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Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Amor eterno
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: vicki hernandez

Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor

Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.

NovelToon tiene autorización de vicki hernandez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Tenemos que hablar

GABRIEL BIANCHI

Gabriel Bianchi había amado a su pequeña princesa mucho antes de conocer su rostro.

Mucho antes de escuchar su primer llanto.

Mucho antes de sostenerla entre sus brazos.

Incluso antes de saber que algún día existiría.

Cuando su esposa estaba embarazada por quinta vez, Gabriel tenía una ilusión que jamás se atrevió a confesar demasiado en voz alta.

Una niña.

Una pequeña princesa.

Todas las noches, cuando su esposa se quedaba dormida, Gabriel apoyaba una mano sobre el vientre de ella y cerraba los ojos.

—Que sea una niña —susurraba—. Solo una vez, Dios. Dame una princesa.

Ya había tenido cuatro hijos.

Bueno...

Para cuando llegó aquel embarazo, ya tenía cinco.

Y los amaba.

Los amaba con una intensidad que a veces ni siquiera podía explicar.

Eran sus hijos.

Su sangre.

Su apellido.

Sus pequeños monstruos.

Pero, en el fondo de su corazón, existía un sueño que todavía no había podido cumplir.

Quería una hija.

Quería comprar vestidos diminutos.

Quería aprender a peinarla aunque probablemente lo hiciera terrible.

Quería llevarla de la mano.

Quería enseñarle a montar bicicleta.

Quería escucharla llamarlo papá.

Quería tener una niña a la que pudiera consentir un poco más de lo que debería.

Y, por supuesto, ya tenía pensado el nombre.

Luna.

No sabía por qué.

Simplemente le gustaba.

Le parecía perfecto.

Sin embargo, cuando finalmente llegó el momento del nacimiento...

No fue Luna.

Fue Gael.

Gabriel recibió la noticia con una sonrisa.

—Es otro niño.

Y sonrió.

Porque era suyo.

Porque aunque no fuera la niña que había imaginado, seguía siendo su hijo.

Lo sostuvo entre sus brazos y sintió el mismo amor que había sentido con cada uno de sus hijos.

Pero aquella noche, cuando regresó a casa y se quedó solo, miró hacia la ventana.

—Quizá algún día.

Y ese sueño permaneció guardado.

Pasaron los años.

Los niños crecieron.

Cinco varones.

Cinco personalidades diferentes.

Cinco dolores de cabeza.

Cinco razones para sentirse orgulloso.

Y Gabriel terminó aceptando que quizá aquella princesa que había imaginado durante tantos años simplemente no estaba destinada a llegar.

Hasta que, después de años, su esposa volvió a darle una noticia.

Gabriel estaba sentado en la sala cuando ella apareció frente a él.

Tenía una sonrisa extraña.

Una sonrisa que inmediatamente hizo que él sospechara.

—¿Qué pasa?

Ella se acercó.

—Tengo algo que decirte.

—¿Qué hiciste?

Su esposa soltó una carcajada.

—Nada.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?

Ella tomó su mano y la colocó sobre su vientre.

Gabriel la miró.

Y durante unos segundos no entendió.

Hasta que ella habló.

—Estoy embarazada.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Otra vez?

Ella asintió.

Gabriel soltó una pequeña risa nerviosa.

—Dios mío...

Y entonces hizo la pregunta que había estado guardando durante años.

—¿Es niña?

Su esposa sonrió.

—Todavía no lo sabemos.

Gabriel cerró los ojos.

—Por favor...

Meses después, cuando finalmente escuchó el primer llanto de su hija, Gabriel sintió que el mundo se detenía.

—Es una niña.

Aquellas tres palabras fueron suficientes.

Gabriel entró en la habitación con los ojos llenos de lágrimas.

Y allí estaba.

Pequeña.

Frágil.

Perfecta.

Luna.

Cuando la enfermera se la entregó, Gabriel sintió que sus manos temblaban.

La sostuvo con una delicadeza que nadie había visto antes en él.

Miró su diminuto rostro.

Sus pequeñas manos.

Sus ojos todavía cerrados.

Y sonrió.

