose de la recepción, las llamadas y buena parte de las gestiones administrativas.
Yannis, un mecánico de unos cuarenta años, tiene una experiencia impresionante con vehículos europeos y una paciencia considerablemente menor que la mía.
Petros es más joven, trabaja muy bien con sistemas eléctricos y lleva apenas dos semanas con nosotros.
El tercero es Kostas, un hombre enorme que parece capaz de levantar un motor utilizando únicamente los brazos y una cantidad absurda de fuerza bruta.
No le he preguntado si puede hacerlo. Prefiero no darle ideas.
Cassidy, por supuesto, continúa encargándose de cualquier motocicleta que entra al taller.
Aunque también trabaja con nosotros en el resto de las reparaciones.
Especialmente cuando aparece un problema electrónico que nadie consigue resolver.
Mi hermana tiene una relación muy particular con las máquinas.
Las insulta.
Las amenaza.
Les explica por qué están funcionando mal.
Y, de alguna manera, consigue repararlas.
No voy a cuestionar un sistema que funciona.
—¡Luke!
Levanto la cabeza.
Cassidy está junto a uno de los elevadores.
—¿Qué?
—¿Dónde dejamos los sensores que llegaron ayer?
—Segundo estante del almacén.
—No están.
—Sí están.
—Luke.
—Cassidy.
—Los estoy mirando y no están.
Suspiro.
Camino hasta el almacén, abro la segunda caja del segundo estante y saco los sensores.
Se los entrego.
Mi hermana los observa.
Después me mira.
—Ese no era el segundo estante.
—Era el segundo estante.
—Yo estaba contando desde abajo.
—Yo desde arriba.
—Deberías especificarlo. —La observo. Ella sonríe—. Gracias, hermano querido —dice antes de marcharse.
Damián, que ha presenciado toda la conversación, suelta una carcajada.
—Me recuerda a mi esposa.
Lo miro.
—¿Cassidy?
—Esa capacidad de discutir incluso cuando están equivocadas.
Sonrío.
—No sé cómo sobrevives.
Damián me observa con una expresión casi orgullosa.
—Con mucha paciencia.
No consigo evitar reírme.
He conocido a Stefy Greco.
Un par de veces ha venido al taller acompañando a su esposo, y puedo asegurar que la mujer tiene una capacidad extraordinaria para decir exactamente lo que piensa.
Sin filtros.
Sin preocuparse demasiado por las consecuencias.
Y, por lo que he podido observar, Damián parece considerarlo una de sus cualidades más atractivas.
Una relación interesante.
Muy interesante.
Especialmente para alguien que creció viendo una versión bastante diferente del matrimonio.
Sacudo ligeramente la cabeza.
No voy a pensar en eso.
Tengo tres vehículos esperando.
El primer todoterreno presenta una falla en el sistema de dirección asistida.
Nada extraordinario.
El segundo necesita una revisión más profunda de la transmisión.
Y el tercero... Bueno.
El tercero consigue que me quede mirando la puerta del conductor durante varios segundos.
Hay tres impactos en la carrocería.
Pequeñas deformaciones circulares, con la pintura desprendida alrededor.
Me agacho.
Examino uno.
Después otro.
Y finalmente el tercero.
Balas.
No hay demasiadas posibilidades de confundirlas con otra cosa.
Los impactos están agrupados en la parte inferior de la puerta.
Uno de ellos dejó una marca bastante profunda.
Me incorporo lentamente y miro el resto del vehículo.
El cristal lateral presenta una pequeña deformación en una de sus capas.
Abro la puerta y entonces lo veo.
Una mancha oscura sobre el borde del asiento trasero.
Pequeña.
Parcialmente seca. Pero suficiente.
Sangre.
Permanezco inmóvil unos segundos.
No porque me sorprenda demasiado. Sé perfectamente a qué se dedica Damián Greco.
No conozco todos los detalles. Tampoco los necesito.
Pero cualquiera que haya pasado cinco minutos cerca de su familia comprende que no estamos hablando de un empresario convencional.
He visto a sus hombres.
Las armas.
Los vehículos.
La manera en que se comunican cuando sucede algo importante.
Y he tenido suficientes experiencias en Idaho para saber que algunas personas viven rodeadas de peligros que el resto del mundo apenas consigue imaginar.
Aun así, encontrar sangre dentro de un automóvil produce una sensación extraña.
No es lo mismo saber que la violencia existe que observar sus consecuencias a pocos centímetros de distancia.
Paso los dedos por una de las abolladuras.
Después vuelvo a mirar el cristal.
No está roto. Al menos no completamente.
Eso significa que probablemente ya tiene algún nivel de protección.
Pero la puerta... Frunzo el ceño.
—¿Qué está pasando por esa cabeza, Evans?
Levanto la mirada.
Damián está apoyado junto al vehículo.
Me observa con atención.
Se ha quitado la chaqueta y lleva las mangas de la camisa ligeramente recogidas.
Su expresión es tranquila.
Demasiado tranquila para un hombre que acaba de dejarme un automóvil con tres impactos de bala.
—Estoy revisando los daños.
Damián sigue la dirección de mis ojos.
Ve la puerta abierta.
Después el asiento.
Su expresión cambia ligeramente.
—Ah. —Se acerca y mira la mancha—. Lo siento.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—Debería haberlo limpiado antes de traerlo.
Hace una pausa.
—No pensé que...
Se interrumpe.
Me observa.
Hay algo en su expresión que no consigo descifrar.
Quizá preocupación.
Quizá está intentando averiguar si me siento incómodo.
—No estaba pensando en eso —lo interrumpo.
Levanta las cejas.
—¿No?
Niego y señalo la puerta.
—Estaba pensando en la protección.
Damián mira el impacto. Después a mí.
—Explícate.
Vuelvo a agacharme.
—¿Este vehículo ya está blindado?
—Parcialmente.
—Eso pensé.
Le señalo el cristal.
—Tiene protección balística, pero no parece que toda la carrocería tenga el mismo nivel.
Damián cruza los brazos.
—No lo tiene.
Asiento lentamente.
—¿Nunca has considerado hacer un blindaje completo?
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda