La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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Capítulo 21: Veneno, Justicia y Alas de Mariposa
Oliver y yo nos adentramos en la noche, envueltos en sombras. Saqué de mi espacio dimensional trajes oscuros ajustados, finos y resistentes, junto con agujas, frascos y herramientas de sigilo diseñadas en el siglo XXV. Nos los pusimos en silencio; la tela se fundía con la oscuridad, y nuestros pasos apenas dejaban huella en la tierra húmeda. Avanzamos pegados a las paredes, invisibles, hasta llegar a la casa aislada y derruida donde guardaban a las mujeres.
Bajamos al sótano sin hacer el menor ruido. Lo que vi allí me heló la sangre: treinta mujeres, encadenadas, con moretones en la piel, ropas rotas y miradas vacías. Estaban hacinadas en la penumbra, temblando de frío y miedo, listas para ser entregadas al amanecer a emisarios de un país enemigo, moneda de cambio en alianzas crueles. Algunas lloraban en silencio; otras, con la mirada fija en la nada, ya no tenían lágrimas.
—No teman —susurré con voz firme, acercándome sin hacer ruido—. No venimos a hacerles daño.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe. Seis hombres irrumpieron en la estancia: dos de ellos portaban armas de filo y se movían con la destreza de guerreros expertos; el resto, rudos y armados con mazos, cerraron la salida.
—¿Quiénes son ustedes para interponerse en nuestros negocios? —rugió el líder, un hombre de cicatriz brutal que sonreía con malicia—. ¡Mátenlos!
La batalla estalló con furia. Los dos expertos atacaron con precisión letal; sus espadas silbaban cortando el aire. Oliver se enfrentó a ellos, bloqueando, esquivando, retrocediendo paso a paso como si la fuerza le fallara. Yo me batí con los otros, pero también parecí ceder terreno, resbalar, quedar acorralada junto a él entre la pared y las hojas de las armas.
—Jajaja —se burló el líder, separándose para observarnos con triunfo—. ¡Creyeron que podían con nosotros! Sangrarán antes de que salga el sol… y luego las venderé a todas.
Oliver y yo nos miramos. En sus ojos no había miedo, sino una chispa de complicidad. Entonces solté una risa fría, clara, que heló el sótano:
—¿Cree en serio que ganó, iluso?
Algunos de los hombres tambalearon primero. Uno se llevó la mano al cuello y abrió la boca como si quisiera gritar pero no pudiera. Otro cayó de rodillas, forcejeando con el aire, mientras un tercero logró balbucear:
—Algo… me duele…
Cayeron uno tras otro, pero no todos al mismo instante: unos resistieron unos segundos más, retorciéndose, otros se desplomaron casi de inmediato. Ninguno entendió qué les había ocurrido.
—Desde que entré —dije, dando un paso hacia el líder—, me enfrenté a cada uno de sus hombres… y los envenené sin que se dieran cuenta, usando un polvo invisible que liberé al moverme. No se percataron en absoluto. Algunos cuerpos lo soportan más que otros, pero al final… todos caen.
Lo miré con desprecio y le pisé la cabeza, obligándolo a hundir el rostro en el suelo sucio.
—¿Cómo quiere morir? —susurré—. Pero no le toca decidir. Te entrego a ellas. Que hagan justicia por su propia mano. En este mundo cruel, si las mujeres no somos feroces, terminamos sufriendo.
Me aparté. Treinta miradas se encendieron al unísono: dolor, rabia acumulada, años de silencio roto de golpe. Se abalanzaron sobre él y sobre los que aún respiraban. No hubo piedad. Masacraron a sus verdugos sin tregua, con la furia de quien ha perdido todo y nada tiene que perder. Cuando terminaron, el silencio volvió al sótano, pero ya no era un silencio de sumisión: era el silencio de mujeres que han recuperado su dignidad.
Oliver se acercó a mí, con respeto y asombro.
—¿Qué haremos con ellas? —preguntó en voz baja.
—No se preocupe —respondí, mirando a aquellas mujeres—. Sé perfectamente qué hacer. Por ahora las llevaremos a su base oculta. Allí las entrenaré. Les enseñaré a defenderse, a curar, a luchar. Formaré un ejército femenino. Lucharán por su libertad y por la de otras que aún no pueden defenderse.
