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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La mosca y el presidente

Mozart estaba en el campo de entrenamiento, disfrutando de uno de esos días en los que el balón parecía tener imán. El sol de la tarde se filtraba por la cúpula sintética, y él estaba practicando tiros libres con una concentración absoluta, imaginando que la portería era un pentagrama y cada disparo, una nota perfecta.

Hasta que algo lo golpeó con fuerza en el omóplato.

—¡Au!

Mozart soltó el aire y se frotó la espalda. Se giró, esperando ver a uno de sus compañeros disculpándose por un pase desviado.

Pero no era un compañero.

A unos diez metros, con los brazos cruzados y una mirada que podría haber congelado el césped sintético, había una chica. Llevaba una camiseta retro del Manchester, unos botines de fútbol llenos de barro y el cabello recogido en una coleta alta y desafiante.

—¿De verdad te crees digno de presentar las pruebas en el Manchester? —dijo ella, con una voz que resonó en el campo—. Esto debe ser una broma.

Mozart parpadeó. La miró de arriba abajo. No la conocía. No la había visto en los vestuarios ni en las gradas.

—¿Y tú quién eres? —preguntó, con calma.

La muchacha levantó la barbilla.

—Yo soy tu peor pesadilla, imbécil. ¿Algún problema?

Mozart la observó un segundo más. Decidió que no. Se dio la vuelta, recogió su botella de agua y empezó a guardar sus cosas en la bolsa de deporte con movimientos lentos y tranquilos.

La chica entrecerró los ojos.

—¿Qué? ¿Me tienes miedo? —gritó, dando un paso hacia él—. ¿Te vas como el buen cobarde que eres? ¡Responde, pelele!

Mozart siguió cerrando la cremallera de su bolsa. Se la colgó al hombro y empezó a caminar hacia la salida del campo. Los otros jugadores, que habían detenido su propio entrenamiento, observaban la escena en silencio, intercambiando miradas de incredulidad.

—Qué muchacha tan malcriada —murmuró uno de los centrocampistas, lo suficientemente alto como para que se escuchara—. Se cree que puede llegar a gritarle así a cualquiera.

—El pobre chico ni se inmuta —añadió otro—. Debería mandarla a volar. Yo no le hubiera aguantado ni la mitad de esas insolencias.

Escuchar los murmullos fue el error de la chica. Su rostro se encendió de furia. Corrió unos pasos y se plantó justo en el camino de Mozart, bloqueándole la salida.

—¡Oye tú! —le gritó, señalándolo con el dedo en el pecho—. ¿Acaso no piensas responderme? ¿Te crees mejor que yo?

Mozart se detuvo.

Levantó la mirada. Y le dirigió una mirada gélida. No era la mirada de un chico asustado. Era la mirada de un director de orquesta al que le acaban de interrumpir el silencio. Una mirada fría, analítica, heredada de dieciséis años de observar a Clara Steimos corregir a alumnos rebeldes.

La muchacha, instintivamente, dio medio paso hacia atrás.

—Yo no peleo con niñas —dijo Mozart, con una voz suave pero que cortaba el aire—. Y cuando se portan como malcriadas y atrevidas, las trato como lo que son: moscas molestas. Las ignoro.

Hizo una pausa, ajustándose la correa de la bolsa.

—Así que, permiso, señorita Mosca.

Mozart rodeó a la chica sin rozarla y continuó caminando hacia los vestuarios.

Alrededor del campo, estallaron las risas y los aplausos burlones.

—¡Bien hecho! —gritó alguien desde la banda—. ¡Así se trata a estas muchachitas que se creen el centro del mundo!

La chica se quedó plantada, con los ojos como platos, la boca abierta y las mejillas ardiendo de una mezcla de humillación y algo más que no lograba identificar.

De repente, una mujer mayor, vestida con un elegante abrigo y una credencial del club colgada al cuello, entró apresuradamente al campo y la agarró del brazo.

—¡Amelia! ¡Amelia, por Dios! ¿Qué haces aquí? —la regañó la mujer, arrastrándola hacia la puerta lateral—. ¡Ya te dije que no debes entrar al campo de entrenamiento sin autorización o te meterás en problemas con seguridad!

Amelia no se resistió. Pero no le quitaba la vista de la espalda del muchacho que se alejaba.

—¿Quién es ese? —preguntó, sin parpadear.