Una sonrisa que parecía imposible en un hombre como él.

—Hola, mi princesa.

La bebé movió ligeramente una mano.

Gabriel soltó una pequeña carcajada.

—Papá te estaba esperando.

Desde aquel día, Luna dejó de ser simplemente su hija.

Se convirtió en La Princesa.

Y como toda princesa...

Fue consentida.

Mucho.

Demasiado.

Si Luna quería un castillo, Gabriel encontraba la manera de construirle uno.

Si quería un juguete, lo tenía.

Si quería un vestido, tenía diez.

Si quería la luna, Gabriel probablemente habría intentado encontrar una forma de bajársela del cielo.

Los hermanos también participaron.

Aunque fingían que no.

Mateo fue uno de los primeros en cargarla.

Santiago aprendió a hacerla reír.

Leo se convirtió en uno de sus compañeros de juegos.

Benjamin era quien aparecía cuando Luna tenía miedo.

Y Gael...

Bueno.

Gael era Gael.

La molestaba.

Le hacía bromas.

La hacía gritar.

Y luego corría porque sabía que sus hermanos iban a perseguirlo.

Luna creció rodeada de hombres que la adoraban.

Y Gabriel sabía que eso podía convertirse en un problema.

Porque mientras su hija crecía, también crecía el mundo que la rodeaba.

Y el mundo no siempre era amable.

Por eso, cuando Luna y Thiago se conocieron siendo apenas unos niños, Gabriel observó al pequeño Del Monte con atención.

Thiago era un niño flaco, serio y educado.

Al principio, Gabriel no tuvo ningún problema con él.

Hasta que notó que Luna lo buscaba.

Siempre.

—¿Dónde está Thi?

—¿Ya llegó Thi?

—Quiero jugar con Thi.

—Thi me prestó su juguete.

—Thi me dijo que...

Gabriel empezó a sospechar.

No del niño.

Sino del futuro.

Porque un día Luna dejaría de ser una niña.

Y algún día, inevitablemente, aparecería un muchacho.

Y Gabriel no estaba preparado para ese día.

De hecho, durante años, cada vez que algún chico se acercaba demasiado a su princesa, Gabriel hacía pequeñas investigaciones.

Nada demasiado evidente.

Un guardia podía seguir discretamente al muchacho.

Revisar quién era.

De dónde venía.

Quiénes eran sus padres.

Qué intenciones tenía.

No era porque desconfiara de Luna.

Desconfiaba del mundo.

Y, sobre todo, desconfiaba de los hombres.

Hasta que Thiago creció.

El niño flaco se convirtió en un joven.

Y aquel joven terminó convirtiéndose en uno de los hombres más importantes de la familia Del Monte.

Gabriel lo vio crecer.

Lo vio trabajar.

Lo vio madurar.

Lo vio estar junto a Luna durante años.

Lo vio convertirse en su mejor amigo.

Y, aunque jamás lo admitiría fácilmente, comenzó a aceptar una idea.

Quizá, algún día, Thiago sería el hombre que se llevaría a su hija.

Por eso, cuando llegó el momento y Thiago se presentó ante él para pedirle formalmente la mano de Luna, Gabriel sintió dos cosas al mismo tiempo.

Felicidad.

Y tristeza.

Felicidad porque veía algo diferente en los ojos de su hija.

Y tristeza porque sabía que estaba llegando el momento que había temido desde que ella nació.

Su princesa iba a crecer.

Ya no sería solamente suya.

Pero había una cosa que Gabriel tenía muy clara.

Si algún hombre tenía que llevarse a Luna...

Ese hombre tenía que ser Thiago.

No porque creyera que fuera perfecto.

No lo era.

Nadie lo era.

Pero porque lo conocía desde niño.

Había visto su crecimiento.

Había visto la manera en que miraba a Luna.

Y sabía que, al menos, Thiago entendía el valor que ella tenía.

O eso esperaba.

DOS DÍAS DESPUÉS DE ESCOGER EL MENÚ

Gabriel había decidido que había una conversación que ya no podía seguir posponiendo.

Una conversación entre dos hombres.

No como empresario.

No como amigo de Adriano Del Monte.