Oliver sonrió, con una mirada que me recorrió entera:
—Es increíble. Tiene el espíritu de una emperatriz. Muy bien: todas irán a mi refugio. Yo volveré a la capital, retomaré mi nombre de Víctor, Príncipe Regente. Oliver es el nombre que usé para ocultarme; Víctor es mi verdadero nombre. Hablaré con el General Protector… usted cuéntale la verdad a su madre, Serafina. Prepararemos su regreso: ella como la esposa que él creyó muerta, y usted como mi esposa y Princesa Consorte.
—Tenemos enemigos en común —le dije, tomándole la mano—. Nuestra venganza será implacable. Le juro que le entregaré ese trono. Yo seré su espada.
Me abrazó entonces, con fuerza, con ternura. Yo me quedé rígida, sin saber cómo responder, el corazón golpeándome desbocado contra las costillas, las manos sin saber dónde ponerlas. Nadie me había tocado así con cariño. Nunca nadie me había abrazado sin esperar algo a cambio. Cerré los ojos y, por un instante, me vi a mí misma de niña, sumergida en agua fría, sola, sin brazos que me acogieran. Esta calidez era nueva, extraña… y anhelada sin saberlo. Poco a poco, muy despacio, levanté los brazos y le rodeé la espalda.
Mientras tanto, en el Palacio Imperial, la Emperatriz Viuda caminaba de un lado a otro con los puños apretados, furiosa. Su último plan había fracasado: el veneno que mandó en la copa del Emperador había sido descubierto por una de las sirvientas, que dio la alarma a tiempo. No solo él seguía vivo; ahora había ordenado investigar a todos los que tenían acceso a sus aposentos.
—No importa —masculló entre dientes, apretando los labios hasta palidecer—. Encontraré otra forma. Nadie me lo impedirá.
En otra ala del palacio, el Príncipe Heredero estaba junto a Eva. Ella había empezado a acercarse a él, cuando lo encontró borracho y desolado tras una discusión con su esposa; supo aprovechar su debilidad, llenando el vacío con palabras dulces, caricias y mentiras. Ahora lo tenía bajo su influencia, ciego a todo lo demás. Cuando su esposa, la mujer que le había dado su vida, se acercó preocupada, Eva fingió que la empujaba contra sí misma y cayó al suelo sollozando.
—¡Me ha empujado! —gritó con voz quebrada—. ¡Quería hacerme daño!
Ciego de rabia, el Príncipe Heredero se volvió y abofeteó a su esposa con fuerza. Ella retrocedió, pálida y con lágrimas en los ojos, sin comprender qué había hecho para merecerlo. Eva sonrió por lo bajo: fría, calculadora, cruel. Lo había logrado.
Más tarde, lo acarició y le susurró al oído una idea macabra:
—No necesita vender mujeres para conseguir alianzas… tengo algo mejor. Robe los planos militares del reino y entréguelos al enemigo. Y culpe a su esposa. Es hija del Duque del Sur… y él no lo apoya, ¿Verdad? Solo aceptó este matrimonio por decreto imperial. Si lo hacemos caer, nombraremos a un nuevo duque: alguien leal a usted. Será el héroe que salvó el reino. Y el poder será solo suyo.
El Príncipe Heredero asintió, perdido en la red que ella había tejido.
En lo alto de la torre del Templo Fénix, el hombre enmascarado observaba todo, como si el tiempo se desplegara ante sus ojos. Vio el rescate, vio la justicia, vio las piezas moverse en la corte.
—Vaya… esto sí se pone interesante —murmuró, con voz suave y divertida—. Todos juegan sus fichas sobre el tablero. Qué entretenido. Al final, solo los más fuertes… y los más inteligentes… triunfarán.
Una mariposa de alas azules intensas se posó en su mano enguantada. La observó un instante, acariciando suavemente sus alas con el dedo:
—Eres el símbolo de mi tierra lejana, pequeña… de allí donde nací y de donde fui arrebatado. Vuela —susurró, soltándola—. Pronto regresaré a mi hogar.
La vio alzar el vuelo hacia la inmensidad del cielo, perdiéndose entre las estrellas que brillaban con la misma intensidad que sus alas.
Preguntas para los lectores:
A) ¿El hombre enmascarado es un villano?
B) ¿ será un aliado?
C) ¿ Es un transmigrado?
De) ¿ será algo más?