La mujer suspiró, sacando una tablet de su bolso y revisando la lista de jugadores a prueba.

—A ver… por la hora y la cancha… ahí dice que su nombre es Ronaldhino Green.

Amelia repitió el nombre en voz baja. Y entonces, muy despacio, una sonrisa se le dibujó en el rostro.

—Acabo de conocer al padre de mis hijos.

La mujer se detuvo en seco y la miró con horror.

—¿Qué dijiste?

—Nada, nada —dijo Amelia, girándose sobre sus talones con una energía repentina—. Vamos a casa. Tengo mucho que contarle a mi padre.

---

Dos horas después, en el despacho de la mansión presidencial del club, el presidente del Manchester United se frotaba las sienes con los dedos, sintiendo que la migraña le estaba ganando la batalla.

—Ya me enteré de lo que hiciste, Amelia —dijo el hombre, con la voz agotada—. Gritar obscenidades en medio del campo de entrenamiento a un jugador que, muy posiblemente, sea la próxima gran estrella de la cantera. Realmente te pasaste, hija.

Amelia estaba sentada en el sofá de cuero, con las piernas cruzadas y una manzana en la mano. Le dio un mordisco.

—¿Sabes su nombre, papá?

El presidente la miró, incrédulo.

—¿Qué tiene que ver eso? Deberías presentar una disculpa formal al entrenador, ¿no?

—Ni hablar —dijo Amelia, tragando—. Si voy a disculparme, seguro que a la mitad me dan ganas de volver a gritarle para ver si me ignora otra vez. Y es lo último que necesitas, ¿verdad?

El presidente suspiró, derrotado.

—Por favor, Amelia. Su padre no es alguien con quien deba meterme.

Amelia levantó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y quién es su papá?

—Su padre es Emmet Green. —El presidente la miró fijamente—. ¿Te suena el nombre?

Amelia parpadeó. La manzana se le quedó a medio camino de la boca.

—¿El Capi?

—El mismo. Y él es su hijo. Ronaldhino Green.

Amelia dejó la manzana sobre la mesa.

—Pero papá… ¿por qué le tienes miedo? Tú eres el presidente del club Manchester. Él trabaja para ti. Debería tenerte miedo él a ti.

El presidente se dejó caer en su sillón y miró al techo, pidiendo paciencia a cualquier divinidad que estuviera escuchando.

—Amelia, me vas a matar de un infarto, hija. Yo seré el presidente. Yo firmaré los cheques y organizaré la logística. Pero el que mueve las multitudes, el que llena los estadios y el que tiene su foto en la galería de los inmortales del club… es él. Emmet Green es histórico. Si su hijo se queja de que la hija del presidente lo acosó en el campo, los aficionados me queman la casa y la junta directiva me despide antes del postre. Por favor, no vuelvas a molestar a su hijo. ¿Te parece?

Amelia se quedó en silencio. Miró la alfombra. Recordó la espalda recta del muchacho. Recordó la calma con la que había guardado sus cosas mientras ella le gritaba. Recordó esa mirada gélida, absoluta, que la había hecho retroceder sin que él levantara ni un solo dedo.

—Papá…

—¿Qué, Amelia?

—Creo que me gusta.

El presidente cerró los ojos.

—¿Qué?

—Es tan caballeroso… —suspiró Amelia, abrazando un cojín—. Pese a que le grité muchas cosas feas, él fue muy educado. Solo me dijo que era una mosca molesta. Nadie me había ignorado así en mi vida, papá. Estoy enamorada.

Amelia se levantó de un salto, con las mejillas sonrosadas, y salió del despacho tarareando una canción alegre, dejando la puerta abierta de par en par.

El presidente se quedó solo en el silencio de su oficina. Miró el retrato de Emmet Green colgado en la pared, junto a los trofeos del club.

—Pobre niño —le susurró a la foto—. Pobrecito de ti.

Después, estiró la mano y presionó el botón del intercomunicador.

—¿Mayordomo?

—*Sí, señor* —respondió una voz serena al otro lado.

—Vigila a Amelia. Que no salga de la propiedad. Y si intenta comprar un megáfono o acercarse a las instalaciones del club, me avisa inmediatamente. Mi hija está tonta, enamorada.

—*Entendido, señor.*

El presidente soltó un suspiro largo, pesado, y se sirvió dos dedos de whisky.

La temporada acababa de complicarse. Y ni siquiera había empezado.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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