No como padre de familia.

Simplemente como el padre de la mujer que Thiago estaba a punto de convertir en su esposa.

Por eso lo citó en un restaurante italiano antiguo.

No en su oficina.

No en la mansión.

No en un lugar donde alguien pudiera interrumpirlos.

El restaurante era elegante, pero sencillo.

Manteles blancos.

Copas de cristal.

Velas sobre las mesas.

Música italiana sonando suavemente.

Un lugar donde dos hombres podían sentarse a hablar sin que nadie sospechara la verdadera razón de la reunión.

Gabriel llegó primero.

Se sentó en una mesa apartada.

Pidió dos platos de su comida favorita.

Risotto alla milanese.

Y esperó.

Cinco minutos después, Thiago apareció.

Pero no parecía el hombre seguro que todos conocían.

Llevaba la camisa ligeramente mal abotonada.

El cabello estaba un poco desordenado.

Y tenía una expresión nerviosa.

Gabriel levantó una ceja.

—Llegas tarde.

—Lo siento, señor Bianchi.

—Cinco minutos.

—Lo sé.

—Eso significa que tienes suerte.

Thiago soltó una pequeña risa nerviosa.

Gabriel señaló la silla.

—Siéntate.

Thiago obedeció.

Miró los dos platos.

—¿Comida?

—Comida.

—¿Esto es una trampa?

Gabriel sonrió.

—Si fuera una trampa, no te habría puesto risotto.

Thiago soltó una pequeña risa.

—Entonces, ¿para qué me quería ver?

Gabriel tomó los cubiertos.

—Primero come.

Thiago obedeció.

Durante unos minutos, ambos permanecieron en silencio.

Hasta que Gabriel dejó los cubiertos sobre la mesa.

El cambio en su expresión fue inmediato.

La sonrisa desapareció.

La mirada amable también.

Ahora era simplemente Gabriel Bianchi.

El hombre que dirigía una de las familias más poderosas.

El padre de Luna.

—Thiago.

—Sí, señor.

—Quiero tener contigo la conversación que un padre debe tener con el futuro esposo de su hija.

Thiago dejó los cubiertos.

—Lo escucho.

Gabriel se inclinó ligeramente hacia adelante.

—No quiero hablar de negocios.

—Entiendo.

—Ni de nuestras familias.

Thiago asintió.

—Quiero hablar de Luna.

El nombre hizo que Thiago se pusiera serio.

—Claro.

Gabriel respiró profundamente.

—Mi princesa es lo más importante que tengo en esta vida.

Thiago no respondió.

—Más que mis empresas. Más que mi apellido. Más que cualquier cantidad de dinero.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Ella es mi hija.

Hizo una pausa.

—Y ahora va a ser tu esposa.

Thiago asintió lentamente.

—Lo sé.

—No.

Gabriel negó con la cabeza.

—Todavía no lo sabes.

Thiago guardó silencio.

—Quiero que entiendas algo desde este momento. Luna puede tener mi apellido, pero no me pertenece. No es una propiedad. No es un objeto. No es un trofeo que alguien pueda presumir.

Thiago bajó ligeramente la mirada.

—Lo sé.

—Entonces demuéstralo.

Silencio.

Gabriel continuó.

—Cuídala.

—Lo haré.

—Respétala.

—Siempre.

—Valórala.

—Todos los días.

Gabriel entrecerró los ojos.

—Y jamás la lastimes.

Thiago lo miró directamente.

—Jamás.

Gabriel apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Si la haces llorar, Thiago...

El tono de su voz cambió.

—Si por tu culpa derrama una sola lágrima...

Thiago tragó saliva.

—Si alguna vez se te cruza por la cabeza levantarle la mano, gritarle, humillarla o hacerla sentir menos de lo que es...

Gabriel hizo una pausa.

—Yo mismo voy a hacer que lamentes haber nacido.

Thiago permaneció completamente quieto.

Gabriel tomó su copa de vino.

—Y no me importa que tu padre y yo seamos amigos.

Bebió un sorbo.

—No me importa cuánto dinero tenga tu familia.

Volvió a dejar la copa sobre la mesa.

