Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 8: El patrón de los ataques
A la mañana siguiente, Choi Min‑jun llegó al liceo con los ojos un poco hinchados y la camisa desabrochada por la mitad. Tropezó con el felpudo de la entrada, se agarró del marco de la puerta para no caer y soltó un suspiro que cualquier otro habría interpretado como el típico cansancio de un lunes cualquiera. Nadie sabía que había pasado toda la noche despierto, no por jugar ni por estudiar, sino trazando mapas, cruzando fechas y calculando variables en su cuaderno oculto hasta que el sol empezó a salir.
Había llegado a una conclusión que le helaba la sangre: **el Tejedor de Han no atacaba al azar**. Sus apariciones, la clase de sombra que enviaba, el lugar y sobre todo la hora, seguían una lógica tan perfecta que daba miedo. Y lo peor de todo: cada vez que el villano aparecía, Min‑jun y Seo‑jun estaban juntos.
Se detuvo frente a la taquilla de su novio y respiró hondo antes de hablar, ensayando por milésima vez la expresión de despiste inocente que debía poner.
—Buenos días… —murmuró, frotándose un ojo como si todavía estuviera medio dormido—. ¿Dormiste bien?
Seo‑jun cerró la puerta de metal con un clic seco. No sonrió. No le acarició el pelo como antes. Solo lo miró de arriba abajo, con esa mirada cansada que ya se le había hecho habitual.
—Buenos días.
—Oye… eh… esta tarde… ¿podemos ir juntos al parque? Tenía ganas de… de hablar un poco, de verdad —dijo Min‑jun, jugueteando con el borde de su mochila, con la voz temblorosa que siempre usaba para su personaje—. He sido un desastre estos días, lo sé… y quiero… quiero arreglarlo.
Por un segundo, una chispa de esperanza cruzó los ojos de Seo‑jun. Pero se apagó casi tan rápido como había llegado.
—No puedo esta tarde —respondió, y su voz sonó más cortante de lo que probablemente quería—. Tengo entrenamiento doble. El campeonato empieza la semana que viene y el entrenador no deja ni respirar.
—Ah… claro… —Min‑jun bajó la mirada, fingiendo decepción—. Entendido. Otra vez será.
—Otra vez será —repitió Seo‑jun, y se marchó hacia el aula sin mirar atrás.
Min‑jun se quedó solo en el pasillo. Por fuera parecía el chico triste y abandonado que no entendía por qué su novio se alejaba. Por dentro, su mente ya había archivado el rechazo y saltado a lo urgente:
> **Actualización de datos del Tejedor:**
> • Ataque 1 (Namdaemun): jueves, 17:42 → estábamos juntos en el patio.
> • Ataque 2 (Hangang): martes, 18:05 → caminábamos a casa juntos.
> • Ataque 3 (estación): sábado, 19:10 → habíamos quedado de ver una película.
> • Ataque 4 (distracción Santuario): miércoles, 17:50 → estábamos en mi habitación.
> **Conclusión irrefutable:** no es casualidad. El villano ataca **siempre cuando nosotros dos estamos cerca el uno del otro**. ¿Por qué? Hipótesis: cuando los dos Sellos (Jade + Ámbar) están próximos, emiten una firma combinada que él puede detectar a kilómetros de distancia. Usa esa señal para saber cuándo estamos distraídos, cuándo bajamos la guardia por estar juntos.
> **Próxima predicción:** el entrenamiento de Seo‑jun termina hoy a las 20:30. Si voy a esperarlo a la salida, estaremos juntos a las 20:35. **Probabilidad de ataque en ese preciso momento: 89 %**.
Durante toda la mañana, Min‑jun mantuvo su papel a la perfección: se confundió al resolver un problema de matemáticas, se quedó mirando la mosca que volaba por el aula durante veinte minutos y se durmió en la clase de literatura, teniendo que pedir perdón al profesor con la cara roja de la vergüenza. Lo que nadie supo es que, mientras fingía dormir, estaba diseñando el plan completo para esa noche: cómo ir al gimnasio, cómo quedar con Seo‑jun, cómo atraer al Tejedor a una trampa sin que ninguno de los dos sospechara nada, y cómo salir de todo ello sin levantar una sola sospecha sobre su identidad.
Cuando sonó la última campana, Min‑jun se acercó a Seo‑jun con una sonrisa nerviosa y un cartón de leche de plátano en la mano.
—Te esperaré a la salida del entrenamiento —dijo, entregándole la bebida—. Podemos ir caminando a casa juntos. Solo un rato. Por favor.
Seo‑jun miró el cartón, luego a él. Dudó. Al final asintió, muy despacio.
—Vale. A las 20:30 salgo. No te vayas antes.
—No me iré —prometió Min‑jun, y por dentro añadió: *y esta vez, yo seré quien prepare la trampa*.
