Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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El secreto del heredero
El aire en la gran cámara del consejo imperial estaba tan tenso que parecía cortarse con el filo de una daga. Las pesadas cortinas de terciopelo carmesí bloqueaban los últimos rayos del sol poniente, dejando que el resplandor de las antorchas proyectara sombras alargadas sobre los muros de piedra pulida. En el centro de la estancia, de rodillas y con la mirada clavada en el suelo de mármol, se encontraba el duque de Vireo. Su habitual porte altivo, aquel orgullo aristocrático con el que solía pisotorar a los deudores y calcular alianzas comerciales, se había desmoronado por completo bajo el peso insostenible del juicio real.
Sentado en su elevado trono de obsidiana, el emperador Balkan Trudeau observaba al noble con la indiferencia glacial de un depredador que ya ha decidido el destino de su presa. A su lado, reposando con absoluta elegancia sobre el asiento contiguo, Cassandra sostenía una copa de vino entre los dedos, girando lentamente el líquido oscuro mientras su mirada analítica recorría cada detalle de la escena.
—Duque de Vireo —la voz de Balkan resonó en la sala con una gravedad metálica que hizo temblar las copas en las bandejas de los criados—. Durante semanas, mi corte ha recibido informes detallados sobre los abusos sistemáticos, la crueldad desmedida y el cautiverio ilegal perpetrados dentro de las murallas de su mansión.
Vireo levantó ligeramente el rostro, con los labios temblorosos y la frente cubierta de sudor frío. Intentó articular una defensa, balbuceando excusas vacías sobre la disciplina doméstica y los derechos de los acreedores sobre los contratos mercantiles.
—Majestad... os lo suplico... la muchacha era una concubina adquirida de manera legal mediante un título de deuda impagable firmado por el propio conde Aldous —explicó Vireo con desesperación, buscando algún resquicio de clemencia en los ojos dorados del emperador—. No hubo secuestro. Fue una transacción comercial amparada por las leyes del reino. Ella pagó con su servidumbre la ruina económica de su familia.
Antes de que Balkan pudiera responder, Cassandra dejó la copa sobre la mesita auxiliar con un seco y deliberado golpecito de cristal que cortó la respiración del duque.
—¿Una transacción comercial amparada por la ley? —interrumpió Cassandra con una voz suave, helada y mortalmente calmada, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Es sumamente curioso que habléis de contratos y legalidad, duque, cuando vuestra propia casa se dedicó a secuestrar, encerrar en condiciones infrahumanas y someter a castigos físicos brutales a una joven noble que, mal que os pese recordar, portaba la sangre de una familia aliada a la corona.
—¡Era una simple concubina descartable! —estalló el duque en un arrebato de pánico, perdiendo los estribos por un segundo antes de recordar ante quién estaba—. ¡Su propia familia la entregó como garantía de pago! ¡No tiene el estatus de esposa principal ni la protección de la alta aristocracia!
—¿Y quién os dio la autoridad para decidir quién merece protección y quién puede ser tratado como una bestia de carga en este imperio? —replicó la reina con una sonrisa cínica, levantándose de su asiento con impecable majestad—. Vuestra ambición ciega os hizo creer que podíais recoger los restos de una casa en decadencia para pisotearlos a vuestro antojo, pensando que nadie alzaría la voz. Pero habéis cometido un error imperdonable, duque: habéis subestimado las reglas del tablero que yo misma llevo semanas rediseñando.
Balkan se puso de pie lentamente, haciendo crujir sus botas de cuero contra el suelo.
—El rey de este imperio no tolera que ningún noble menor utilice la fachada de las deudas mercantiles para encubrir la tortura y el abuso sistemático dentro de la capital —sentenció el emperador con frialdad implacable—. Menos aún cuando las víctimas elegidas poseen vínculos directos con las personas bajo la tutela de esta corona.
El duque de Vireo palideció de manera instantánea, comprendiendo de golpe que todas sus complejas redes de influencia, sus riquezas acumuladas y sus décadas de intrigas cortesanas se acababan de desmoronar como un castillo de naipes.
—La sentencia de la corona es irrevocable —continuó Balkan, alzando la voz para que resonara en todo el palacio—. A partir de este preciso instante, la casa de Vireo queda despojada de todos sus títulos nobiliarios, de sus privilegios comerciales y de sus feudos en el sur. Sus propiedades pasan a ser confiscadas de manera íntegra por el tesoro imperial.
—¡No! ¡Esto es la ruina absoluta! ¡Nos habéis condenado a la nada! —gritó el duque, arrojándose al suelo y golpeando las losas con los puños en un ataque de histeria desesperada.
—No os hemos condenado a la nada, duque —murmuró Cassandra con una dulzura venenosa, observándolo desde lo alto de los escalones del estrado—. Os hemos devuelto exactamente lo que os habéis ganado con vuestra propia avaricia: la más absoluta miseria.
Los guardias imperiales avanzaron de inmediato, tomando al deshonrado noble por los brazos y arrastrándolo sin ningún tipo de miramiento hacia los calabozos subterráneos, mientras sus gritos de lamento y desesperación se perdían lentamente en los pasillos de piedra.
Horas más tarde, en la tranquilidad silenciosa de los aposentos privados, la luz de la luna bañaba los ventanales mientras Cassandra revisaba los últimos documentos de confiscación de la casa Vireo.
Balkan se acercó por la espalda, apoyando las manos en sus hombros y besando con suavidad la línea de su cuello, mientras las vetas carmesí de sus sienes brillaban tenuemente en la penumbra.
—El arco se ha cerrado a la perfección —observó el emperador con una sonrisa de sincera admiración—. El mismo hombre que comenzó despreciando a Livia y humillándola con contratos de deuda impagable ha terminado arrastrándose por el suelo, perdiendo absolutamente todo su linaje y sus tierras por haberla maltratado bajo su techo.
Cassandra dejó caer la pluma sobre el escritorio y se giró en los brazos de su esposo, rodeándole el cuello con elegancia.
—Nadie sobrevive en este tablero si comete el error de jugar con las piezas equivocadas, Balkan —respondió la reina con una satisfacción fría y absoluta—. Livia pagó con creces su cobardía y su complicidad en el pasado, sufriendo en carne propia el tormento que ayudó a tejer. Pero quienes creyeron que podían pisotearla impunemente bajo el amparo de una deuda... terminaron perdiendo mucho más de lo que jamás poseyeron.
Balkan soltó una risa baja, profunda y magnética, abrazándola con más fuerza contra su pecho.
—Eres una fuerza de la naturaleza, Cassandra. Un verdadero demonio con corona de reina.
—Y tú eres mi cómplice perfecto, emperador —susurró ella antes de besarlo—. Ahora que la casa de Vireo y la casa Aldous son solo cenizas en el viento... ¿cuál será nuestro siguiente movimiento en este imperio?
Balkan sonrió, sabiendo perfectamente que, con ella a su lado, el mundo entero pronto aprendería a inclinarse ante el verdadero poder de su trono.