—No me importa cuánto poder tengas.

Su mirada se volvió fría.

—Si lastimas a mi hija, esa amistad termina.

Thiago asintió lentamente.

—Entendido.

—Y después tendrás que enfrentarte a sus hermanos.

Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Gabriel.

—Y créeme, ellos tienen mucho menos autocontrol que yo.

Thiago soltó una respiración nerviosa.

—Eso sí me preocupa.

Gabriel casi sonrió.

—Debería.

Durante unos segundos ninguno habló.

Entonces Gabriel cambió nuevamente de expresión.

Como si la amenaza anterior jamás hubiera existido.

Tomó su tenedor y señaló el plato.

—Pero eso nunca va a pasar, ¿verdad?

Thiago miró el risotto.

Después a Gabriel.

—No.

—Porque eres un buen muchacho.

Thiago respiró profundamente.

—Voy a hacer todo lo posible para que Luna sea feliz.

Gabriel negó lentamente.

—No.

Thiago frunció el ceño.

—¿No?

—No quiero que hagas todo lo posible.

Gabriel lo miró directamente.

—Quiero que hagas lo necesario.

Thiago se quedó en silencio.

—Porque habrá días en los que Luna estará enojada contigo. Habrá días en los que discutirá contigo. Habrá días en los que ninguno de los dos tendrá razón.

Gabriel señaló la mesa.

—Y aun así tendrás que respetarla.

Thiago asintió.

—Sí.

—Habrá días en los que no entenderás lo que quiere.

—Lo sé.

—Entonces pregúntale.

Thiago asintió nuevamente.

—Sí, señor.

Gabriel se reclinó en la silla.

—Y recuerda algo más.

—¿Qué?

—Mi hija puede ser una princesa.

Thiago sonrió.

—Lo sé.

—Pero también es una mujer.

Gabriel habló con absoluta seriedad.

—Tiene derecho a decidir. Tiene derecho a decir que no. Tiene derecho a estar enojada. Tiene derecho a tener sus propios sueños.

Thiago permaneció callado.

—Si algún día quiere algo diferente a lo que tú quieres, no intentes destruirla para conseguir que obedezca.

Thiago bajó la mirada.

—Entendido.

Gabriel lo observó durante unos segundos.

Finalmente tomó nuevamente sus cubiertos.

—Perfecto.

Thiago parpadeó.

—¿Eso es todo?

Gabriel comenzó a comer.

—Sí.

—¿Ya terminó la conversación?

—Sí.

Thiago respiró aliviado.

Entonces Gabriel lo miró.

—Ahora come.

Thiago tomó el tenedor.

—Sí, señor.

Gabriel sonrió.

—Y disfruta el risotto.

Thiago probó un poco.

—Está muy bueno.

—Lo sé.

—¿Siempre hace esto?

Gabriel levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

—Amenazar a sus futuros yernos mientras les sirve comida.

Gabriel sonrió.

—Solo cuando quiero mucho a la novia.

Thiago soltó una pequeña carcajada.

—Entonces estoy en problemas.

—Muchos.

Los dos continuaron comiendo.

Pero antes de terminar, Gabriel volvió a hablar.

—Thiago.

—¿Sí?

—Una última cosa.

Thiago dejó el tenedor.

Gabriel lo miró con una seriedad absoluta.

—Hazla feliz.

Thiago sostuvo su mirada.

—Lo intentaré.

Gabriel negó con la cabeza.

—No.

Thiago respiró profundamente.

—La haré feliz.

Gabriel sonrió.

—Ahora sí.

Y continuaron comiendo.

Porque para Gabriel Bianchi aquella no había sido simplemente una amenaza.

Había sido una advertencia.

Una promesa.

Y, sobre todo, la forma de un padre de decirle al hombre que algún día llamaría esposo a su pequeña princesa:

«Te estoy entregando lo más valioso que tengo. No me obligues a arrepentirme.»

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Graciela Maldonado
lo odia pero lo ama 🥰🥰
Graciela Maldonado
está muy interesante ya quiero saber el final 👏
Graciela Maldonado
🥰
Graciela Maldonado
es muy interesante muero por saberlo que viene después.
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