Se separaron. Min‑jun no fue a casa. Tomó el camino hacia el bosque del Monte Namsan, y al cruzar la línea de árboles su postura cambió por completo: espalda derecha, mirada fría, paso rápido y decidido. Ya no era el chico despistado del liceo. Era **Jade Blanco**, el estratega.
Yeo‑wol lo esperaba en el Santuario, junto al cofre de los siete Sellos.
—He visto los cálculos que dejaste en la mesa de piedra —dijo sin darle la bienvenida—. Si tu teoría es cierta, el Tejedor no solo nos persigue a nosotros. Usa el amor entre vosotros dos como arma. Cuanto más cerca estáis, más fuerte es la señal que le guía. Cuanto más felices estáis en ese momento, más distraídos, más fácil le resulta atacar.
—Lo sé —respondió Min‑jun, pasando una mano por encima del Sello de Jade, que brillaba suavemente en su muñeca—. Por eso vamos a usar eso a nuestro favor. Hoy, a las 20:35, cuando esté con Seo‑jun a la salida del gimnasio, la firma combinada de los dos Sellos se activará al máximo. El Tejedor vendrá. Lo esperaremos. Pero esta vez no será él quien elija el terreno ni el momento. Seremos nosotros.
Se acercó a la mesa, donde había extendido un mapa del barrio dibujado por él mismo con puntos y líneas rojas.
—Escucha bien el plan, porque no hay margen de error. A las 20:25, Ámbar Negro debe estar oculto en el tejado del edificio de enfrente del gimnasio. Espera. No se mueve, no ataca, no hace nada hasta que yo dé la señal. A las 20:35 saldré yo con Seo‑jun. En el preciso instante en que el Tejedor haga su movimiento, tocaré mi brazalete tres veces. Esa es la señal. En ese momento, Ámbar baja, bloquea su retirada por la calle principal y empuja la pelea hacia el callejón sin salida que hay detrás de la panadería. Allí yo habré preparado tres capas de trampas de luz: primero una que le corta la energía oscura, luego una que le inmoviliza los pies, y la tercera que le obliga a retroceder justo donde queremos. Duración total estimada del enfrentamiento: cuatro minutos diez segundos. Si nos pasamos de cinco, hay riesgo de que civiles se acerquen o de que Seo‑jun vea algo que no debe. ¿Entendido?
Yeo‑wol asintió, impresionada una vez más por esa mente que lo preveía todo.
—¿Y Seo‑jun? ¿Qué pasará con él mientras todo ocurre?
—Él no verá nada. En el mismo instante en que empiece el ataque, activaré una pequeña ilusión de sonido y luz que le hará creer que ha pasado una tormenta repentina y que tiene que agacharse y cubrirse los ojos. No recordará nada extraño. Solo pensará que hubo un viento muy fuerte y unos relámpagos raros. Probabilidad de que descubra algo: inferior al 2 %.
—Tienes todo calculado hasta el último detalle, ¿verdad? —susurró ella.
—Tengo que hacerlo —respondió él, y por un segundo su voz sonó menos estratégica y más humana—. Porque si fallo, esta vez no solo se juegan los Sellos. Se juega también que él se entere de la verdad. Y eso no puedo permitírmelo.
A las 20:29, Min‑jun estaba de nuevo apoyado en la pared de enfrente del gimnasio, con la ropa del colegio un poco arrugada, la mirada perdida en el suelo y una expresión de aburrimiento dulce que le quedaba perfecta a su personaje. A las 20:30 en punto, la puerta se abrió y salió Seo‑jun, con la mochila de deporte al hombro, la camiseta pegada al cuerpo por el sudor y el pelo revuelto. Min‑jun notó cómo su propio Sello reaccionaba al sentir la proximidad del Ámbar: un calor suave subía por su muñeca, exactamente como había previsto.
**La señal ya estaba activa. El Tejedor la sentiría en cualquier momento.**
—Aquí sigo —dijo Min‑jun con una sonrisa tímida, alzando una mano para saludar.
Seo‑jun se acercó. Había algo más suave en su mirada, como si el cansancio del entrenamiento le hubiera borrado un poco la distancia de los últimos días.
—Pensé que te habrías ido ya.
—Te dije que esperaría.
Empezaron a caminar por la acera en silencio. Por un rato, Min‑jun casi olvidó la trampa, casi olvidó los cálculos, casi olvidó que en cualquier momento el villano saltaría de las sombras. Caminar así, a su lado, sin prisa, sin mentiras esa noche… le parecía algo tan precioso que casi le dolía saber que en menos de dos minutos todo se rompería.
Y entonces ocurrió.
El aire se heló de golpe. Las farolas de la calle parpadearon tres veces y se apagaron todas a la vez. Una risa metálica y rota resonó desde el tejado de la derecha.
—Por fin… los dos juntos… de nuevo —dijo la voz del Tejedor de Han, llena de odio y triunfo—. Siempre que estáis cerca… la señal es tan dulce… tan fácil de seguir…
Min‑jun apretó los dientes. **Había acertado. La teoría era cierta.**
Sin perder ni una fracción de segundo, fingió un susto de esos que solo él sabía hacer: se pegó a Seo‑jun como un niño asustado, se tapó la cara con los brazos y gritó con voz aguda y temblorosa:
—¡Seo‑jun! ¡Qué pasa! ¡Tengo miedo!
Al mismo tiempo, con la mano oculta tras la espalda, tocó su brazalete de jade **tres veces seguidas**: la señal.
Seo‑jun lo atrajo hacia sí de inmediato, metiéndolo detrás de su cuerpo con un instinto protector que le era más fuerte que cualquier miedo.
—Quédate detrás de mí. No te muevas. Pase lo que pase.
Y en ese preciso instante, una figura oscura saltó del tejado hacia ellos. Pero antes de que pudiera tocar el suelo, un rayo de luz negra y dorada se abatió desde el edificio de enfrente: **Ámbar Negro**, que caía con los puños cerrados, justo en el momento exacto que Min‑jun había calculado.
—¡Ahora no! —rugió Ámbar, lanzando el primer golpe que empujó al Tejedor hacia atrás, hacia el callejón sin salida de la panadería.
Todo siguió al milímetro como estaba planeado. Mientras Seo‑jun protegía a “su Min‑jun asustado”, Jade Blanco —que nadie veía, pues se había movido entre las sombras en una fracción de segundo— activaba una a una las trampas de luz. El villano rugía, golpeaba, intentaba escapar… pero cada vía que tomaba estaba cerrada, cada movimiento que intentaba ya había sido previsto y bloqueado de antemano. Cuatro minutos exactos. Ni un segundo más. Al cuarto minuto, el Tejedor, herido y furioso, se vio obligado a disolverse en una nube de humo negro para huir, jurando que volvería.
Las farolas se encendieron de nuevo. La calle volvió a la normalidad como si nada hubiera pasado. Min‑jun desactivó la pequeña ilusión que mantenía a Seo‑jun a medias ciego ante lo sobrenatural, y soltó un suspiro de alivio exagerado, tembloroso, perfecto.
—¡Dios mío… qué susto! ¿Qué ha sido? ¿Un rayo? ¿Una tormenta?
Seo‑jun se giró hacia él, todavía con el corazón a mil por hora, y lo agarró de los hombros con fuerza, mirándolo de arriba abajo para ver si estaba herido.
—No lo sé. Pero estás bien, ¿verdad? No te ha pasado nada, ¿sí?
—No… no creo… solo tengo mucho miedo —balbuceó Min‑jun, y dejó que su novio lo abrazara fuerte.
Por unos segundos, se quedaron así, abrazados en la acera vacía. Por primera vez en semanas, Seo‑jun lo apretaba contra sí como si tuviera miedo de perderlo. Min‑jun cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo, el latido de su corazón contra el suyo… y supo que, aunque la estrategia había salido perfecta, aunque habían ganado la batalla y habían engañado al villano… había algo que sus números nunca podrían calcular: el dolor de saber que esa cercanía que tanto deseaba era, precisamente, lo que atraía al peligro una y otra vez.
Esa noche, al volver solo a su habitación, sacó el cuaderno oculto y escribió la última entrada del día, con su letra fría y ordenada:
> 🏷Informe . 8:
> • Teoría confirmada ✅: el Tejedor detecta la firma combinada de ambos Sellos cuando estamos juntos. Ataca intencionadamente en esos momentos para aprovechar nuestra distracción.
> • Trampa ejecutada ✅: 4 minutos 07 segundos. Dentro del margen previsto.
> • Daños colaterales: ninguno.
> • Secreto mantenido ✅: probabilidad de que Seo‑jun haya sospechado algo: < 1 %.
> • Consecuencia imprevista: después del susto, se ha acercado de nuevo. Me ha abrazado. Ha dicho que no me dejará solo.
> • **Nuevo dilema:** cuanto mejor funcionen mis planes para protegerlo, más cerca querrá estar él. Y cuanto más cerca esté él, más veces vendrá el Tejedor.
> • **Ecuación sin solución aparente:** para salvarlo de los ataques, debo mantenerlo cerca. Pero si lo mantengo cerca, habrá más ataques.
> • Probabilidad de ruptura: **95 % → baja a 88 %** por el momento de cercanía tras el susto. Pero a largo plazo… las matemáticas no mienten. Esto no puede terminar bien.
Cerró el cuaderno, lo escondió bajo el colchón y apagó la luz. Fuera, la ciudad dormía en calma por una noche más. Pero Min‑jun, tumbado en la oscuridad, sabía que la cuenta atrás no se había detenido. Solo había cambiado de forma.
Y ahora ya no se trataba solo de ganar al Tejedor de Han.
Se trataba de ganar sin destruir, en el proceso, lo único que realmente le importaba.
---
**FIN DEL CAPÍTULO 8